Agroturismo en el interior de Ibiza

Existe una Ibiza más alla de la fiesta. Un selecto grupo de hoteles inmersos plenamente en la naturaleza ofrecen una visión mágica y sensual de la isla pitiusa. Una forma privilegiada de conocer este paraje que está tocado por los dioses.

Pablo Fernández

La carretera que transcurre entre el aeropuerto y la ciudad de Ibiza, Vila para los isleños, muestra al visitante una Ibiza manida y estereotipada. En los márgenes de la autopista, carteles publicitarios ofrecen tentaciones nocturnas, baile hasta el amanecer y emociones embotelladas:"F*** me. I''m famous!", "Mondo Loco", "Ibiza Rocks After Party"... La vida nocturna es un excelente reclamo turístico. No obstante, sería injusto quedarse únicamente con esta faceta canalla. Existe otra Ibiza. Una Ibiza en la que los payeses toman café con los supervivientes del movimiento hippy. Una Ibiza donde la diosa cartaginesa Tanit, asociada a la Luna y a la fer tilidad, deja sentir su influjo. Una Ibiza, al fin y al cabo, que se transmuta en la legendaria Atlántida, una encrespada ínsula repleta de obsequios para el visitante. En 1994, el suizo Peter Brantschen y su familia llegaron a la isla en busca de una vida más humana. Encontraron su lugar cerca de Sant Joan de Labritja. Y se propusieron transformar en alojamiento turístico una finca rural que había pertenecido a un popular curandero llamado Pedro Torres Guasch. Después de cuatro años de papeleos e innumerables obras, Can Martí recibió a sus primeros huéspedes en 1998. Este recoleto paraje responde a pie juntillas a lo que la Fundación de Promoción Turística de Ibiza considera Agroturismo: "Viviendas construidas antes de 1960, situadas en suelo rústico, en las que coexisten servicio de alojamiento y explotación agrícola, ganadera o forestal. La superficie mínima de dicha explotación es de 25.000 metros cuadrados". A pesar de las pequeñas dimensiones de la isla, existen aproximadamente veinte alojamientos de este tipo en Ibiza. No hay que dejarse engañar por el término agro, pues muchos de ellos ofrecen los mismos servicios e instalaciones que cualquier hotel urbano de lujo. Además, estos alojamientos cuentan con diversas ventajas a tener en cuenta. Una fundamental es su ubicación en zonas rurales alejadas de masificaciones. Independientemente del hotel elegido, las distancias por carretera son insignificantes para los conductores habituados a las grandes ciudades (las pequeñas dimensiones de la isla -14 kilómetros de norte a sur y 40 kilómetros desde la punta noreste a la suroeste- propician que todo se encuentre a tiro de piedra). Otro valor añadido es el trato cercano y familiar de sus propietarios.

Can Martí se halla oculto en un pinar a 10 minutos andando de Sant Joan. El primero en recibir a los clientes es Ringo, el perro de la familia. Y el croar de las ranas. El contacto directo con la naturaleza y el respeto al medio ambiente son dos enseñas del hogar de los Brantschen. En las 17 hectáreas de la finca se cultivan judías, tomates, patatas, limones, azafrán, almendras, aceitunas, algarrobas, uvas y fresas. Las instalaciones se nutren de energías renovables, e incluso la piscina responde a criterios ecológicos ya que emplea piedras volcánicas y plantas para depurar naturalmente el agua. Can Martí dispone de cuatro apartamentos independientes que pueden acoger entre dos y cuatro personas. Cada uno de ellos tiene su propia personalidad, que refleja los gustos viajeros de los propietarios. El apartamento llamado Almendro, por ejemplo, está decorado con muebles comprados por Peter, veinte años atrás, en Rajastán. Sin embargo, Algarrobo tiene un aire innegablemente mexicano. Uno de los lugares más encantadores de Can Martí es su hammam, un pequeño baño de vapor construido con la técnica marroquí del tadelakt. Para apreciar la pluralidad del concepto Agroturismo, el curioso puede visitar Atzaró, un alojamiento que los modernos no dudarían en denominar cool. Situado en una de las fincas de naranjos más extensas de la isla, y cercano al riu de Santa Eulèria, el único río de la isla, Atzaró evoca los lujosos resorts del sureste asiático. Cada una de sus diez habitaciones independientes revelan un contraste entre el exterior, que ejemplifica el arquetipo de casa payesa encalada y construida con troncos de sabina, y el interior, que responde al extendido estilo colonial. Existen dos zonas diferenciadas en Atzaró: los alrededores de las habitaciones, que transmiten descanso y meditación, y una zona de restauración y copas que promete noches interminables. En este espacio, decenas de camas balinesas ofrecen reposo alrededor de un jardín repleto de fuentes. Los altavoces, ocultos entre los naranjos, emiten música chill out. La escasa iluminación de las velas fomenta las confesiones. Un magnífico entorno para estimular la imaginación.

