25 Aniversario de la Ruta del Císter

Medio centenar de kilómetros bastan para enlazar la tríada de monasterios reales que por Cataluña presiden la Ruta del Císter. Poblet, Santes Creus y Vallbona evocan la austeridad medieval de esta Orden y brindan la mejor excusa para disfrutar de entornos y pueblos únicos.

Elena del amo
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Foto: Luis Davilla

Caminar y volver sobre lo andado. Parece el sino de la Humanidad. Una de estas idas y venidas en la religión cristiana comenzó a fraguarse en Francia a finales del siglo XI, coincidiendo con la máxima opulencia de los monasterios cluniacienses. A pesar de que la propia Orden de Cluny había nacido como un retorno a la pobreza y los primitivos ideales benedictinos, paradójicamente muchos de sus monasterios habían acabado convirtiéndose también en auténticos palacios, y sus abades en señores feudales que extendían sus tentáculos por lo divino y lo humano. Una veintena de hombres de la Iglesia emprendió entonces una nueva vuelta al purismo y la vida ascética, retirándose a un escondite de la Borgoña llamado Cîteaux o, como se tradujo a este otro lado de los Pirineos, Císter.

Cataluña, siempre en zonas alejadas de sus ciudades y de las grandes vías del comercio, vio alzarse algunos de los primeros monasterios cistercienses de la Península cuando, de la mano de la carismática figura de San Bernardo de Claraval, esta nueva Orden comenzó una expansión imparable a partir del siglo XII. La hoy llamada Ruta del Císter, creada para dinamizar turística y económicamente las comarcas del Alt Camp y la Conca de Barberà, en la tarraconense Costa Daurada, y la ya leridana de Urgell, celebra ahora su 25 aniversario. Claro que Poblet, Santes Creus y Vallbona de les Monges, la tríada de monasterios sobre la que gravita esta ruta, suman unos cuantos años más. A lo largo de este cuarto de siglo, cerca de siete millones de visitantes han presentado sus respetos a estas joyas del patrimonio catalán, y puñados de hotelitos, restaurantes, casas rurales y empresas de servicios han visto la luz al calor de esta ruta donde los tres cenobios reinan con todas las de la ley, pero también se aliña con caminatas por las sierras que los enmarcan, visitas a pueblos cargados de historia, a cuevas habitadas en el Paleolítico o a bodegas modernistas, amén de disfrutarse en esta zona de una gastronomía de primera. Sobre todo ahora que, con la llegada del frío, dará en breve su pistoletazo de salida la temporada de los afamados calçots.

Santes Creus y sus inmediaciones

Casi tanto como las visitas teatralizadas al monasterio que en ocasiones proponen, un audiovisual que se sale literalmente de la pantalla atrapa de inmediato el interés de hasta los más pequeños. Con esta espectacular puesta en escena sobre los orígenes del Císter arranca el recorrido por este enorme complejo que, en su época de mayor esplendor, llegó a albergar a cerca de un centenar de monjes más otra buena legión de legos, los conversos de origen plebeyo que ayudaban sobre todo en las labores agrícolas de las granjas que permitían ser autosuficiente a Santes Creus. En unas tierras de frontera recién conquistadas a los musulmanes, con canteras de piedra y agua cerca para poder edificar y trabajar los sembrados, el monasterio fue fundado en 1160 con el beneplácito de la nobleza y la corona de Aragón. Permaneció habitado hasta las desamortizaciones del XIX. Hoy es el único de la Ruta del Císter que no lo está, de ahí que pueda accederse a espacios vetados normalmente a los visitantes, como los antiguos dormitorios, donde de vez en cuando se celebran conciertos de música clásica. La planta de Santes Creus reproduce con mayor fidelidad que los otros dos monasterios el modelo constructivo trazado por San Bernardo para organizar los espacios según las necesidades de la comunidad, con talleres, enfermería e incluso cárcel para monjes disolutos y, cómo no, lugares para el recogimiento y el culto. La sedante austeridad del Císter se palpa en la desprovista verticalidad de los muros de la iglesia, que, sin embargo, tiene hechuras de catedral. Porque la "borrachera de sobriedad" que exigía San Bernardo se refería sobre todo a la ornamentación, no a escatimar en ambición monumental. Aun así, no habrá que perderse en ella el celebrado retablo barroco de Josep Tramulles o unos vitrales valiosísimos originales del siglo XIII y, sin falta, los sepulcros de Pedro El Grande y Jaime II, magníficamente decorados al oficiar como panteón real. Una vez en el claustro principal podrá apreciarse cómo, de nuevo, la desnudez inicial cisterciense volvió a degenerar hacia la opulencia. En lugar de sencillos capiteles florales sin nada superfluo que distrajera la atención de los hermanos, los que aquí engalanan las arcadas de sus galerías exhiben una trabajadísima fantasía de tallas cargadas de simbolismos. Músicos, animales exóticos, hasta alguna mujer en actitud licenciosa y seres mitológicos como el hombre-naturaleza de la tradición celta. Nada pues que ver con los preceptos de sencillez de la Orden. La culpa hay que echársela a Jaime II, quien decidió construirse un palacio en el cenobio y reposar eternamente entre sus muros, por lo que con este tipo de excesos quiso darle un aire más regio al recinto. Será, sin embargo, fácil perdonarle el desliz porque este claustro del siglo XIV, el primero de estilo gótico de la corona de Aragón, se codea con los más sugerentes de Europa.

