Austria, los lagos del emperador

La región de Salzkammergut, en la Alta Austria, alberga 76 lagos alpinos de inusitada belleza, rodeados de montañas de 3.000 metros y valles pintorescos. Esta región invita, ahora, a un viaje espectacular.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

¡El cielo en la tierra! Así definía el emperador Francisco José I de Austria, marido de Isabel de Baviera, Sissi, a la Kaiservilla, su residencia en Bad Ischl, el primer punto de este recorrido por Salzkammergut, enclavado en la confluencia de los ríos Traun e Ischl. Estamos en el corazón de una bellísima región con los siete lagos más espectaculares de Austria. Algo especial debía tener la Kaiservilla, el palacio que Francisco José recibió de su madre, la archiduquesa Sofía de Habsburgo, como regalo de boda, cuando el emperador pasó en él más de sesenta veranos de su vida. Francisco José amaba -más que su mujer, como veremos- este lugar. Se levantaba a las 3.30 de la mañana para enfundarse su chaqueta tradicional de lana con sus bombachos cortos para cazar por los alrededores. Y no se le daba mal porque se cuenta que abatió más de dos mil quinientos rebecos a lo largo de su vida. En el recorrido turístico del interior del palacio se puede admirar el ejemplar número dos mil, igual que otros trofeos y obsequios, como alguno de los diecisiete osos regalados por los zares rusos, que acompañan a documentos históricos como el célebre manifiesto A sus ciudadanos: la declaración de guerra contra Serbia que acabó siendo la espoleta del inicio de la I Guerra Mundial.

Francisco José celebraba en esta impecable villa su cumpleaños. La ciudad, situada a 57 kilómetros al sureste de Salzburgo, lo sigue festejando cada 18 de agosto. Isabel, sin embargo, daba rienda a sus otras pasiones más bucólicas y deportivas. En sus habitaciones, que se pueden recorrer sin las aglomeraciones de las del Palacio Hofburg en Viena, se pueden leer muchos de los poemas que escribía, observar sus dibujos y pinturas y ver los espejos que utilizaba para realizar sus ejercicios de gimnasia. Quizás fue en estas coquetas salas donde decidió ponerse un tatuaje en su cuerpo, algo inusual para una mujer de su tiempo, ya que en Bad Ischl, estando alejada de la Corte de la capital, encontraba sus momentos de asueto. Montando a caballo, subiendo a la colina de Jainzen (834 m.), que ella llamaba cariñosamente su "montaña mágica", incluso cuando se encontraba embarazada de sus hijas, o simplemente paseando por el Parque Imperial o tomando el té en el salón del Palacio de Mármol, un lugar lo suficientemente alejado del edificio principal para disfrutar de la soledad. Hoy este palacete se ha convertido en un museo de fotografía, arte que cautivó a la joven Sissi, y por eso pueden verse en este palacio muchísimas imágenes de su vida, más que en ningún otro lugar, hasta que en 1942, deprimida por sus problemas familiares, se negó a ser retratada.


Eduardo Grund

Mag Markus Salvator Habsburg-Lothringen, tataranieto de Francisco José I, es otro defensor a ultranza del encanto de Bad Ischl y lo demuestra viviendo regularmente en esta Kaiservilla que vale la pena recorrer con calma para apreciar el ambiente familiar de la casa. Pero ese encanto de Bad Ischl ya había sido descubierto mucho antes. Los doctores Goetz y Wirer habían impulsado los primeros tratamientos médicos y curativos en 1822 aprovechándose de los beneficios de la sal tras la llegada a la ciudad de los primeros huéspedes reales, diplomáticos y nobiliarios, como la propia princesa Sofía, quien buscaba desesperadamente una cura de fertilidad. Y cumplió su objetivo en la ciudad balneario. Tras su visita en 1828 dio a luz a cuatro hijos, uno de ellos Francisco José, que recibieron el sobrenombre de Príncipes de la Sal.

