Abu Dabi, el pais de las dunas de oro

Sol, salitre, algún pez plateado, raramente una perla..., ése era el horizonte de la isla Abu Dabi hace medio siglo. La tierra firme se podía ganar a nado y en poco tiempo aparecía el Rub Al Khali, el "Cuarto Vacío" de Arabia, un nombre justo para el mayor desierto continuo de dunas del mundo. Pero a esa nada le vino a ver el petróleo, la lámpara de Aladino del Golfo Pérsico, y los Ferrari y otros coches de lujo empezaron a surgir como si fuesen setas después de la lluvia.

Luis Pancorbo
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Foto: Álvaro Leiva

En solo una generación el espejismo se había hecho realidad: las dunas eran de oro y las islas se podían fabricar, igual que los rascacielos, con petrodólares. Hoy los bani yas, miembros de la tribu beduina dominante en Abu Dabi, ven la vida desde rascacielos con ventanales que modulan la luz solar. Sus padres vivían sobre la playa en cabañas hechas con hojas de palmera. Si iban por el desierto, armaban enseguida una casa de pelo, una jaima de lana de camello, para resistir el viento. Pocas décadas después, desde el emir a los jeques, más los parientes cercanos, innumerables como las arenas del desierto, descubrieron que podían sentirse igual de cómodos en la grupa de un camello que en el asiento de piel de un Rolls-Royce Phantom de color alas de murciélago. O en su defecto, de un Phantom de color dunas de arena de Baynunah. Son vehículos que representan poder y el no va más en tecnología y estética, aunque eso no ha privado a los mandamases abudabíes de su mayor placer, que es sostener en la mano enguantada una buena águila-azor, o águila perdicera, poco antes de lanzarla a cazar entre las dunas.

El viajero puede disfrutar en Abu Dabi por lo contrario, por las líneas, colores y magnitudes de la modernidad. La capital federal, que se llama como el país, tiene un buen surtido de rascacielos de acero y cristal que refulgen bajo el fuerte sol arábigo como una tarjeta de visita de la opulencia. Sin embargo, la ciudad de Abu Dabi no juega tanto como Dubái a batir récords de altura ni de ganancia al mar con islas artificiales. Es acaso un matiz de mayor contención o mesura por parte de Abu Dabi, un país que en el año 1975 llegó al primer puesto del mundo en Producto Interior Bruto per cápita, y se mantuvo ahí durante una década. En 2008 llegó la rebaja, pero el impacto de la crisis económica es menor que en otros lados: Abu Dabi cuenta con el 9 por ciento de las reservas mundiales de petróleo.

Ciudad verde. La isla plana en la que se asienta Abu Dabi capital está unida al continente por tres anchos puentes. No hay sensación de estar rodeado por el mar. Los abudabíes pudientes, que son la mayoría, viven en esa ciudad isleña, limpia, calurosa y verde en comparación con otros parajes arábigos. Pues Abu Dabi no solo ama el oro negro, o el oro amarillo que atesora en lingotes, luce en relojes de pulsera o en corpiños para las bodas de sus damas veladas, sino que valora el agua y casi la venera. Agua potable y de regar, y para hacer abluciones que no sean con arena. Como atentos musulmanes que son, en Abu Dabi no beben alcohol, ni comen jamón, pero pagan una auténtica fortuna por llevarse a la boca los calabacines y coles que cultivan en su Emirato. Nada se puede comparar -diría un jeque abudabí- a una fresca lechuga de su desierto.

Que Abu Dabi sea el más verde de los siete Emiratos no se debe únicamente a lo que invierte en parques y jardines para engalanar su capital sino a su superficie, el 87 por ciento de la Unión. En su mayor parte se trata de pura arena, duna y playa, pero no faltan en Abu Dabi fantásticos interludios de verdor, los oasis y sus correspondientes palmerales. Al Ain, que significa "la fuente" en árabe, es la segunda mayor ciudad del país, y la primera en tradición. Un viaje por Abu Dabi quedaría cojo sin acercarse a ese antiguo oasis donde se forjó la historia de la propia Unión de los Emiratos Árabes.

