Benín: África, agua y vudú

La espuma de las olas parece nata batida en las largas y vacías playas de Ouidah, la vieja capital de los esclavos. La resaca es traidora y aún queda la barra: "Cuidado, prestad atención a la ensenada de Benín, donde muchos fueron y pocos regresaron", cantaban los viejos marineros. Pero la peor parte fue para los esclavos, los que salían por miles de Ouidah, rumbo a América, llevando, además de sus grilletes, los fundamentos del vudú.

Foto: Toby Adamson

Ouidah es una ciudad llena de templos y de recuerdos históricos, no en vano se la considera la capital del vudú, y un lugar donde descansar de los agobios urbanos de Cotonou, la electrizante capital económica del país, donde lujos y miserias se dan la mano. En Ouidah muchas calles del centro son de arena y algunos niños van descalzos por gusto, no solo por necesidad. Es una urbe especial ya desde su ubicación, derramada junto a un lago y el Atlántico, y donde el sol saca brillos a las ramas de unas palmeras que parecen las plumas del tordo negro de Ouidah, un pájaro perverso "como una solterona despechada", según contaba el capitán Burton en sus Vagabundeos por el Oeste de África (1863).

Ouidah encierra también, cómo no, el calor africano, el que aliviado por las brisas marinas se convierte en una delicia cuando no llueve. Eso es algo que no se escatima en el sur de Benín, desde lafrontera de Nigeria a la de Togo. Toda una Riviera singular, un arco sinuoso, quebrado por tantos esteros y lagunas ribereñas, que va desde Porto Novo, la capital de Benín, llena de somnolencia poscolonial y edificios que parecen trasplantados desde Brasil, hasta la playa de moda de Gran Popó, por un centenar de kilómetros indecisos entre lo lacustre y lo marino. Las Bocas del Rey, con el estuario del río Mono, llevan el concepto de lo anfibio a su más bello paroxismo. En los lagos de agua levemente salobre hay poblados de palafitos, como Ganvié, donde la gente va en piragua a la iglesia de los Cristianos Celestes o a un santuario de Kokou, el dios de los guerreros, el que pide en sus rituales pintarse el cuerpo y la cara con djassi, harina de maíz y aceite de palma. Entrar así en trance es lo suyo.

La ruta de los esclavos. Lo cierto es que en tema del vudú, del vudú cotidiano, no del folclórico, el viajero encuentra la horma de muchos zapatos en Ouidah, una ciudad costera de 90.000 habitantes a 40 kilómetros de Cotonou. Ouidah se distinguió por ser uno de los mayores centros de trata en la Costa de los Esclavos. Especialmente los esclavos de las etnias fon y yoruba fueron quienes llevaron a América los principios del vudú que se practicaba en Dahomey, el antiguo nombre de Benín, y que para ellos era una religión, y una forma de entender el mundo y la vida. De ahí viene parte del vudú de Haití, del candomblé de Brasil, del hoodoo del sur de Estados Unidos, de la santería de Cuba.

La propia palabra vudú deriva de vodoun, que en la lengua fon de Dahomey significa lo inefable, por no decir lo místico. Algo que tiene que ver con el mundo de los antepasados, y con su vigilancia sobre los vivos, y que en principio supera una mera superchería para sacar cuartos, o para hacer maldiciones al estilo de muñecas pinchadas con alfileres. El vudú constituía una religión ancestral, y en Benín la siguen acatando, con sus más y sus menos, la mayoría de la población.

