A la caza de crepúsculos: los hoteles con los mejores atardeceres de España
Habitaciones y terrazas para contemplar las mejores salidas y puestas de sol. Que el mar esté cerca ayuda mucho. Pero también que haya una buena historia detrás, de Julio Verne o de Colón.

Pongan el despertador a las 7:15, un cuarto de hora antes de que salga el sol en San Sebastián de La Gomera cuando se publique esto: el tiempo justo para saltar de la cama del Parador, vestirse algo más que ligeramente —fuera hace 17 grados—, arrimarse al murete que separa la piscina del acantilado y ver cómo el astro rey, sumergido aún por completo en el negro océano, ilumina ya la cumbre del Teide, en la vecina isla de Tenerife. Momentos después, a la hora prevista, irrumpe en el cielo naranja nuestra gran bola de fuego, como un vídeo a cámara lenta de un hongo atómico. El silencio es absoluto, universal. Hace años había un viejo loro en el jardín, llamado Juan Carlos, que saludaba al sol y a los huéspedes madrugadores en varios idiomas. Casi mejor así.

El Parador de La Gomera es uno de los últimos hoteles de España desde los que se ve amanecer. El primero, o uno de los primeros, es Artiem Carlos, un only adults de Es Castell (Menorca) que permite contemplar desde la cama o desde el jacuzzi infinity cómo el sol naciente —aún soñoliento, como el observador— se mece en la estela de los barcos que entran y salen del puerto de Mahón. Los huéspedes más activos pueden agarrar una bici de alquiler y llegarse a Sant Esteve, la cala más oriental de España, y al poblado talayótico de Trepucó. La formidable taula de 4,20 metros de altura que preside este asentamiento prehistórico, iluminada por el primer sol, tiene algo de inquietante artefacto extraterrestre, como el monolito de 2001: Una odisea del espacio.
También merece la pena madrugar en el hotel Doña Pakyta, en San José (Almería), para acercarse paseando a las playas más deseadas del parque natural del Cabo de Gata-Níjar, las últimas vírgenes del Levante español: la de los Genoveses, la del Barronal, la de Mónsul… La luz naciente es la más apropiada para admirar estas calas y estos acantilados volcánicos del primer día del mundo. Solo falta un anciano de larga barba blanca agitando una varita sobre la duna rampante de Mónsul: ¡Fiat lux! Sin salir del hotel, ni de la habitación, se ven también un amanecer impactante y un bonito pedazo de este Mediterráneo intacto, antiguo, vigilado por la atalaya de Cala Higuera.

En la costa alicantina no hay nada parecido a lo anterior, pero a solo media hora de Benidorm, que es lo que es, subiendo por el valle de Guadalest, se descubre el Vivood Landscape Hotel de Benimantell, que es otra cosa: villas y suites panorámicas con piscina privada donde tres son multitud y dos el número perfecto para ver cómo el sol naciente pinta de naranja las cumbres calcáreas de las sierras de la Serrella y de Aitana.

La verdad es que los amaneceres cosechan pocos likes. El común de los mortales odia madrugar. Incluso los que leyeron El club de las 5 de la mañana y se hicieron de esa secta motivacional no se levantan corriendo para publicar fotos de la salida del sol en Instagram o para recibirlo con mallas de yoga en un vídeo de TikTok. Las puestas de sol, en cambio, arrasan. El islote de Es Vedrà, en el extremo occidental de Ibiza, dicen que es uno de los lugares más magnéticos del planeta y, desde luego, no atraería a más teléfonos móviles aunque fuera de piedra imán. Una multitud va a verlo todas las tardes —polvo, sudor y lío— desde la Torre des Savinar. El que sabe y puede pagarlo lo mira tumbado en el resort 7Pines, un pueblo ibicenco de mentirijillas que hay sobre un acantilado de la costa oeste, entre Cala Conta y Cala Codolar, con 185 suites y villas ajardinadas, mucha piscina infinita y una vista que no cansa del islote de marras.

Mallorca también es un magnífico coto para cazar crepúsculos. El mismo rayo verde que Julio Verne imaginó en Sa Foradada y la misma sierra de Tramuntana que se dibuja cada tarde como un dragón sobre un mar de fuego, para deleite y algarabía del turista masivo, pueden observarse tan ricamente —¡y tanto!— en Jumeirah Mallorca, el resort de superlujo plantado por los jeques de Dubái en lo más alto de un acantilado sobre la bahía de Sóller. Para exprimir el sol hasta la última gota, como si fuera un limón, hay que tomarse un cóctel en el Sunset Lounge —ojo, que hay botellas de 9.000 euros— y cenar en Es Fanals. Otras puestas de sol memorables son las de la bahía de Palma y otro observatorio de lujo, el hotel Cap Rocat, una antigua fortaleza defensiva con suites excavadas en la roca caliza, donde ayer asomaban cañones y hoy tumbonas.
Tanto refinamiento y tanto despilfarro son un disparate, sí. Para ser feliz y para que el planeta dure muchos más atardeceres no se necesitan lujos de Las mil y una noches. Se necesita Fuerteventura, una isla austera, y se necesita Alma Calma, un hotelito rural con solo cuatro habitaciones, Laura, Massimiliano, el perro Tiki, el gato Chico, mucho optimismo, mucho cuidado —pertenece al club de calidad Rusticae— y conciencia para parar el tren suicida del cambio climático. A un lado, Tindaya, la montaña sagrada de los aborígenes mahos y, al otro, sobre el Atlántico, el sol clavado al atardecer como una tranquilizadora carita sonriente: calma, almas, aún hay esperanza.

Última parada, en el castillo de Monterreal, la fortaleza del siglo XII que alberga el Parador de Baiona (Pontevedra), para decir adiós al día y a este viaje desde sus murallas doradas por un sol en retirada. A lo lejos, las islas Cíes ya casi ni se ven. Pero abajo, en el puerto, se reconoce hasta el último momento la réplica de La Pinta, la carabela que llegó aquí con la buena nueva del descubrimiento de América, antes de que se supiera en ningún otro lugar. A la ida, recaló con las otras naos colombinas en La Gomera. Ahí empezó la aventura, siguiendo al sol. Y ahí hemos empezado nosotros.
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