Desde los bosques de columnas y bóvedas de la sala capitular hasta el cementerio, las estancias de los monjes jubilados o el Palacio Real que fueron ampliando los sucesivos monarcas hasta que Pedro El Ceremonioso hizo bascular el poder hacia Poblet, Santes Creus podría acaparar días enteros para conocerse a fondo. Pero sería un pecado dejar de recalar por otros platos fuertes de la comarca del Alt Camp, como el santuario de Montferri, erigido por Josep María Jujol, discípulo de Gaudí, o la igualmente modernista Vinícola de Nulles-Adernats, donde visitar sus espectaculares bodegas e incluso atreverse entre sus barricas con una cena sensorial con maridaje. Y para plato fuerte, una buena calçotada en Valls, lo mejor que trae la gastronomía local cuando llega el frío, o ya de camino a Poblet, un alto en el Pla de Santa María para emprender un sencillo recorrido senderista -y preferiblemente guiado para sacarle todo su jugo- entre las construcciones rurales de piedra seca que salpican la Ruta de la Capona.

Poblet, Patrimonio de la Humanidad

Suena a gregoriano, aunque casi todo es catalán. Asistir a una misa cantada en este monasterio, el más monumental de los tres y el único de la ruta declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es la vía más certera para adentrarse de lleno en su espíritu. Una treintena de monjes sigue morando en Poblet, que volvió a habitarse tras la Guerra Civil después del siglo de abandono que siguió a la desamortización de Mendizábal, en la que la Iglesia fue expropiada de sus posesiones. Fue Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona entre 1131 y 1162, quien ayudó a fundarlo al tiempo que Santes Creus no solo por cuestiones pías sino también para repoblar estas tierras recién ganadas a los sarracenos. Con las Montañas de Prades como telón de fondo, alzándose sobre unas ordenadas hileras de viñas que los religiosos le arriendan a Codorniú, se trata de una de las abadías cistercienses más grandes y completas del mundo. Tan poderosa en otros tiempos que sus dominios, gracias a las donaciones de las familias nobles de sus hermanos, llegaron a extenderse hasta el Pirineo y las lindes con Valencia.

El recorrido podría hacerse por libre, aunque resultará más nutritivo emprenderlo con alguno de los guías que dispone su moderno centro de recepción de visitantes. Ellos ayudan a desvelar los secretos de cada estancia: su luminosa iglesia de transición del románico al gótico y las tumbas reales que alberga; el claustro magnífico y el palacio del abad, e incluso dependencias que siguen usando los monjes, como la sala capitular y el refectorio, donde se reúnen para comer en riguroso silencio, como mandan los cánones. A ellos se suman aquí los huéspedes que de cuando en cuando alojan. Y es que, si bien a la entrada del complejo cuentan con una hospedería abierta a todo tipo de público, entre sus muros solo aceptan a hombres dispuestos a respetar la severidad de la vida monástica, que amanece cada madrugada a las cinco para celebrar maitines y a las diez de la noche ya están todos durmiendo.

A tiro de piedra de Poblet aguardan unas sierras espléndidas por las que caminar, montar en bici o detenerse en pueblitos del encanto de la villa roja de Prades o de otras totalmente amuralladas como Montblanc, dueña y señora del conjunto medieval mejor conservado de Cataluña, o, en L''Espluga de Francolí, visitar lacueva de la Font Major, habitada en el Paleolítico; el Museo de la Vida Rural o su espectacular bodega-cooperativa modernista, otra de las aquí muy merecidamente conocidas como catedrales del vino.

