Innsbruck, capital del invierno en Europa

Ocho siglos de historia contemplan a la capital del Tirol austriaco, una ciudad histórica que en invierno tirita con gusto y se convierte en un paraíso para los esquiadores. La nieve de sus maravillosas montañas alpinas atrae a miles de turistas de todo el mundo que disfrutan de los deportes blancos, pero también se sorprenden con la rica historia y arquitectura de este capricho de los Habsburgo.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Es la única ciudad en Austria que comparte la vitola de imperial con Viena. Pero Innsbruck, la capital del Tirol, ofrece mucho más al visitante, ahora que apuesta por una arquitectura a la última bajo el imponente marco natural de las montañas alpinas, al norte y al sur, que protegen a este enclave histórico elegido por los Habsburgo para convertirse en el corazón de su Imperio. Una ciudad coqueta, atravesada por un caudaloso río que seduce por su espectacular tonalidad verde, reconocible por su viejo puente medieval del que deriva su nombre y embellecida por los paisajes espectaculares de los Alpes austriacos, escenario que en enero de 2016 acogerá los primeros Juegos Mundiales Universitarios de Deportes de Invierno, los Wussi Games.

Innsbruck conserva el único casco medieval de Austria. Quinientos metros separan el Arco del Triunfo, construido en 1765 para conmemorar la boda de Leopoldo II con la infanta española María Ludovica, del Tejadillo de Oro en el área más turística de la ciudad. El Tejadillo es el monumento más asociado a Innsbruck. Esta simbólica tribuna construida como palco de honor para conmemorar el enlace del emperador Maximiliano de Habsburgo con Blanca Sforza de Milán (1494) destaca por sus 2.657 tejas de cobre doradas al fuego con una docena de kilos de oro. La foto en este rincón es inevitable y guarda un toque español, pues desde hace nueve años una malagueña llamada Mari Mar trabaja como estatua humana, sin mover un solo músculo de su cuerpo, al lado de su amaestrado perrito. Mari Mar se enamoró de un apuesto tirolés y ahora cotiza a la Seguridad Social austriaca trabajando diariamente nueve horas en verano y tres en invierno. Ese rincón mágico de la ciudad vieja es su base habitual para posar ante los turistas, aunque a veces lo hace ante el lujoso mundo de Swarovski, situado en la antigua casa de la rosa dorada (Herzog-Friedrich Strasse, 39), a solo unos metros de la tribuna también dorada. Los visitantes recorren las salas de la lujosa tienda o guardan fuerzas para ascender a lo más alto de la contigua torre del antiguo Ayuntamiento (s. XV) después de superar 148 escalones. Será esta la primera panorámica que asombra en un Innsbruck con maravillosas vistas tanto hacia la impresionante Cadena Norte (Nordkette, 2.334 m), más gris y con menos vegetación, como la que se dibuja en dirección a las montañas alpinas tirolesas del sur (Patscherkofel, 2.247 m), que la aprietan y que tanto gustan a sus habitantes.

Las calles Herzog Friedrich y la dedicada a la archiduquesa María Teresa forman las arterias principales de la ciudad. Antiguamente se instalaron en sus edificios comerciantes, nobles y órdenes religiosas, y todavía hoy, siendo su reclamo principal las tiendas y los restaurantes, esta bella hilera de casas conduce hasta las entrañas de la villa que enamoró a Maximiliano I. Tanta pasión sintió el emperador por lo que era simplemente una aldea rodeada de montañas que aquí quiso instalar su impresionante mausoleo de mármol, donde deberían haber descansado sus restos, que finalmente terminaron en la iglesia de San Jorge en Viena. Se dice que Maximiliano I pasó a la historia por ser el hombre que cambió el mundo en la transición del final del Medievo y el Renacimiento. Historiador, artista, mecenas, amante de la naturaleza, cazador, general del ejército y hombre de Estado, para unos, o temerario y ambicioso en su política de matrimonios que acrecentaba su imperio, a juicio de otros, lo cierto es que la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico se creyó que era un elegido. Así se lo había inculcado su padre, Federico III, y trató de plasmarlo bajo su orgullosa divisa Austria est imperare orbi universe (Austria debe dirigir el mundo entero), presente en sus dominios. En Innsbruck la visita a su mausoleo en la Hofkirche (Iglesia de la Corte), situada al lado del Hofburg (Palacio), nunca decepciona. El proyecto original incluía 40 gigantescas estatuas elaboradas en bronce -además de un centenar de ángeles y bustos de emperadores romanos- que constituyen todo un documento periodístico de la época ya que las caras son reales y sus atuendos son los originales que se lucían en la Corte. Maximiliano, como si se tratara de un faraón, quería estar rodeado por los personajes más celebres de la historia y, aunque al final solo se terminaron 28 figuras, hoy pueden admirarse las dedicadas a Felipe el Hermoso, Juana la Loca y Fernando el Católico, por citar a los más vinculados con la Historia de España, o incluso al monarca más popular de las leyendas europeas, el rey Arturo, realizada por el mismísimo Alberto Durero.

