África en rosa, los flamencos del Gran Rift

Allá donde exista agua en Africa, también hay una cita segura con la vida salvaje. Pero si la masa hídrica en cuestión reúne una elevada salinidad, como la de muchos lagos repartidos entre Kenia y Tanzania a través del Valle del Gran Rift, el encuentro ineludible es con el flamenco, la más elegante y misteriosa ave. No veremos uno sino miles de ejemplares desplegando un espectáculo de color y sonido al desplazarse entre sus aguas. Es un asombroso panorama rosáceo, reverenciado desde tiempos del antiguo Egipto, que convierte a estos lagos en una meca viajera del continente africano.

Mar Ramírez
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Foto: Juan Carlos Muñoz

Poner el pie en el Valle del Gran Rift, en el oriente africano, es adentrarse en la ruta que siguieron nuestros ancestros hace miles de años para descubrir el mundo. Porque la zona más oriental africana de esta enorme grieta de la superficie terrestre, que desde Jordania, a través del Mar Rojo y Etiopía, desciende hasta Kenia y Tanzania, es conocida como la verdadera cuna de la humanidad. Milenios después de que aquellos Homo sapiens se convirtieran en los pioneros seres humanos que acabaron poblando cada rincón de nuestro planeta, hoy resulta emocionante asomarse a ese mismo lugar de nuestros orígenes desde los escarpados cantiles de viejas rocas volcánicas que contornean esta profunda grieta terrestre. Sus 4.000 kilómetros de longitud culminan en la vertiente meridional africana, donde, entre Kenia y Tanzania, un rosario de lagos ponen una belleza cautivadora. Los volcanes de los que surgió ya están apagados; no obstante, la geografía creada por el basalto aún es áspera.

Increíbles miradores naturales

El lago Nakuru, uno de los que presentan más facilidades para las actividades ecoturísticas, está delimitado hacia el norte por los campos de lava del cráter Menengai y prosigue con las huellas de las ardorosas erupciones del Eburu por el flanco sur. El resto de su perímetro está configurado por las colinas Lion Hill, Baboon Cliff y Out of Africa, unos excepcionales miradores naturales sobre el lago y todo lo que en él ocurre.

Al primer vistazo, la sorpresa es la captura el reflejo del cielo en sus aguas, lo que le confiere un bello tono turquesa rodeado por el reseco panorama de la sabana. En esta zona sobresalen las euforbias, que semejan gigantescos cactus resecos, las acacias solitarias y los terrenos pantanosos, que bordean este lago de 188 kilómetros cuadrados convertido en Parque Nacional desde 1968.

Santuario de aves

Es un paisaje cambiante en función de la cantidad de agua existente. Los aportes hídricos abundantes pueden convertir las áreas pantanosas en un marco negruzco, aunque la ausencia de agua pone en evidencia el blanco cegador de la elevada alcalinidad del lago, a través de los cristales salinos que, como una costra, cubren el lago cuando el agua desaparece.

A una geografía tan cambiante se añade también una pincelada salvaje: su avifauna. Alrededor de unas 400 especies, entre residentes y migratorias, lo frecuentan, convirtiéndolo en un destino ornitológico excepcional. Ello justificó que su primera protección, en el año 1960, fuese como un santuario de aves.

Las aves acuden a este rincón atraídas por la extraordinaria abundancia de minerales de estas aguas alcalinas, puesto que favorecen la proliferación de algas de tamaño microscópico y de pequeños crustáceos, que representan el principal sustento de su dieta.

Los que se llevan todas las miradas son los flamencos, no solo por su vistoso color rosado, tanto o más intenso cuanto más abundante sea su alimento del que toman ese característico tono en su plumaje que los hace inconfundibles, sino porque en los momentos más óptimos del año -entre los meses de enero y marzo- su colonia puede alcanzar los dos millones de ejemplares. Tan populosa presencia llega a ocultar la superficie casi completa del lago, pintándolo con unos trazos rosáceos inconfundibles. Cuando alzan el vuelo, el espectáculo se traslada al cielo poniendo el contraste contra el azul celeste de una nube rojiza que lo atraviesa.

De las cinco especies de flamencos que viven en el mundo, dos de ellas -común y enano- son capaces de resistir la extrema salinidad y oscilaciones climáticas de estas aguas. Eso sí, ambas se han especializado en no competir por el alimento que capturan filtrando con su enorme pico, dispuesto cabeza abajo, mientras caminan por el agua. Si bien el flamenco enano apenas lo introduce para capturar las algas que flotan, la especie de flamenco común lo acerca hasta el fondo para encontrar de este modo crustáceos, larvas de insectos y pequeños moluscos que constituyen su fuente de alimento.

Grandes felinos

El pelícano es otra de las aves fácilmente observables en el lago Nakuru, ya que frecuentan su orilla meridional y se les puede avistar pescando tilapias, su principal sustento. Este pez, que fue introducido en el lago en los años 60 por la alcalinidad y cálida temperatura del agua, es hoy un bocado abundante y fácil de hallar en esta área de la masa hídrica.

Las aves rapaces, muy buenas conocedoras de la abundancia de vida del lago, tampoco les quitan ojo desde los escarpes más panorámicos. También esos tremendos colosos de la vida salvaje africana que son los rinocerontes, con sus dos especies -blanco y negro-, han encontrado un santuario para su conservación en el entorno de Nakuru gracias a un exitoso programa de reintroducción. A la llamada del apetecible y generoso bocado que el lago provee también acuden los grandes felinos africanos, como el león y el leopardo.

Asimismo, la corriente de agua dulce que desemboca en el lago por su margen noreste completa las oportunidades de convertir el itinerario alrededor del lago Nakuru en un auténtico safari por la sabana africana. Y es que hasta allí acuden a beber cebras, jirafas, búfalos, impalas, gacelas, hienas e incluso nutrias y colobos blancos y negros que se desplazan por las ramas de euforbias con agilidad.

No obstante, pese a la gran concentración de fauna salvaje que se da cita en este espacio priviliegiado y tan reducido de la sabana africana, es la colonia de flamencos -con su carcaterístico y llamativo color rosa- la que atrae la mayor parte de las miradas de los viajeros.

Un hábitat exclusivo

Lo mismo ocurre en los cercanos lagos salinos de Bogoria y Naivasha, en Kenia, y en las proximidades fronterizas, pero ya en territorio tanzano, con el lago Natron, que aparece recortado contra la ladera del volcán Ol Doinyo Lengai. Sus aguas rojizas, debido a la gran cantidad de algas que proliferan repartidas entre las cubetas de carbonato que surgen del subsuelo por la actividad volcánica latente bajo el terreno, lo convierten en un hábitat exclusivo para los flamencos. Y es que solo la gruesa piel de sus patas, similar al cuero, puede resistir la alta salinidad de este lago tan peculiar de apariencia y que incluso sobrepasa en intensidad al del plumaje de sus alados moradores.