En muchos aspectos, Al Ain es lo contrario que Abu Dabi capital. Es un lugar que se enorgullece de sus dátiles, rojos, carnosos, pero, sobre todo, de su tiempo, más espacioso y añejo que en la costa. El palacio del jeque Zayed, el que tenía una nariz tan curva como la de un halcón, no escapa de la tónica verde de Al Ain con su jardín de árboles y arbustos que parecen haber pasado por una sesión de manicura. En torno a los arriates se despliegan los pabellones con sus severas habitaciones, cerradas con vetustos candados, que ocupó el padre de la patria. Eso es lo que fue el jeque Zayed, quien no solo gobernó Abu Dabi con mano de cetrero sino que hizo posible el nacimiento de la Unión de Emiratos Árabes en 1971.

Zayed miraba más allá de su generosa nariz. El nuevo país compuesto por siete naciones fue un éxito gracias en buena medida al petróleo y el gas de Abu Dabi (en 2007 exportaba 2,7 millones de barriles de petróleo al día). Gracias a Abu Dabi, todavía en 2009 los emiratos estaban (con 50.070 dólares per cápita) en el décimo puesto de la clasificación de países más ricos según el Banco Mundial. Los emiratíes, o sea, los ciudadanos originarios de los siete Emiratos, son apenas el 20 por ciento de toda la población. Dicho de forma cruda, o de forma petrolera, eso significaría que los emiratíes se las ingenian para acumular y gastar dinero y para hacer trabajar a los extranjeros (la mitad de ellos del sur de Asia). Lo cierto es que los emiratíes se ocupan de las estrategias petroleras y de las decisiones políticas y financieras, dedicando sus mejores momentos a las carreras de camellos y a la caza con sus águilas perdiceras (toghrol). El actual jefe del Estado, Jalifa bin Zayed Al Nahayan (15.000 millones de euros de fortuna personal, según Forbes), no cree que haya que ser pesimistas. ¿Con qué se come eso? En Bab, Zakum, Umm Shaif, en tantos sitios del país se sigue bombeando petróleo y gas mientras los rascacielos perforan el aire. Todo está bajo control, y la ADNOC (Abu Dabi National Oil Company), la compañía nacional de petróleo, vela para que el dinero fluya en el emirato, y secundariamente el aire acondicionado, el agua en las plantas desaladoras, y todo lo necesario y lo lujoso en un país donde a veces se alcanzan los 50 grados de temperatura.

Los cambios del petróleo. En los dos grandes oasis del país, Liwa y Al Ain, hace tiempo que existe un rebozado moderno, pero no han olvidado los esquemas básicos, las estampas beduinas, ni los camellos. Jamel (camello en árabe) tiene la misma raíz que jameel (bello, hermoso). En las afueras de Liwa surgen algunas de las mayores dunas del mundo. En Al Ain hay más tráfico de coches, pero tampoco un estrés agobiante. Ya son un recuerdo borroso las conjuras que hubo en el palacio de Al Ain, un edificio bajo con una puerta flanqueada por dos torres de ladrillos de barro. Fue allí en 1966 donde Sakhbut, el entonces sultán de Abu Dabi, ponderaba si crecer o no crecer. El petróleo había aparecido de forma espectacular en 1958 y el tradicionalista sultán Sakhbut se encontraba perplejo ante los incipientes cambios y sus posibles sacudidas: "Macbeth seguirá invicto y con ventura/ si el gran bosque de Birnam no se mueve". En Abu Dabi pasaba como en la obra de Shakespeare: las profecías no solo apuntaban a Macbeth como rey de Escocia, sino a Banquo y sus descendientes. En Abu Dabi la corona cambió de cabeza, pero al menos no corrió la sangre. Los ingleses habían decidido sumarse al futuro por el procedimiento de anticiparlo, y propiciaron el derrocamiento de Sakhbut tras un golpe suave que aupó al trono a su hermano Zayed, el dúctil y aguileño emir.

