Bahía de Hudson, el refugio del osos polar

Con una superficie de más de un millón de kilómetros cuadrados, la bahía de Hudson, que se encuentra conectada con el Atlántico y el Ártico a través de un estrecho, constituye uno de los espacios naturales más hermosos de Canadá y el lugar donde, coincidiendo con el inicio del invierno en la región, se concentra una nutrida colonia de osos polares, los mayores depredadores terrestres. Esta época de temperaturas extremas se convierte en el momento idóneo para que los viajeros más osados puedan avistar, a bordo de unos vehículos especiales, a los "nanooks" –su nombre en lengua inuit– en todo su esplendor.

Mar Ramírez
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Foto: Juan Carlos Muñoz

En la orilla oeste de la bahía de Hudson se encuentra Churchill, considerada la capital mundial de los osos polares. Con apenas un millar de habitantes, esta pequeña localidad, situada al norte del Estado de Manitoba (Canadá), acoge a comienzos de la estación invernal una buena proporción de los aproximadamente25.000 osos polares del mundo que se distribuyen alrededor del Océano Ártico, en el norte y oeste de Alaska, Canadá, Groenlandia, islas Svalbard (Noruega) y Siberia.

La razón es bien sencilla: Churchill está situada en su camino de migración anual. Lo recorren a comienzos de cada invierno para así llegar a la orilla de la bahía. Alcanzan su destino hambrientos, después de haber transitado durante meses la tundra -una inmensa extensión de terreno estéril y desértica, apenas salpicada por pequeñas coníferas y rocas graníticas- alimentándose únicamente de frutos silvestres y algún que otro animal.

Pero el banquete no empezará hasta que el mar comience a helarse, creando la banquisa ártica. Será entonces cuando los osos polares, apostados sobre los fragmentos de hielo flotantes, cazarán su más preciada presa: las focas anilladas y barbudas. Cuando emergen a respirar por los agujeros de la capa de hielo, los osos aprovechan para atraparlas y engullirlas acto seguido, sin compartir el más mínimo bocado con otro ejemplar que se atreva a aproximarse. Midiendo, eso sí, fieramente su mal genio ante el interés gastronómico que su presa suscita al congénere, normalmente algún joven inexperto.

De este modo, así como con alguna ballena beluga o morsa que cacen ocasionalmente, reponen suficiente grasa y proteínas para afrontar no solo el riguroso invierno sino para almacenar reservas energéticas en su organismo para los siguientes ocho meses.

Si bien los indios thule -pueblo del que descienden los inuits- ya ejercían de nómadas por este territorio hace un milenio, no fue hasta el siglo XVII cuando los primeros europeos fundaron un asentamiento permanente. Así facilitaban el comercio de pieles, una actividad predominante durante mucho tiempo en estos lares. El pasado siglo se creó un puerto de carga para dar salida a la producción de trigo del Estado, y también el ferrocarril trazó una línea para favorecer el transporte de cereales.

Actualmente es la naturaleza la que, desde hace tres décadas, motiva un gran atractivo turístico alrededor de la vida natural en el mundo ártico durante todo el año. Y es que en los meses estivales se produce una gran explosión de vida entre las aves, las praderas florecidas de la tundra y las ballenas beluga que, aprovechando la bondad climática para completar su ciclo de vida, constituyen su mejor reclamo para los viajeros.

Los verdaderos reyes de la tundra

No obstante, el mayor protagonista de la fauna de una de las regiones más frías del planeta es, sin duda, el oso polar, que está perfectamente adaptado a los rigores que el viento y el frío imponenalrededor del Círculo Polar Ártico. Este enclave permanece helado alrededor de seis meses al año, aunque los originarios habitantes, los inuits, hayan encontrado, en este lugar inhabitable para la mayoría de la humanidad, un espacio abierto que les permite vivir en armonía con la naturaleza.

La aproximación a los osos polares se puede efectuar de una forma cercana y segura a bordo de un tundra buggy, un vehículo todoterreno diseñado para recorrer el paisaje nevado de la tundra y que, gracias a las enormes dimensiones de sus neumáticos, posee una altura suficiente para mantener al observador alejado de las garras de este temible depredador.

El oso polar, aunque es una especie joven en la historia natural del planeta, ha logrado unos ajustes biológicos extraordinarios ante la crudeza ambiental del mundo ártico. Mientras esperan la congelación de las aguas árticas, los osos permanecen dormitando sobre la nieve abrigados por su denso pelaje, de diez centímetros de espesor y compuesto de tres capas: pelo, piel negra y una nutrida capa de grasa bajo la misma que, en conjunto, actúa como un magnífico aislante térmico. Los oseznos, por su parte, suelen pasar el rato entre juegos, siempre bajo la atenta mirada de sus madres, emulando las luchas reales que tiempo después desarrollarán en sus disputas por las presas.

Un gran olfato

El oso polar ha adquirido una excepcional agudeza sensorial. Han desarrollado principalmente la vista y el oído, aunque su sobresaliente olfato le permite captar su alimento preferido bajo una capa de hielo de medio metro de espesor y a más de un kilómetro de distancia. Esta facultad sensorial despierta también su interés por los olores del caldo caliente con el que los viajeros de los tundra buggys combaten la fría espera sobre las plataformas metálicas. Cuando se acercan al vehículo, elevándose sobre dos patas atraídos por el aroma, su mirada, a un metro de distancia, provoca un escalofrío y no precisamente por las bajas temperaturas sino por la emoción de estar frente el rey del Ártico.