Caballos de nieve en Capadocia, por Luis Pancorbo

En las estepas de la Capadocia piafan los caballos blancos y salvajes, los preferidos por los romanos en el Circo Massimo.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Nieve es lo que tiene en su pelambre un caballo salvaje de la Capadocia. O Katpatuka en el viejo persa, la tierra de los bellos caballos, el ombligo geográfico de la península de Anatolia. Un sitio cuajado de las más extrañas rocas, chimeneas de hadas que parecen sepulcros de derviches. Aunque no falta cierta vida, palomas y útil guano para los huertos, y una estepa por donde corren caballos libres.

Ahora que viene la paradoja solsticial, cuando el Sol se acerca a la Tierra y es invierno, casi nadie va a la Capadocia. Pero es posible un viaje con la imaginación o con el cine. La tierra de los caballos color de nieve luce descarnadamente en Winter Sleep (Sueño de invierno), una gran película de Nuri Bilge Ceylan. Sus personajes se encierran en el forro de su memoria y entre las paredes de Casa Othello, un hotel cavernícola de los que llaman con encanto. Son 196 minutos de nieve sobre el ánimo del espectador, sin necesidad de un subrayado de zambombas o mazapanes. La nieve es la vida que cae y mancha a la gente. ¿No era blanca? En la novela Nieve, de Pamuk, aunque se desarrolla en Kars, en el nordeste de Turquía, los copos de nieve también se posan sobre el pelo de las gentes y ahí se quedan. En la película de Ceylan los personajes no hacen más que discutir. Tienen tiempo de sobra para revisar el resentimiento, el amor que se seca como las uvas pasas de la región, o la sorda lucha entre pobreza y riqueza. Algunas recetas son peregrinas: responder al mal con el bien para que los malos, y las malas, se avergüencen y cambien. He ahí una película navideña, y de todo tiempo, sobre la condición humana, muy en el estilo gélido y preciso de Ingmar Bergman.

Mientras, suena la Sonata para Piano nº 20 en Do mayor de Schubert sobre los campos nevados de la Capadocia, y las conciencias heladas de personas que buscan imponerse unas sobre otras. La guerra es eterna, transversal, hombres y mujeres, amos y siervos, ricos y pobres, belleza y aridez. Las rocas están horadadas y alojan iglesias rupestres de los siglos X al XIV. Al fin se impuso el islamismo y las iglesias y los cenobios se quedaron huecos. Y ciudades subterráneas como Derinkuyu y Kaymali, y cientos de agujeros donde los monjes se metían como si fuesen pichones. Una celda aterradora se alza al este de Uçhisar, una doble chimenea con sus dos cuernos en paralelo. Apenas hay espacio para estirar los brazos. En Göreme las iglesias excavadas son laberínticas, incluso con terrazas al valle, como Emali Kilise, la Iglesia de la Manzana. En uno de sus deteriorados frescos el arcángel Gabriel sostiene algo redondo en la mano.

Pero Ceylan nos enseña que en las estepas de la Capadocia piafan los caballos blancos. Los atrapan al lazo, como en Mongolia, no por las crines al estilo de las rapas das bestas de Pontevedra. Los caballos de Katpatuka se debían tributar al rey persa Darío, y los romanos los preferían en el Circo Massimo. Aydin, el rico y viejo actor, protagonista de la película, siente finalmente la vergüenza existencial y global, y una noche de nevisca libera al caballo blanco. Otra cosa es que él lo logre consigo mismo.

Aydin escribe artículos para la revista local Las voces de la estepa. Ahí critica el desaliño de algunos lugareños, y de sus patios y casas empotradas en la toba. Pero el amor, la ecología, los buenos sentimientos, la hipocresía, el miedo, el perdón, la culpa, la esperanza, todo eso va cayendo como la nieve de la Capadocia. La que resbala sobre el caballo libre.