El barrio de Santa Cruz, la Sevilla más romántica

Hay una Sevilla adscrita al amor y el deseo. Y está próxima a la Giralda, el Archivo de Indias y los Reales Alcázares, el triángulo Patrimonio Mundial del que presume la capital de Andalucía. Basta con penetrar hasta el barrio de Santa Cruz para sentir que se desatan las pasiones.

Manuel Mateo Pérez
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Santa Cruz es uno de los barrios más bellos de España. Y el más romántico. Ese concepto pasional enaltecido por la literatura del XIX esconde de modo velado el deseo. Y de ambas cosas parecen estar estas hechas estas calles y plazas levantadas con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929. Casonas y palacios que esconden patios íntimos decorados con pozos, azulejería y macetones de geranios y perfumados jazmines, serpenteantes calles que esconden aún las murmuraciones de una declaración de amor y plazas que fueron protagonistas de duelos entre caballeros y damas a causa de una pasión contrariada. Todo tiene cabida aquí.

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Durante los años de la dominación almohade, Santa Cruz no existía. Era conocido, en realidad, como el Alcázar de la Bendición, una basta planicie próxima al Guadalquivir, entre las puertas de Jerez y la Carne. Cuentan una piadosa tradición que asegura lo siguiente: Cuando Sevilla cayó en manos de Fernando III un 23 de noviembre de 1248 los almohades entregaron al monarca la llave de la ciudad y los judíos la de la judería. Hoy aquellas llaves maestras se conservan en el Tesoro de la Catedral junto a otras piezas que han contribuido a enaltecer el hechizo de la capital andaluza como un lugar universal.

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Por entonces las juderías más grandes de España eran las de Toledo y Sevilla. El trato, la relación, los manejos entre cristianos y aquella minoría nunca fueron fáciles. De hecho, en 1391 se produjo uno de los episodios más sangrientos de cuantos se recuerdan. Las sinagogas fueron convertidas en iglesias y consagradas a San Bartolomé, Santa María la Blanca o la Santa Cruz. En este templo, que dio nombre a un barrio entero, fue enterrado el pintor Bartolomé Esteban Murillo, aunque nada que ya da él.

Una plaza perfumada por flores de azahar y una cruz de forja procedente de la calle Cerrajería en el centro lleva el nombre de la iglesia y del barrio entero. La plaza es un cruce de caminos junto a los Jardines de Murillo y el romántico Callejón del Agua, de cuyos lejanos ecos escribió el diplomático estadounidense Washington Irving durante su estancia en la Sevilla de la primera mitad del XIX. Callejas estrechas y frescas en verano, umbrías que escapan del sol abrasador de la Sevilla de la mitad de año, patios que esconden secretos inconfesables, ventanas aprisionadas con rejas de forja artística y puertas que constituyen un enigma, abiertas a un zaguán poblado de interrogantes.

El Callejón del Agua gira hacia la calle Judería, de paredes cárdenas y azulejos de letras grandes, con muros de piedra a un lado que encierran las estancias palaciegas de los Reales Alcázares. Un pasadizo bajo arcos y bóvedas de ladrillo conduce hasta la plaza Patio de Banderas donde la Giralda queda encuadrada entre medianeras y verdes copas de árboles. Si hay un lugar un Sevilla donde confesar un amor es sin duda este.