No hay lugar más intenso en Ouidah que la Ruta de los Esclavos, una pista de tres kilómetros jalonada con estatuas de dioses del vudú. Al final, al borde del Atlántico, se alza la Puerta de No Retorno, un arco solemne que simboliza el punto de embarque de los esclavos y su despedida de la tierra natal, de las palmas cargadas de frutos de aceite rojo, y de sus raíces.Muchos estaban destinados a la muerte en la travesía. A los supervivientes les esperaba una vida de látigo y humillaciones en la plantación o en la mina americana. Y con todo, los esclavos conservaron su fe en dioses o luases de su tierra natal, y en que hay una prolija vida tras la muerte. Egungun, el dios de los antepasados que retornan, está representado en la Puerta de No Retorno con una estatua sin ojos ni boca, recubierta de cauríes, las conchas que hasta el XIX equivalían al dinero.

En 1680 los portugueses edificaron en Ouidah un fuerte, São João Baptista de Ajuda, reconvertido en Museo de Historia. En realidad fue más que una fortaleza al uso, teniendo la virtud de simbolizar la capital de un país aparte, o mejor, de una entidad política fantasmal. Los portugueses reclamaron como propio su exiguo territorio de Ouidah (Ajuda para ellos) y no aceptaron su incorporación a Benín cuando la independencia del país en 1961, sino en 1975, cuando otros claveles habían florecido. Por supuesto, los ingleses, dominando en los Golfos de Benín y Biafra, trataron de hacerse también con la Costa de los Esclavos, desde Ghana a Nigeria. Luego cambiaron su política yse hicieron antiesclavistas, aunque a mediados del XIX aún triunfaban negreros de la calaña de Souza. Ése fue El virrey de Ouidah (1980), según la novela de Bruce Chatwin, llevada al cine por Werner Herzog con el título de Cobra Verde (1987), y con las facciones de Klaus Kinski como protagonista.

El Vaticano de Ouidah. Muchos puntos de Ouidah evocan su pasado negrero: el barrio Blézin (Brasil) con la casa de Souza; la antigua cárcel de Zomai, que significa "sin luces", donde encerraban a los esclavos para que perdiesen la noción del tiempo antes de ser embarcados. O la plaza Chacha, donde se hacían las subastas de seres humanos. Pero la ciudad no solo vive de la reminiscencia, ni de sus heridas. En Ouidah reside quien es considerado Sumo Pontífice de la religión vudú. Hay otras figuras en Benín que pretenden esa jerarquía, pero Dagbo Hounon Tomadjlehoukpon II se sienta con toda majestad en su trono, que no pasa de ser una amplia butaca de madera. Su tiara es un gorro de paja de aire playero, y todo su armiño una túnica con pantalón de tela estampada de vibrantes colores. Pero las apariencias engañan. Viene un fiel a verle y se postra ante él hasta besar el suelo con la frente. La gente le tiene por un descendiente de una estirpe divina que vino del mar. El Dagbo, undécimo en su suprema jerarquía, acepta como óbolo una botella de ginebra holandesa, y me niega que el vudú sea una sarta de magias negras: "El vudú es la religión más antigua que existe. Era y es nuestra manera de adorar a Dios".

No hay problema en visitar su casa palacio, decorada con los escudos pintados de su dinastía. En el patio hay un ara de sacrificios llena de huesos de animales. En este diminuto Vaticano de Ouidah, con suelo de arena y paredes descascarilladas por el aire caliente y salitroso, no preside San Pedro con sus llaves sino una estatua de escayola de Hévioso (Shangó), el dios del trueno, el que lleva un martillo en la mano. Aunque para ver estatuaria del vudú no hay mejor sitio que el bosque sagrado de Kpassé, en el barrio Tové. Nada más adentrarse uno en ese jardín urbano de Ouidah, empieza el estruendo. Millares de murciélagos colgados boca abajo de las ramas de los irokos y otros árboles majestuosos lamentan la irrupción a mediodía y despegan. Hay partes del cielo que se oscurecen mientras aumenta el griterío. El guardián del bosque sagrado no ve ninguna contradicción porque los murciélagos frugívoros vuelen de día en vez de salir al atardecer en busca de frutos: "Este es un bosque sagrado. Por eso todos los seres siguen normas distintas a las normales".

