Los 15 cuadros que deberías ver, al menos, una vez en la vida: son el cúlmen de la belleza del arte y la excusa perfecta para viajar por el mundo
Te decimos en qué museos del mundo se encuentran, para que vayas organizando ya una escapada.

La historia del arte está repleta de obras maestras de la pintura, desde la Antigüedad hasta la edad contemporánea. Es por eso que atrevernos a elegir los 15 cuadros que deberías contemplar una vez en la vida de entre todos los que existen es casi una herejía.
Aún así, lo hemos hecho, afinando mucho el ojo y seleccionado aquellas obras que, de manera conjunta, combinan el impacto estético con la innovación histórica y el impacto emocional. Y no solo te decimos cuáles son, sino que te apuntamos dónde se encuentran para que vayas pensando ya en un viaje en el que puedas verlos de cerca.
Los 15 mejores cuadros de la historia del arte
La Gioconda, Leonardo da Vinci
Es, posiblemente, la sonrisa más famosa de la historia del arte. Su valor reside no tanto en el trazo o en el uso de los colores, sino en el prodigio técnico del sfumato, que hace que la expresión cambie según el ángulo del que se mira, y la luz que incide sobre él. Además, dicen que es el primer gran retrato psicológico de la historia occiedental. Está en el Museo de Louvre (París).
La noche estrellada, Vincent van Gogh
Es una de la obras maestras de Van Gogh, un cuadro en el que las pinceladas convierten la astronomía en pura emoción. Aunque el trasfondo del cuadro es lo que más emoción genera: Van Gogh lo pintó desde un sanatorio, así que el cuadro es casi como una ventana a la mente de un genio en lucha. Está en el MoMA (Nueva York).
Las Meninas, Diego Velázquez
Pintado en el siglo XVII, es una de las obras de mayor tamaño de Velázquez, además de compleja y creíble, capaz de transmitir sensación de vida y realidad desde el interior de una habitación del palacio de la corte en Madrid. Si fue pionero en su momento fue también porque revolucionó la perspectiva y la autorreferencia siglos antes de que lo hiciera el arte moderno. Está en el Museo del Prado (Madrid).
Guernica, Pablo Picasso
Pintado en el año 1937, tras el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica en plena Guerra Civil Española, es una de las obras antibélicas más icónicas del arte moderno. La clave de su genialidad no es el retrato de la guerra en sí, sino el retrato del horror, convirtiendo al cuadro en un símbolo universal. Y en tamaño gigante: su escala monumental (350 x 777 cm) te obliga casi a sentir la violencia de aquel momento. Está en el Museo Reina Sofía (Madrid).
La creación de Adán, Miguel Ángel
Quizá por el nombre no sabes de qué obra se trata, pero si te decimos que es la representación del primer hombre terrenal extendiendo el brazo hasta casi tocar con la punta de los dedos a Dios, su creador, seguro que ya sí. No es un cuadro sobre lienzo, sino un fresco situado en las bóvedas de la Capilla Sixtina, capaz de convertir la teología en una lección de anatomía sin precedentes. Está en los Museos del Vaticano.
El jardín de las delicias, El Bosco
Los expertos en arte dicen que esta es la creación más compleja y enigmática del Bosco. Y su universo simbólico sigue desafiando interpretaciones 500 años después de haber sido creado. Su imaginación roza lo surrealista siglos antes de que surgiera el surrealismo. Se puede ver en el Museo del Prado (Madrid).
La ronda de noche, Rembrandt
Este es uno de los cuadros más famosos del pintor neerlandés Rembrandt, pintada en algún momento entre 1639 y 1642. Y si es tan admirada en la historia del arte es porque rompe con el retrato grupal estático: las figuras no están quietas, en su obra todo es movimiento y drama. Una tensión que el pintor incrementa con un juego soberbio de la luz, siendo capaz de crear una narrativa dentro del caos. Está en el Museo Nacional de Ámsterdam (Países Bajos).
El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli
En esta obra, el italiano Botticelli recupera la mitología clásica en un contexto de auge del cristianismo en Florencia. Quizá por eso muchos expertos lo relacionan, en realidad, con el bautismo de la futura de Cristo. La figura de Venus presenta una belleza idealizada, hecha ritmo y línea. Está en la Galeria Uffizi (Florencia).
El Grito, Edvard Munch
Imposible no atormentarse ante esta obra, considerada como la imagen más directa de la angustia moderna. El paisaje vibra con la propia emoción del personaje, un cuadro donde el artista ha sido capaz de hacer que el mundo interior y el exterior se confundan. Hay varias versiones, pero la más famosa, de 1893, está en el Museo Nacional de Noruega.
La libertad guiando al pueblo, Eugene Delacroix
Pintado en 1830, esta obra de Delacroix sigue siendo una de las obras más famosas de la historia del arte. Un homenaje a tres jornadas de protesta que sucedieron en el siglo XIX y que han pasado a la historia como un ejemplo romántico de la unión del pueblo por su libertad. Lo que hace Delacroix con esta obra es precisamente convertir una revolución real en un mito épico y hacer que la figura femenina sea política y alegórica a la vez. Hay que ir al Museo del Louvre (París) para verlo.
Las señoritas de Avignon, Pablo Picasso
Si por algo es apreciada esta obra de Picasso, pintada en 1907, es porque se trata de la obra que dinamita la perspectiva tradicional, marcando el inicio del cubismo. Es el cuadro en el que el genio español empieza a plasmar manifestaciones de arte ibérico, griego arcaico, africano e incluso del antiguo Egipto, haciendo que los volúmenes y la geometrización ganen protagonismo. Está en el MoMA (Nueva York).
El almuerzo sobre la hierba, Manet
Esta obra fue todo un escándalo en su época: una mujer desnuda sentada en la hierba y acompañada por dos señores elegantemente vestidos. Lo curioso es que el desnudo no fue lo que más escandalizó, sino su modernidad descarada. Está considerado, además, un cuadro preimpresionista. Y está en el Museo d’Orsay (París).
Gótico americano, Grant Wood
Es el cuadro de una pareja de granjeros pintada en 1930. Erróneamente siempre se ha pensado que se trata de una matrimonio, aunque supuestamente son un granjero y su hija, no su esposa. Lo que sí es, es un icono cultural que define la identidad rural estadounidense. Y su ambigüedad sigue generando debate casi un siglo después. Está en el Instituto de Arte de Chicago.
Noctámbulos, Edward Hopper
Nadie como el pintor americano para retratar la soledad urbana con una precisión casi cinematográfica; pero no la soledad humana, sino la soledad de la gran ciudad, y más concretamente de Nueva York. Esta obra realista es uno de los cuadros más reconocibles del arte estadounidense. Está en el Instituto de Arte de Chicago.
Impresión, sol naciente, Claude Monet
Fíjate si es importante este cuadro del pintor francés Monet, que sirvió para poner nombre al movimiento que acababa de nacer con él, el impresionismo, y por extensión, el arte moderno. Una obra que demuestra que la atmósfera puede ser más importante incluso que el detalle, algo novedoso hasta este momento de finales del siglo XIX. Hay que ir hasta el Museo Marmottan Monet (París) para verlo.
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