Gran Bretaña, después de todo, era la que movía los hilos de la zona, la Costa de los Piratas, y de los Estados en tregua que la componían. Uno de esos Trucial States es el sultanato de Omán, cuya frontera empieza en las mismas afueras de Al Ain. Los ingleses no consintieron que Sakhbut siguiese anclado en la silla de su camello tras la lluvia de oro negro que había caído sobre Abu Dabi. Si acaso la sorpresa fue la rapidez de su sucesor, su hermano menor Zayed bin Sultán al Nahayan, en unir en un Estado fragmentos de un desierto y tribus de estirpe beduina. En 1971 fueron seis los miembros fundacionales de la Unión de Emiratos Árabes, y al año siguiente se sumó el séptimo, Ras el Jaima. Nacía así un Estado Federal con la ambición de cuajar un país no unido exclusivamente por el petróleo. Otra cosa es que Abu Dabi, por su propio peso petrolífero, gasístico, demográfico y territorial, no desempeñe en la UEA la parte del león.

Tradición y cultura. Pero en Al Ain apuestan por algo tan intangible como la tradición y la cultura, bienes más duraderos que el crudo. Las casas de Al Ain son grandes, con patios, para alojar la familia extendida (fareej). Al Ain tiene el único mercado de camellos que sobrevive en los Emiratos. Y mezquitas historiadas, como Shaikha Salama, y fuertes que parecen tartas de barro, como Al Murabba. El Museo Nacional de Abu Dabi guarda tesoros arqueológicos como una serpiente de piedra procedente de la isla Um an Nar (2600-2300 a.C.), y curiosidades etnográficas, utensilios y vestimentas. El visitante curioso centra su atención en las vitrinas de los regalos que hicieron los dignatarios mundiales al jeque Zayed hasta poco antes de su muerte en 2004. Desde una espada de samurái (obsequio de la Japanese Petroleum Company en 1972) a un Corán con tapas de nácar ofrecido por el embajador de Marruecos. Y un colmillo de elefante regalado por Somalia, y en concreto por Hassan Adam, su embajador ante los Emiratos. Tampoco faltan espadas de plata de Irán, ni una barca ceremonial de Tailandia que está llena de figuritas talladas en marfil. Hay hasta un trocito de la Luna, regalo de los Estados Unidos. España está presente con el regalo que llevó Juan Carlos I en su visita de diciembre de 1981, el collar de la Orden de Isabel la Católica, en plata y esmaltes, decorado con dos columnas y dos globos terráqueos. Y la leyenda: "A la lealtad acrisolada. Por Isabel la Católica". Al Ain es una villa llena de rotondas y de palmeras. En pleno centro, junto al palacio emiratí, hoy convertido en museo, se abre un inmenso palmeral, un verdor puntiagudo, algo oscuro, que produce ubérrimos racimos de dátiles bermejos. Las casas de la ciudad se esconden en las sombras del palmar. El sistema de acequias (falaj) lleva las viejas canciones del agua. Y a eso se suman en Al Ain treinta espacios verdes entre parques y jardines, y las fuentes termales y huertos de Mubazzarah en la periferia. Ahí es donde Abu Dabi luce breves praderas esmeraldinas, y verdosos canales con peces. Apareció agua a cien metros bajo tierra, y con buen chorro, 25.000 galones por hora. Otra fortuna. El emir Zayed enseguida ordenó la construcción de un parque, huertos, un lago, un minitren, piscinas... Uno se puede dar un baño en las aguas termales, ricas en sal, según los bani yas.