El bosque de Kpassé debe su nombre al segundo rey de Savi, localidad a 11 kilómetros de Ouidah que fue capital del reino de Huéda. Se atribuye a Kpassé la fundación de Ouidah en 1550. Al morir Kpassé se metamorfoseó en un árbol, y de ahí quizá venga la sensación de intriga que produce el bosque sagrado. El capitán Jean Adjovi se hizo cargo del lugar entre 1920 y 1928, y lo fue llenando de esculturas de divinidades, a cuyos pies se celebran aún ceremonias de vudú Gozin, y algunas duran tres lunas. Tras una puerta decorada con panteras pintadas, da la bienvenida una estatua de Legba, el dios de las encrucijadas, el infractor, representado con cuernos y un gran miembro viril. Un mero ejemplo de las esculturas de esta especie de Bomarzo beninés lleno de un gusto entre esotérico y extravagante. Dan, otra deidad del vudú, tiene tres caras: ve todo. Otra es una serpiente que se muerde la cola, el Uróboros clásico revisitado en un bosque donde tus pasos resquebrajan hojas secas mientras los murciélagos ahogan la paz con su algarabía.

Un panteón con 260 deidades. Kpassé no es un mundo tan lejano para el sentir de la cantante Angélique Kidjo, que nació en Ouidah y que ha conseguido fama mundial con su voz y su forma de sentir las raíces. Las vibraciones artísticas siguen sus propios caminos y, a veces, se cruzan. Ahí está la emotiva versión que hizo la Kidjo en 2003 de Voodoo child, de Jimi Hendrix. O su Djin, Djin (2007), que significa "cuando suenan las campanas anunciando el amanecer", algo que en África está fuera por un momento del duelo y la necesidad. "No acepto un no como respuesta", cantaba Kidjo, lo mismo que Hendrix, que simulaba ser un "niño vudú".

Es, ya se sabe, tiempo de fusiones, y también de confusiones. Aunque el vodoun sea una religión seguida por el 17 por ciento de la población, según un recuento oficial de 2002, la mayoría en Benín, siendo cristiana o musulmana nominalmente, respeta los cultos del vudú. Sus ceremonias no faltan en sus ritos de pasaje, en su folclore y curanderismo. Cuando el comandante Mathieu Kérékou dio el golpe de Estado en 1972, el vudú quedó prohibido en Benín. En nombre de la revolución marxista-leninista, que duró 17 años,muchos sacerdotes o vodounon fueron encarcelados. No era tolerable adorar serpientes, o que entrara en trance una vodoussi o sacerdotisa del vudú, ni cualesquiera rituales en público. Pero por la noche, en la casa, bajo cuerda, continuaron las ofrendas a los dioses de un vasto panteón, donde lo mismo se adora a Mami Watta, la sirena, que a los Marassa, los dioses gemelos.

Típico de algunos yovo, como llaman en Benín a los blancos, es asociar la palabra vudú con maldades como pinchar muñecas con alfileres o poner la foto de un enemigo en un frigorífico. Desde un tiempo ancestral, pongamos cuatro mil años, el vudú, una religión sin biblia ni libro mayúsculo, venera un principio de energía creativa o acé. Eso aparte de panteones tan floridos que cuentan hasta con 260 deidades, y con el juego constante de los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego. Y además tienen el fa, un sutil arte de la adivinación que mueve 16 símbolos primarios, que dan combinándolos 256. Un oráculo más sofisticado, creen algunos, que losI Ching de los taoístas con solo ocho símbolos y 64 combinaciones. Al mismo tiempo un beninés tiene en cuenta que en las encrucijadas de la vida conviene una protección que puede proporcionar Legba, dios representado en infinidad de estatuas con un gran miembro viril. Es el mismo dios a quien llaman Exú en Brasil y en cuyo honor la gente echa al suelo las primeras gotas de su bebida. En Benín los sacrificios del vudú suelen ser más voluminosos. En el mercado de Dantokpa de Cotonou hay una sección de materiales mágicos, cráneos de babuinos, lagartos disecados, todo cuanto parece poseedor de fuerza oculta, de ser susceptible de constituir un talismán, o de incorporarse a un fetiche, al cual se riega con sangre de pollo o de cabrito. Y antaño, con sangre humana.

