6 paradas en la ruta de la anchoa catalana

Entre el Mediterráneo de la Costa Brava y los Pirineos, se alza maravillosa la comarca gerundense del Alt Empordà. Contemplar el paisaje relajante del mar, pasear por pueblos medievales y disfrutar de la buena mesa hacen enamorarse de esta tierra. Su cocina más tradicional esconde el tesoro de la anchoa de L’Escala, que ha dado a conocer la comarca en el mundo entero.

Irene González
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Foto: stockstudioX / GETTY

Como en el cuadro Mujer en la ventana de Dalí, contemplamos el paisaje idílico de una tierra que hechiza. El gerundense Alt Empordà es un paseo por blancas villas costeras llenas de encanto que componen un paisaje sosegado, luminoso y refinado. Aquí, la gastronomía muestra su lado más mediterráneo, donde amalgama la alta cocina con la mesa más tradicional. Es una tierra que seduce y a la que siempre se quiere volver. Es la cuna de las salazones, donde L’Escala se erige como patria de una de sus especialidades: la anchoa. La localidad, es una de las grandes maestras en la salazón del pescado, un arte que trajeron, en los siglos VI y V a.C, los pueblos fenicio y griego. L’Escala está volcada desde 1940, en la elaboración de la anchoa siguiendo métodos tradicionales, con un alto nivel de exigencia en la selección del mejor pescado y buscando una textura y un sabor exclusivos. Este noble oficio ha dejado huella en su arquitectura, por lo que en L’Escala hay cinco fábricas de anchoas visitables, que muestran el proceso de salazón, conservación y envasado. Además del Museo de l’Anxova i de la Sal y un Centro de Interpretación del Pescado.

Siguiendo la geografía de esta villa costera recorreremos el atrayente barrio de pescadores de Sant Martí de Empúries, del XVII. Y más adelante, la impresionante Empúries, espectacular por sus playas, unidas entre sí, por un paseo peatonal de dos kilómetros y medio. La magnífica cala Montgó, con una torre de defensa del XVI, y la playa de Riells, que se extiende hasta el puerto pesquero y deportivo de la Clota. En Figueres huele a arte. En la ciudad natal de Dalí todavía se conservan las costumbres del genio. La tienda la tienda donde compraba los productos con los que se engominaba el bigote; la terraza del Emporium donde escribió con Buñuel Un perro andaluz; la iglesia de Sant Pere donde fue bautizado; su casa, y su estudio. Además de su sensacional patrimonio medieval, Castelló d’Empúries forma parte del Parque Natural dels Aiguamolls de l’Empordà. En él, tres escenarios ecológicos constituyen este espacio protegido, la reserva de los Estanys, con grandes extensiones de cañaverales y prados inundables; la de las Llaunes, con lagunas litorales y dunas, y la reserva de la isla de Caramany, situada en medio del río Fluvià. Junto a este pueblo medieval se ha levantado Empuriabrava, un bello complejo residencial, ideal para descansar y degustar unas anchoas.

En Roses nada mejor que pasear por el recinto de la ciudadela, Conjunto Histórico-Artístico. Su centro encierra los restos de un barrio helenístico, una villa romana, una necrópolis paleocristiana, edificios de la época visigoda y el monasterio medieval de Santa María de Roses. Y por la lengua de tierra que se adentra en el golfo, está castillo de la Trinidad, una construcción militar con forma de estrella de cinco puntas. El castillo se halla frente al famoso faro de Roses, del XIX, que anuncia la entrada al puerto pesquero, donde se celebra la tradicional subasta de pescado. Los productos del mar son un elemento clave de la gastronomía de Roses. Más adelante, Cadaqués, en pleno cabo de Creus, tiene el encanto de una villa de pescadores y la grandeza del Parque Natural del Cabo de Creus, el único de España que abarca una zona marítima y otra terrestre. En este escenario coexisten diferentes ecosistemas, desde su cima en el pico de Sant Salvador hasta el nivel del mar, lo que permite la convivencia de gran variedad de especies. Los pinos y las encinas crecen en las zonas más expuestas, mientras que los valles dan cobijo a olmos, fresnos, alisos, avellanos y sauces.