El gran desierto. Aunque también es estimulante dejar atrás las blanduras de Al Ain y afrontar los 11 kilómetros de carretera, con sus revueltas en espiral, para ir a la cima del monte Jebel Hafitt. El mirador solemne, semicircular, a 1.240 metros sobre el nivel del mar, parece ofrecer las pompas del mundo, que ahí son un desierto en todas las direcciones tomado por la calima, arenales de color oro y pedruscos desperdigados de color cobrizo. Con suerte se ve una rapaz, y se siguen sus planeos con preocupación por el calor reinante: un poco más y parece que se va a caer seca. Jebel Hafitt, lo opuesto de la verde Al Ain, es la imagen de la austeridad del desierto, el sueño de la blancura total que un abudabí refleja en una chilaba. El desierto de Rub al Khali invita a meditar sobre lo esencial y lo transitorio. Pero si en algo Abu Dabi se ha dejado ganar por la tentación del lujo ha sido en la Gran Mezquita de la capital. El emir Zayed dispuso que en ese asunto no se escatimara. Sus 82 cúpulas son airosas en su manera de agarrarse al aire. Recuerdan de lejos los remates de los morabitos marroquíes. Pero lo que más impresiona es el triunfo del mármol. Hasta 28 clases de mármol -Acquabianca y Lasa (Italia), Sivec (Macedonia), Makrana (India)...- . El mármol es en los Emiratos, y en Abu Dabi especialmente, el material que refresca los pies y la vista. Han puesto el nombre del jeque Zayed a ese concierto de geometrías y grandezas. Sus 22.412 metros cuadrados equivalen a cinco campos de futbol. Cuatro minaretes de 107 metros de altura se alzan en las cuatro esquinas de la mezquita. Y si es por columnas, tiene mil, y dos mil paneles de mármol engastados con lapislázuli y piedras semipreciosas como ágatas y amatistas. Las 96 columnas de la sala de oración llevan incrustaciones de madreperla.

Todo es poco para conducir la vista y la mente hacia la alquibla, el arco apuntando a la Meca de 23 metros de altura, ornado con los 99 nombres, o mejor cualidades, de Mahoma, en caligrafía cúfica, clásica y elegante. Todo junto a unas bien disimuladas iluminaciones con fibra óptica, mientras las lámparas de cristal de Swarovski sacan los colores a las alfombras persas en una mezquita que puede acoger a 41.000 fieles y que desde su edificación, en los años 90, se ha convertido en un emblema ineludible del país. Observando ciertas pautas de vestido, no se pone objeción a la visita de los extranjeros.

Las islas deisertas
Abu Dabi no es solo un país desértico, sino insular. La propia capital es una isla, una de las 200 con que cuenta el Emirato. Las más alejadas son las Desert Islands, Islas Desiertas: Sir Bani Yas, Dalma y las seis islitas del grupo Discovery. Todas ellas poseen un alto nivel de protección ambiental. En el suroeste destaca por su interés la isla de Sir Bani Yas, a 250 kilómetros del aeropuerto de Abu Dabi y a ocho kilómetros de la costa meridional del país. Un ferry tarda unos 15 minutos en ir a esa isla, que cuenta con la mayor flora y fauna autóctonas. También se puede viajar allí desde Abu Dabi capital con un hidroavión Dash-8 de 50 plazas. Hay varios vuelos diarios, operados con avioneta Cessna, que tardan 50 minutos. En el Arabian Wildlife Park, reserva de fauna de 4.200 hectáreas, se pueden ver gacelas, oryx, guepardos, hienas..., hasta 15.000 animales. Los tours de Nature Wildlife Drives que van a Sir Bani Yas suelen estar llenos, por lo que hay que reservar con mucha antelación. Interesante es asimismo el pasado isleño, con 36 lugares arqueológicos. Notables son las ruinas de un monasterio cristiano (nestoriano) del siglo VII. Y una tumba circular de hace cuatro mil años. En la isla aseguran que plantan un mangle por cada visitante. Hoteles interesantes en la isla son Anantara Desert Island Resort Spa, Arabian Wildlife Park Lodge (junto a la reserva) y Yamm Lodge (en la orilla del mar).