Adoradores de serpientes. En asuntos de perfil inseguro no es extraño que la rumorología se dispare. Ni siquiera se ha librado el alcalde de Cotonou, Nicéphore Soglo, un antiguo alto funcionario del Banco Mundial que enfermó al poco de ser nombrado jefe del Estado de Benín en 1991, tras el largo periodo de dictadura. Dijeron que su mal era por un embrujamiento, y el caso fue que Soglo viajó a París para curarse. Luego están los innumerables curanderos de vudú, y los guardianes de la noche (zangbetos), como si fuesen los mágicos de las calles de Benín, y la gente cree en ellos por inercia, por falta de recursos o de una sanidad extendida.

Todo eso y más es moneda corriente en Ouidah, epicentro del vudú también por la importancia del culto consagrado a Dan o Dangwé, la serpiente del arco iris. El gran templo de esa deidad mayor del vudú queda frente por frente de la catedral de la Inmaculada Concepción, construida por los franceses en 1905. Dangwé tiene entre sus prerrogativas la de ser deidad de la prosperidad y del dinero. Descendiendo a lo visible, Dangwé

Es una serpiente pitón, o muchas, porque todas son sagradas en su templo. Hasta un centenar de pitones reales se acogen en una capilla abovedada y ornada con frescos que, a su modo, describen una Creación. Los adoradores de las serpientes de Ouidah no dicen que una pitón ha muerto, sino que ha caído la noche. Cada siete años se celebran grandes fiestas de purificación en el templo de Dangwé, no importando que sus cúpulas de sacrificios sean de altura mucho más modesta que la del cercano campanario católico.

Richard F. Burton, cónsul inglés en Fernando Poo, en su visita a Dahomey en 1863 observó que ya no se cogía a las vírgenes por las calles en Savi para llevarlas a los conventos de Ouidah. Pero seguían con sus procesiones de serpientes y la gente de Ouidah les ofrendaba "arroz y maíz, aceite y alubias, tejidos, cauríes y otros bienes". Marc, el actual guardián del templo de Dangwé, te conduce hasta el foso donde se amontonan decenas de pitones reales buscando un hueco para refrescarse y beber en una olla de barro. Una boa particularmente gorda y activa ha ocupado el recipiente sin miramientos y Marc ha de cogerla tirando con fuerza con sus manos para dejar sitio a las demás. "Todos los días -dice Marc- hay que traerles ratas, es su comida principal".

Fuera del templo alguien toca la gran calabaza con ritmo de tchinkoumé y los pies se van solos. El mar, como la vida, continúa.

Maquis, las mejores delicias de Benín
Los maquis, palabra importada de Costa de Marfil, son restaurantes populares que se pueden encontrar en cualquier rincón del país. Una especialidad que no suele faltar en estos establecimientos es el agutí, un gran roedor, y a veces el mono. Entre las variaciones vegetales está el ñame pilée, que se hace machacando ese tubérculo en un mortero y asándolo. La popular gboman es una salsa elaborada con pimientos rojos y verdes, jengibre, ajo y cebolla, para acompañar pescado seco, gambas o carne. El monyo es una salsa de tomate y cebolla con pescado frito. Por las calles también se vende el waragachi, un queso con forma de bolas y color rosado, que hacen los pastores fulani (etnia peulh) del norte del país. Mezclan en la leche látex de un arbusto, el manzano de Sodoma, o algodón de seda (Calotropis procera). Tras una coagulación de unos veinte minutos añaden una hierba (Xylopia aethipica), pimienta negra y sal.

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