Dormir (o velar) en un faro: 10 hoteles en los que vivir una experiencia farera

Diez faros de España para ver en primera fila cómo se pone el sol y salen las estrellas, cenar, escuchar música en vivo e irse a la cama. ¿Y por la noche? ¿Dormir y callar o velar como los antiguos fareros?

Dormir (o velar) en un faro: 10 hoteles en los que vivir una experiencia farera.
Dormir (o velar) en un faro: 10 hoteles en los que vivir una experiencia farera. / Hotel O Semáforo de Fisterra.

Los faros no se hicieron para dormir, sino para velar, para no pegar ojo guiando a los barcos. Pero ya no hay fareros. Hay máquinas silenciosas y huéspedes que duermen como lirones… Hasta que el viento comienza a gritar, como un peregrino abriéndose paso entre los pinchudos toxos, y nuestra pareja a roncar como la Vaca de Fisterra, la sirena que bramaba antaño en este cabo para alertar a los navegantes cuando había niebla. Pues habrá que hacer otra cosa: “Despierta, amol: los faros no se hicieron para dormir”.

Piscina infinita del Faro Punta Cumplida, en la isla de La Palma.

Piscina infinita del Faro Punta Cumplida, en la isla de La Palma.

/ Hafencitystudios.com

Además de siete habitaciones para amarse como si fuera el último día —o seis, porque una es individual—, mientras Eolo y Poseidón rugen fuera, O Semáforo de Fisterra tiene un buen restaurante, famoso por sus croquetas de choco y sus volandeiras. Y una terraza, O Refuxio, con las mejores vistas del fin del mundo, donde, con permiso de los dioses susodichos, veremos cómo el sol se apaga en el océano y se encienden el faro y la Vía Láctea, tomando algo en razonable compañía: un palco de lujo en el segundo lugar más visitado de Galicia después de la catedral de Santiago.

Apartamento del Faro Isla Pancha, en Ribadeo.

Apartamento del Faro Isla Pancha, en Ribadeo.

/ ©FaRi Elfarero.

En otra famosa esquina del mapa, o cabo máis setentrional de Galicia e España, a 210 metros sobre el mar, está O Semáforo de Bares, que durante siglo y medio fue un observatorio militar desde el que se vigilaba a los barcos y se les hacían señales con banderas y ahora es un hotel de cinco habitaciones. Solo cinco. Las vistas, en cambio, son infinitas: se ve desde la punta Roncadoira, en la ría de Viveiro, hasta el cabo Ortegal, en la de Ortigueira. O sea, la Galicia de los acantilados más vertiginosos, de las playas más salvajes y de los mejores percebes. En la antigua habitación de las banderas, una suite hexagonal con ventanas abiertas a todos los vientos, el huésped se siente alto y poderoso, como un capitán en la torre de mando. Sin niños a la vista. Es solo para adultos. Y sin perros. Tampoco se admiten mascotas.

Faro de Cudillero, ubicado sobre una roca a 23 metros sobre el nivel del mar.

Faro de Cudillero, ubicado sobre una roca a 23 metros sobre el nivel del mar.

/ D. R.

Los cabos de Fisterra y Estaca de Bares son lugares non plus ultra, tremendos, casi de película de terror. La isla Pancha de Ribadeo, en cambio, es una foto mona de Instagram: está alfombrada de hierba y flores púrpuras de uña de león, abrazada por un mar esmeralda y unida a tierra por un puentecillo que le da un aire como de jardín oriental. Aquí hay dos lindos faros, uno de 1857 y otro de 1983, reconvertidos en sendos apartamentos turísticos, los de Faro Isla Pancha, donde ocho personas, como mucho, se dedican a observar aves —la ría del Eo es LIC, ZEPA y varias siglas más— y a aguardar la bajamar, momento en el que lo dejan todo para ver cómo emerge de las aguas la cercana playa de las Catedrales. Esta sí que es tremenda.

En el extremo contrario de las Rías Altas, en Carnota, se encuentra el Hotel Faro Lariño, cuarto y último de los alojamientos de este tipo que hay en Galicia. Y el más reciente: se inauguró en 2021. Tiene nueve habitaciones tematizadas —siete con vistas al mar—, una taberna de picoteo selecto y un entorno apabullante: la playa más grande de Galicia —la de Carnota—, una de las mejores para surfear —la de Lariño— y una cascada de 40 metros —la de Ézaro— que salta como un clavadista al océano.

Cuando los faros gallegos se encienden, el del cabo de Creus lleva 48 minutos iluminando la costa más brava de la Costa Brava: un paraje lunar sobrecogedor, azotado por el gregal, el mistral y la tramontana. También es el primero de la Península que se apaga: entonces el viento calla y los pocos afortunados que despiertan aquí ven cómo el sol naciente esboza horizontes líquidos, oníricos, como los que pintaba Dalí en el cercano Portlligat. 

Hotel El Far de Llafranc.

Hotel El Far de Llafranc.

/ D. R.

Hace 30 años, el inglés Chris Little se enamoró de este faro, compró la vieja casa de carabineros de al lado y montó un restaurante de aires bohemios, el Cap de Creus, con mucho curri, música en vivo y tres apartamentos encima. No es lugar para gente tradicional. Para esta, es mejor El Far de Llafranc, un hotel de cuatro estrellas pegado al faro de Sant Sebastià (1857), con nueve habitaciones decoradas con motivos marineros, un restaurante donde sirven ricos arroces, pescados y mariscos de la lonja de Palamós y un mirador como hay pocos en la Costa Brava. Además del faro, plantado sobre potentes acantilados a 169 metros sobre el nivel del mar, se ve todo el Empordà y los Pirineos al fondo.

En Canarias, última tierra de España que enciende sus faros, hay dos hoteles con vistas a uno: Mur Faro Jandía, frente al de Morro Jable, en Fuerteventura, y Faro, a Lopesan Collection Hotel, junto al de Maspalomas, en Gran Canaria. 

No con vistas, sino en el propio Faro de Punta Cumplida, en La Palma, hay un hotelito de lujo con tres suites, patio canario y piscina infinita. Lo montaron en 2019 unos alemanes locos por los faros, los mismos que acaban de abrir en el pueblo más guapu de Asturias el hotel Faro de Cudillero. Ambos pertenecen a Rusticae, club de pequeños hoteles con encanto (pero mucho). 

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