El cenotafio de Maximiliano continúa vacío detrás de una reja de hierro forjada en Praga, pero impresiona por las escenas de su vida y todo el grupo de figuras, santos protectores y bustos de la Iglesia de la Corte, en lo que constituye para muchos el monumento del Renacimiento más importante de Europa. Milagrosamente, este magnífico conjunto se salvó durante la II Guerra Mundial al ser escondido en Hall, un pueblecito del Tirol próximo a Innsbruck, tras descubrirse que Hitler quería convertirlo en cañones. Al salir del templo, accedemos al Hofburg, el palacio gótico que la emperatriz María Teresa convirtió en barroco y que hoy, con su majestuosa Sala de los Gigantes, se alquila para organizar fiestas. El castillo-palacio fue el principal legado que dejó la emperatriz en esta ciudad, como símbolo del poder imperial de los Habsburgo en esta región.

La nieve y el denostado Föhn

Aparte de su rica herencia artística y cultural, la capital tirolesa presume de su calidad como destino invernal de vacaciones. Innsbruck y la nieve siempre han ido de la mano, aunque en los últimos años el viento que procede del sur, el denostado Föhn, ha aparecido más de lo habitual en esta región y sus habitantes lo temen, pues afirman que afecta a sus cabezas al tiempo que derrite las cumbres y las praderas blancas en los inviernos más primaverales. El llamado viento italiano no ha sido, sin embargo, obstáculo para que la llama olímpica haya brillado ya tres veces en la capital tirolesa: durante los Juegos Olímpicos de Invierno en 1964 y 1976, y con motivo de los Primeros Juegos Olímpicos de la Juventud en 2012. A nadie le extraña este récord olímpico, pues en Innsbruck el acceso a la nieve se realiza con facilidad gracias a los 80 funiculares y remontes operativos en las montañas cercanas, incluso se puede ascender al pico más alto de la Norkette en solo 20 minutos desde el mismo centro de la ciudad. Ese moderno funicular, que lleva la firma de la arquitecta Zara Hadid, funciona desde el 1 de diciembre de 2007. Una vez arriba, en la impresionante mole de la cordillera norte, se desciende por laderas siempre nevadas bajo un llamativo cielo de color azul intenso; los menos activos pueden tomarse una cerveza al aire libre presenciando una exhibición de snowboard o free skiing al borde de una pista negra de Nordpark/Seegrube. En el lado opuesto, junto al famoso trampolín de saltos, la montaña Patscherkofel, también llamada montaña olímpica, despliega su encanto invernal a dos mil metros de altitud con decenas de instalaciones para todo tipo de especialidades alpinas y cabañas y refugios para saborear la típica comida regional. Y un poco más cerca del cielo, si se sube mil metros más, impresiona el glaciar de Stubai, con una panorámica de más de cien picos que superan los tres mil metros de altura.

El bisnieto de Francisco José y Sissi

Abandonando Innsbruck en dirección al Acherkogel (3.007 m.) por el valle más hermoso de la región, y atravesando encantadores pueblecitos como Sellrain, Gries y St. Sigmund, una nueva sorpresa imperial espera, pues uno de los descendientes directos de la familia Habsburgo vive en Kühtai, a unos 30 kilómetros de Innsbruck, en el considerado pueblo más alto de Austria (2.020 m.). El conde Christian zu Stolberg-Stolberg, bisnieto del emperador Francisco José I y de la popular Sissi, regenta en un antiguo pabellón de caza lo que es hoy un restaurante y hotel de cuatro estrellas, rodeado de pistas de esquí. Christian se mueve como pez en el agua en este pabellón, casi sumergido en un mar de nieve, atendiendo personalmente a sus huéspedes durante los siete meses que se alarga la temporada de esquí. El restaurante ha adquirido fama por sus especialidades regionales, como el Kaiser Schmarrn (La tontada del emperador), un postre de frutos del bosque que apasionaba a Francisco José. También deleitan las 37 habitaciones del hotel decoradas en madera que desprenden un aire nostálgico, "muy del estilo de los Paradores españoles", comenta el aristócrata, que combina esta casa con su segunda residencia en Salzburgo. "Mi casa en Kühtai está unida a mi corazón -nos dice Christian- porque representa un espejo de la historia viva de mi familia, los Habsburgo. En todos los rincones se respira un ambiente histórico muy vivo: los cuadros, los objetos, las fotografías, las habitaciones... Mis huéspedes desean que les hable de Francisco José y Elizabeth porque las muertes trágicas es lo que tienen: dejan un punto de mística y misterio en la historia. Y en verano siempre regreso a esta casa porque no hay turistas, estoy solo y puedo tomar tranquilamente el sol en mi terraza escuchando el sonido de los cencerros de las vacas. Entonces me considero el rey del mundo y encuentro la paz que necesito...".