El recogimiento de Vallbona

En este caso son monjas, y de semi-clausura, las que habitan este cenobio en el que, a diferencia de los otros dos masculinos, la vida monástica nunca se ha visto interrumpida a lo largo de sus más de 850 años de historia, salvo algún breve paréntesis durante la desamortización de Mendizábal y la Guerra Civil. Quedan pocas, eso sí. Apenas ocho religiosas que se ocupan de lo divino de la vida contemplativa y también de atender tareas tan humanas como el cuidado del huerto, abrir la hospedería a quien busca unos días de paz, cobrar las entradas a los visitantes o elaborar las cerámicas que ellas mismas despachan en una humilde tienda a las puertas del recinto. Una forma de ganarse el pan sensiblemente distinta a cuando en el siglo XIII, como tantos monjes, las hijas con vocación de las mejores familias catalanas se dedicaban a copiar y ornamentar los códices que llegaban a los focos de espiritualidad y de cultura que eran los monasterios en la Edad Media. Aquí la austeridad cisterciense se palpa en la fina desnudez de la sala capitular, en buena parte del claustro y, sobre todo, en la iglesia, donde huele intensamente a incienso porque se usa cada día. Cualquiera puede acceder a este templo de una sola nave con crucero para asistir a sus misas y oír cantar a las monjas. Puede entrarse directamente a la iglesia desde la plaza del coqueto pueblito que lleva también el nombre de Vallbona de les Monges. Y no habría perdón de Dios para el que dejara de consagrarle al monasterio la hora escasa de visita guiada que adentra al visitante por sus dependencias y lo imbuye en una serenidad y un recogimiento, aquí sí, libre de todo oropel.

A pie entre los monasterios

Con un trazado circular de un centenar de kilómetros, el sendero de Gran Recorrido GR175 hilvana Santes Creus, Poblet y Vallbona como parte de la red de vías balizadas de Europa. A pie o en bici, con algunas variantes en los tramos más complicados para los ciclistas, la ruta puede plantearse en más o menos etapas en función de los días de los que se disponga y la forma física de cada cual, aunque no reviste excesivas dificultades. Unas cuatro jornadas de caminata suelen bastarle a la mayoría de los diez mil excursionistas que, arriba o abajo, se atreven cada año con la versión más verde de la Ruta del Císter. Ya se sabe que "los caminos del Señor son inescrutables", pero en estos están asegurados los bosques, olivares y viñedos entre los que dar con una masía para hacer noche; pueblitos de piedra por los que reponer fuerzas con lo mejor de la cocina payesa o quizá una cata en una bodega histórica aprovechando que no hay que conducir, entre otros platos fuertes como escuchar cantar vísperas a los monjes de Poblet tras haber cruzado las inspiradoras Montañas de Prades. Existe incluso un carné (www.larutadelcister.info/es/carnet-6t) con descuentos en hoteles, restaurantes y empresas de servicios por los pueblos de la ruta, donde además, si se va sellando, como en el Camino de Santiago, no ganará uno la Compostela, pero sí un diploma como recuerdo de haber transitado estas sendas que ligan los monasterios cistercienses más imponentes de Cataluña de la forma más parecida a como se hacía siglos atrás.

¿Castells o calÇots?

Valls, la capital del Alt Camp, lo es también de las emocionantes torres humanas que hace un lustro fueron declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, así como de los calçots, que de momento no tienen el galardón, pero deberían. Para concedérselo, a los señores de la Unesco les bastaría con ponerse un babero y mancharse las manos participando de una buena calçotada en restaurantes de la zona como Ca l''Angel, del chef Ángel Solé, el embajador más internacional de este pariente de la cebolla venido a más que, a la brasa, bien aliñado con salsa romesco, buen vino y mejor compañía, protagoniza la fiestas gastronómicas del invierno. Con el boom de los últimos tiempos, ya en octubre se encuentran calçots por media Cataluña, aunque la tradición es de aquí y, los mejores, de cuando hace más frío. No es casualidad que la Fiesta de la Calçotada se celebre en Valls el último domingo de enero. Alargándolo mucho podrían comerse hasta San Juan, cuando arranca extraoficialmente la temporada de los castells y las collas castelleras, que arracimadas bajo el lema Fuerza, Equilibrio, Valor y Cordura, se lanzan a revivir por las plazas esta tradición con dos siglos de historia.