Bad Ischl, elegancia austriaca

Bad Ischl ya no explota su sal como antaño, pues Ebensee tomó su relevo en 1979 con excelentes cifras (1,1 millones de toneladas anuales), pero sigue manteniendo esa atmósfera rica y nobiliaria del siglo XIX, derivada de su vieja industria, que se distingue en los históricos edificios de la ciudad. El elegante Palacio de Congresos y el Kurpark, el singular edificio de Correos, idéntico a los construidos en Bregenz, Trieste o Carlsbad, o el hotel Austria, actual museo de la Ciudad, que fue el lugar donde se conocieron por primera vez Francisco José y Sissi en 1853, invitan a un paseo relajante. Solo habrá que hacer una parada en el Café Ramsauer, el más antiguo de la ciudad, o mejor quizás en la pastelería o en la terraza junto al río Traun que llevan el nombre de Zauner. Tomen aquí uno de sus típicos pasteles o un aperitivo italiano, el aperol spritzer, divisando el monte Katrin, el más alto de los alrededores con sus 1.542 metros, y el Siriuskogl, con la torre de Francisco José, para muchos el mirador más hermoso de Salzkammergut. Sin temor a equivocarnos, la experiencia resulta toda una delicia en una villa ya muy cosmopolita que lleva con orgullo la vitola de imperial, aunque sus jóvenes tratan de modernizarla todo lo que pueden, sobre todo organizando actividades deportivas, pero sin renunciar ni un ápice a su alto nivel de vida. Las discotecas, por ejemplo, no existen en Bad Ischl.

Hallstatt, de cuento

Dejamos Bad Ischl, poniendo rumbo hacia el sur de Salzkammergut, para toparnos con la cordillera de Dachstein, que se presenta como una barrera natural de 3.000 metros de altura, con picos desafiantes como el Hoher Dachstein y el Gjadstein, y una serie de lagos de extremada belleza. El más grande en este área es el Hallstattersee, a una altitud de 508 metros, flanqueado por un puñado de villas entre las que brilla Hallstatt. A esta pequeña población de 800 habitantes y unas decenas de casas color pastel con tejados de pizarra negra se le considera el pueblo más bonito de Austria. Su fama ha llegado a Oriente y prueba de ello es el número de turistas japoneses, chinos y coreanos que la abarrotan a diario en temporada alta, muy por encima del de sus residentes fijos. Todos llegan con una idea básica: comprobar que Hallstatt es casi una maqueta, una idílica ciudad de cuento, e intentan descubrir por qué forma parte de la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1997. La explicación la encuentran casi al instante por su indiscutible encanto, entendiendo, por ejemplo en el caso de los chinos, el porqué se ha clonado esta ciudad hasta el mínimo detalle en Huizhou, a 60 kilómetros de la frontera con Hong-Kong. Cuando el turista se relaja, tras la primera visión de la villa que resulta siempre excitante, se percata de que este pueblo de postal es prácticamente una calle debido a su encajonamiento en las montañas del lago. Por este motivo sus habitantes se desplazan habitualmente en los zille o platte, unas típicas barquitas que antiguamente eran de remos y que ahora ya disponen en algunos casos de motor, cosa que se agradece especialmente durante la temporada invernal. Para el millar de vecinos de Hallstatt casi siempre es más sencillo trasladarse y comunicarse a través del lago. Los más viejos recuerdan por sus antepasados que hasta finales del siglo XIX solo se podía acceder al centro por el Hallstattsee, pues la estación de tren se levantó y sigue permaneciendo en la orilla opuesta. Coincidiendo con la revolución industrial, la montaña fue perforada para que una carretera mejorara la entrada al casco viejo. El hecho sorprende ahora a los foráneos que pasan solo un día en la villa sin pernoctar en ella, siempre más preocupados por recorrer como hormigas veloces su vía principal en busca de los monumentos más relevantes: las dos iglesias principales, la evangélica de 1863 y la parroquial católica, esta última unida a un cementerio anexo y a un osario con más de 1.200 calaveras (Beinhaus), algunas de ellas decoradas con el nombre del difunto, la fecha de su muerte y algún motivo floral pintado, o la Plaza del Mercado, que ha recuperado su encanto tras una gran avalancha de agua que destrozó varias casas históricas en 2013... En cualquier rincón hay excelentes vistas de este lago de aguas gélidas y de los barcos que navegan entre Hallstastt y Obertraun, el pueblo más cercano y más rural del entorno.


Eduardo Grund

Las minas del "oro blanco"

Las montañas forman en este paraje un conjunto espectacular que ya era conocido a finales de la Edad del Bronce y comienzos de la Edad del Hierro, cuando floreció una civilización que hizo de la sal un bien más preciado que el oro por su importancia como conservante de alimentos y objetos de naturaleza orgánica y perecedera. Las minas del oro blanco en Hallstatt, las más antiguas del mundo, siguen activas hoy, funcionan de hecho unas cuarenta, y se extraen de ellas unas 300.000 toneladas de sal cada año. Un funicular comunica la ciudad con la mina turística que puede visitarse para profundizar en esos 7.000 años de historia, al tiempo que se puede disfrutar de sus toboganes, el juego de luces y sombras del lago de sal subterráneo, el vertiginoso tren minero y ya, en el exterior, de una excelente panorámica de todo el lago desde el Welterbeblick. La excursión se completa, ya en Obertraun, con la visita de las Cuevas de Hielo de Dachstein, formadas hace millones de años, y a la plataforma Five Fingers, otro espectacular mirador compuesto por cinco puntas de acero tendidas sobre un precipicio, que realmente corta la respiración de los más valientes cuando la mirada se dirige hacia el abismo o hacia el lago en este grandioso paraje natural.

