5 planes divertidos en Río de Janeiro

Aunque en estos días cálidos la vida pasa por tostarse al sol de Copacabana o Ipanema, hay otras muchas propuestas originales en la ciudad más vibrante de Brasil.

Noelia Ferreiro
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Foto: Yuri de Mesquita Bar / ISTOCK

No hace falta esperar al carnaval para apreciar la alegría que corre por las venas de Río. Esta ciudad luminosa y hedonista, enérgica y descarada, sabe montárselo bien todos los días del año. Y aunque el discurrir urbano está apegado a sus arenales, aunque estos días cálidos son un desfile de garotos y garotas luciendo palmito bajo el sol, existen planes divertidos y originales para enamorarse, una y otra vez, de la metrópoli con más marcha de Brasil.

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Un paseo en barco por la bahía de Guanabara

Porque esta ciudad nunca fue tan bonita como desde el mar, nada como recorrer su costa a bordo de un catamarán con una perspectiva diferente. Rio Boulevard Tour ofrece desde la Marina da Gloria (remozada para los Juegos Olímpicos) una maravillosa travesía por la bahía de Guanabara, al paso de veinte puntos históricos y culturales que forman parte de la historia brasileña. El icono arquitectónico del Museo del Mañana y el Museo Arte Contemporáneo, proyectado por Óscar Niemeyer. Pero también la Fortaleza de São João, donde fue fundada la ciudad. Y las márgenes de la playa de Flamingo con vistas imprescindibles al Cristo Redentor y al Pan de Azúcar. Toda la belleza carioca desde un ángulo privilegiado.

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Comerse una feijoada en el Bar Do Mineiro

Además de un refugio de la intelectualidad y el arte, de un encantador reducto de la bohemia, Santa Teresa, el barrio que se desparrama por las empinadas laderas de uno de los morros de Río, es el hogar del mejor restaurante para degustar el plato brasileño por excelencia: la feijoada, un sabroso guiso de frijoles negros con carne de cerdo, arroz, farofa y verduras. En el Bar Do Mineiro no sólo lo sirven completo, abundante y económico, sino además en un ambiente fantástico. Porque este local revestido de azulejos, con un aspecto de lo más tradicional (nada de estética cool) es un clásico para quedar con amigos y regar la rica comida con unas buenas cervezas frescas. 

 

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Una noche de samba en Rio Scenarium

Nadie que visite Río debería abandonar la ciudad sin vivir, al menos una noche, esta inolvidable experiencia: la de desencajar las caderas a ritmo de samba con la música en vivo de reputadas bandas. Rio Scenarium, que fue elegido por el mismo The Guardian como uno de los mejores diez bares del mundo, es un lugar peculiar. Un restaurante gigantesco adornado con cachivaches curiosos, donde sentarse a picotear algo antes de que la cosa se caldee y entonces ya no quepa un alfiler. Porque según avanza la noche y el ambiente va in crescendo, cada centímetro del local se convierte en una pista de baile. Como un auténtico sambódromo, la música explota y entonces sólo quedará bailar… incluso aunque no se sea muy ducho en la materia.

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Hacer una cata de cachaza

Ni de vino ni de cerveza. Para vivir Río con intensidad hay que conocer el destilado con el que se brinda en Brasil. Sobre todo en su versión más famosa, esto es, la caipirinha, que es a este país tropical lo mismo que el tequila a México o el pisco a Perú. Un cóctel, decíamos, elaborado con este típico aguardiente de melaza de caña. Pero, pese a que puede superar los 50 grados, beber cachaza en solitario se ha convertido últimamente en sinónimo de buen gusto. Para ello existen cachacerías como Academia da Cachaça, en Leblon, que es toda una institución en la ciudad con más de cien etiquetas.

 

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Escuchar bossa nova en Bip Bip

No lo diremos muy alto para mantener el secreto, pero éste es uno de esos lugares que no aparecen en las guías de viaje aunque atesoran toda la esencia de la ciudad. Un bar diminuto (apenas cuatro mesas interiores y otras tantas que se improvisan fuera), discreto, desapercibido y sin embargo grandioso. Porque desde 1968 es testigo de la historia de la bossa nova de Río de Janeiro, el lugar en el que grandes músicos han alumbrado los más bellos sonidos cariocas alrededor de una mesa, como si se tratara de una reunión familiar. Así se produce todas las noches, como quien no quiere la cosa, una lección magistral de voces y guitarras, mientras el público escucha silencioso y, a la hora de los aplausos, hace chasquidos con los dedos para no molestar a los vecinos. 

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