En este juego de contrastes aparece como contrapunto Can Planells, un hotel rural propiedad de Juan Planells situado a pocos minutos en coche de Sant Miquel de Balansat. Abierto en 2001, este establecimiento de ocho habitaciones ocupa la casa familiar donde nacieron el abuelo, el padre y el propietario. La peculiaridad de la edificación reside en su fachada, que recoge la influencia colonial de una generación de ibicencos que a principios del siglo XX emigraron a América y regresaron con nuevos usos y costumbres. No obstante, los interiores son isleños. El elemento más característico de esta arquitectura son los techos construidos con capas de madera de sabina, algas, carboncillo y arcilla, lo que proporciona un aislamiento total. Con su amable trato, Juan agasaja al cliente como un amigo. Lo mismo te ofrece un bizcocho horneado por su madre que una camisa ad lib para que te mimetices con el entorno. Este tipo de vestimenta, cuyo término proviene del latín ad libitum (a placer), está unido indefectiblemente al movimiento hippy. Su principal característica: diseños sueltos fabricados en telas blancas y vaporosas. La socióloga Danielle Rozenberg es una de las pocas personas que ha estudiado la irrupción de ese movimiento social que convirtió a Ibiza en uno de los centros espirituales de finales de los años 60. "Tierra de asilo de artistas, de bohemios y marginales de todas clases -escribe Rozenberg-, paraíso solar poblado de naturales afables y tolerantes; abrigo propicio para vivir en libertad ya sea el amor, ya los viajes iniciáticos de la droga...; imágenes, todas, que contradicen la representación que se tiene de la España franquista, austera y muda, y que por eso mismo incita a rebeldes y ociosos de vacaciones a contemplarlas in situ".

Desde la antigüedad, Ibiza y Formentera son conocidas como las islas pitiusas, denominación que proviene del término griego pityusai, es decir, pinosas. En el término de Sant Rafel de Forca, precisamente en medio de un valle rodeado de pinares, se encuentra Can Lluc, una finca de 98.000 metros cuadrados que hará las delicias de los más sibaritas. Entre los distintos tipos de habitaciones que ofrece destacan sobremanera seis modernas villas que, empleando como excusa la arquitectura tradicional ibicenca, juguetean con el cubismo. Sus dimensiones hacen palidecer de envidia a numerosos apartamentos de la gran ciudad: una habitación principal de 50 metros cuadrados, patio interior, una pequeña cocina integrada y una terraza de 35 metros cuadrados. Un lujoso alojamiento en plena naturaleza y a tan solo diez kilómetros de la ciudad de Ibiza.

Además del Agroturismo, existen otras dos opciones igualmente sugerentes para aquellos interesados en unas vacaciones alternativas. Los llamados hoteles rurales, entre los que sobresale el atractivo Can Curreu, tienen como exigencia ocupar viviendas construidas antes de 1940 y contar con parcelas de, como mínimo, 50.000 metros cuadrados. Por otra parte, la denominación de Turismo de Interior acoge a aquellos alojamientos situados en el casco antiguo de pequeñas localidades cuyas edificaciones respeten la tipología tradicional del entorno. Can Partit, que casi comparte pared con la iglesia de Santa Agnès de Corona, es un buen ejemplo.

Los aficionados a la historia sabrán que la impronta cartaginesa es evidente en toda la isla. El nombre de Ibiza deriva de Iboshim, "islas de Bes", o, como sostienen algunos historiadores, "isla de los adoradores de Bes". ¿Quién es Bes? Este dios egipcio protegía los nacimientos y el sueño, y su presencia llenaba las casas de buenos augurios. De apariencia grotesca, su imagen se asemeja a la de un enano que saca la lengua. Sin embargo, la deidad que más se asocia con la isla es Tanit, diosa cartaginesa de la fecundidad. El busto de Tanit que se halla en el museo de Puig d''es Molins es uno de los principales iconos ibicencos. Los viajeros familiarizados con su rostro descubrirán sus rastros en alguna de las payesas que aún residen en Ibiza. Una muestra más de la magia que emana la isla blanca. Hay quien la busca entre las luces de neón. Otros prefieren hacerlo en los atardeceres de Benirràs. Los caminos de la iluminación son numerosos.