Los lagos del norte

De regreso al norte de la región, el Traunsee, el Wolfgangsee, el Attersee y el Mondsee, este último con su forma de media luna, aparecen como los cuatro lagos más populares y concurridos de Salzkammergut. Aunque siempre es posible encontrar zonas aisladas, las aguas de estos proponen todo tipo de experiencias deportivas. Nadar, remar, pescar, practicar vela, descubrir la rutas de trekking y mountain bike o jugar al tenis... El Traunsee es el lago más profundo de Austria (191 m.) y en sus orillas destacan dos poblaciones: Traunkirchen y Gmunden. A Traunkirchen se la considera la perla del lago por su idílica ubicación y su viejo monasterio con una joya, el Fischerkanzel o púlpito del pescador, tallado en 1753, que representa el milagro de los peces con los apóstoles de pie sobre un barco con forma de tina. En verano sus playas y zonas de baño atraen a muchos turistas, pero en realidad todo el pueblo, restringido al tráfico de coches desde 2008, ha sido fuente de inspiración de pintores, escritores y artistas. Esa misma atracción es la que sienten deportistas y escaladores por la montaña Traunstein, visible nada más abandonar Traunkirchen en dirección a Gmundsen. Subir esta imponente roca ha supuesto un complicado reto deportivo para los más experimentados montañeros, al no existir vías ni caminos en la ascensión, y ese desafío ha costado vidas humanas periódicamente. Desde el lago los turistas la ven como un imponente tabique natural con dos refugios en su cima. Impresiona la mole y mucho más si se admira desde una embarcación. El Gisela, uno de los barcos de rueda de vapor más antiguos de Europa (1871), es la mejor opción. Está anclado junto a la plaza del consistorio en el puerto de Gmunden.

Gmunden fue el centro administrativo de los Habsburgo y del comercio de la sal en esta zona y en la actualidad es la localidad más poblada de Salzkammergut con 15.000 habitantes. Hoy su antiguo centro histórico concentra algunos edificios y patios históricos que se remontan en algún caso al siglo XI, aunque lo más vistoso es su Ayuntamiento, situado en la plaza junto al lago, con un carillón de 24 campanas de porcelana de Meisen, la Iglesia de la Asunción y, sobre todo, el Seeschloss Ort, su vistoso castillo construido sobre una antigua fortaleza romana en una islita del lago. Gmunden pasó a la historia por instalar el primer ferrocarril tirado por caballos entre esta ciudad y Budweis (1836-1856) y alcanzó una gran fama por la calidad de su cerámica, algo que puede comprobarse en el centro de la villa descubriendo las tiendas y talleres que recuerdan ese pasado artesano.


Eduardo Grund

Centro de peregrinaciones

A menos de 50 kilómetros (45 minutos en coche) surge St. Wolfgang, la villa más pintoresca del Wolfgangsee junto con St. Gilgen, el más importante centro de peregrinación de la región. El objetivo de los caminantes -unos 70.000 en el siglo XVI- era llegar hasta la iglesia del siglo XIV para rezar ante el santo obispo, al que se atribuye la fundación de este templo. Hoy la iglesia continúa recibiendo muchos visitantes por su afamado altar mayor gótico, obra de Michael Pacher en 1481, y sus tesoros religiosos. Pero el pueblo en sí merece un tranquilo paseo a pie o en alguno de los cinco coches de caballos que recorren sus encantadoras calles (viaje de 40 minutos para cuatro personas, 120 euros). Cafés, tiendas artesanas o de jabones de los monjes benedictinos, de trajes típicos de la región (300 euros la prenda para la mujer, y entre 400-1.000 euros la del hombre) y un puñado de terrazas y restaurantes enriquecen este destino encantador, aunque a veces demasiado abarrotado de turistas, sobre todo de alemanes que siguen los pasos de su ex canciller Helmut Kohl, quien pasaba aquí sus vacaciones veraniegas. El broche final de este viaje por Salzkammergut espera en el Mondsee, el lago más familiar, quizás porque sus aguas son las más templadas, aunque su atracción más visitada a larga distancia es la basílica de San Miguel, escenario de la boda cinematográfica de Julie Andrews y Chistopher Plummer, los Von Trapp de la popular Sonrisas y lágrimas.