México, mundo maya

México tiene cinco Estados en los que vivió y murió una civilización imposible de descifrar. En Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Chiapas y Tabasco, los mayas, sin utilizar la rueda, erigieron ciudades alineadas con precisión con los astros. Las mismas que fueron abandonadas súbita e inexplicablemente y que ahora, sumergidas en la selva, son el principal atractivo de un área llena de encantos. Ciudades coloniales, monasterios, inabarcables reservas naturales y aguas fluviales, marítimas y subterráneas conviven con tradiciones vivas, pirámides, palacios y caminos de piedra que hace siglos que no se recorren.

La huella de los dioses

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Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas. No resulta difícil imaginar por qué los mayas eligieron estos cinco Estados mexicanos para fundar sus majestuosas ciudades. Son las regiones más verdes y fértiles del país, costeras todas ellas, generosas en fauna y especies vegetales y surcadas de agua -subterránea en Yucatán y omnipresente en Chiapas o Tabasco-. El llamado Mundo Maya, de 350.000 kilómetros cuadrados de extensión, incluye zonas de Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, y es similar en tamaño y forma a Alemania. Al contrario que ella, es puro trópico templado. Desde sus playas, asomadas a dos mares, resulta difícil rebatir a quienes defienden que sea el paraíso terrenal con que los dioses quisieron mimar al Mayab, su pueblo elegido.

Agradecidos y devotos, los mayas de México erigieron en su honor ciudades altivas como Chichén Itzá o fundidas con un entorno de enigmática selva, como Palenque o la remota Yaxchilán, la extensión pétrea del caudaloso Usumacinta. Para el turista actual, la contribución maya llena de misterio y grandeza una tierra repleta de motivos para ser visitada. Motivos como las ciudades coloniales -con Campeche, Mérida y San Cristóbal de las Casas declaradas Patrimonio de la Humanidad- o las inmensas reservas naturales, fundamentales en cinco Estados cuya superficie selvática conforma la mitad de su mapa.

La mayor parte de los turistas llegan a la tierra de los mayas buscando las playas en las que una arena luminosa deja paso a un mar donde se alcanzan todos los matices del azul. Es el Caribe de Quintana Roo, la Riviera Maya, que inicia su mejor momento tras la temporada de huracanes, particularmente feroz este año. Pero aún en este litoral puramente hedonista, la historia de un pueblo de guerreros, astrónomos, matemáticos, médicos y comerciantes sale al paso desde la portuaria Tulum. Asomada al mar tras un acantilado, surge desde la cala más mágica del Mundo Maya, que es mucho decir. Los cinco Estados están bañados por mares en los que olvidarse de la saturación de otros destinos. Los 386 kilómetros de playas semicaribeñas y atlánticas de Yucatán o los 300 del Pacífico chiapaneco aparecen en pocos folletos turísticos, pero figuran en el cuaderno de ruta de los flamencos rosados que reposan en Celestún o en el de las tortugas que desovan junto a los manglares de Barra Zacapulco. Y aun teniendo esto al alcance, lo que no olvida el visitante es a los mayas. Los herederos de la civilización perdida comparten su gastronomía, su arte y su insólita cosmogonia. Lo memorable aquí son las tradiciones mayas mezcladas alquímicamente con las heredadas de los españoles.

Quintana Roo, entre los mayas y la ribera

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Cuando un promotor turístico fantasea con la atracción ideal para su territorio, probablemente sueña con Tulum. En su perímetro amurallado, situado en el centro del Estado de Quintana Roo, se concentran edificios con todo el sabor y la majestuosidad del misterio maya, bajo un sol perenne y a pocos metros del mar. Pero no un mar cualquiera: el soñado y fotogénico Caribe, en el que los visitantes se dan casi siempre un baño con el Castillo, el punto más alto del yacimiento, asomado a su espalda.

Este paisaje asombroso fue el que reseñó Juan de Grijalva cuando pasó -sin pararse- frente a la Riviera Maya, entonces quizá tan poblada como ahora (el explorador segoviano dijo de ella que era "tan grande como Sevilla y con una torre muy alta"). Era 1518 y los sorprendidos mayas que vieron pasar los cuatro navíos con bandera de Castilla vivían en una ciudad marcada arquitectónicamente por la astronomía y la astrología. Por donde ahora pasean las iguanas y los guías locales cargados de unas teorías asombrosas, nobles y religiosos tenían centros ceremoniales, observatorios y residencias con camas de piedra. Los alrededores de la ciudad, un destacado cruce de caminos terrestres y marítimos desde el año 564, han atraído durante décadas al turismo más hippy de México, que duerme en hamacas o cabañas (algunas de lujo) a lo largo de una larga y pulquérrima franja costera.

Todo el mundo maya de Quintana Roo se encuentra totalmente marcado por la vecindad del Caribe. Como los escasos restos de la isla de Cozumel, dedicados a la diosa de la fertilidad, Ixchel. Mucho antes de que Cancún se erigiera, llenando de humanidad turística cada recoveco de una franja de arena paradisíaca, los buceadores peregrinaban a la isla en busca de emociones subacuáticas. A la sombra de su fama también se desarrolló la población en la que los submarinistas tomaban el ferry, Playa del Carmen. Lo que fuera un mínimo pueblecito de pescadores hace tan sólo tres décadas y un pequeño enclave turístico posteriormente, es ahora uno de los centros más activos de la Riviera Maya. Decenas de restaurantes, tiendas, hoteles y chiringuitos playeros han brotado en escaso tiempo en paralelo al Caribe y la han convertido en una ciudad divertida, alegre y repleta de servicios turísticos, rápidamente recuperados tras el periplo destructor del huracán Wilma.

A 40 kilómetros de Tulum, Cobá fue la ciudad maya más importante del Estado. Por su parte, Xcaret y XelHá son dos parques ecoturísticos en cuyo perímetro se localizan restos de lo que fueran importantes puertos mayas. Un mariposario, una isla para jaguares y otra para flamencos son algunas de las sorpresas de Xcaret, donde fauna y plantas autóctonas se conservan con mimo. Sus senderos, pensados para difundir el respeto y el conocimiento de la naturaleza, llevan a edificios palaciegos y ceremoniales que delatan su importancia comercial. XelHá, por su parte, es sobre todo un gigantesco acuario natural formado por numerosas lagunas comunicadas entre sí por un entramado de ríos subterráneos.

En Quintana Rooexisten, como en toda la península de Yucatán, decenas de restos arqueológicos registrados, pero sin habilitar para el turismo. De hecho, podría llevar siglos recomponerlos todos. Sólo en la reserva de la biosfera Sian Ka''an, al sur del Estado, existen más de una veintena de ellos. En esa zona, Muyil es el de mayor importancia por la cantidad y complejidad de sus restos arquitectónicos. Su interior ofrece 20 sitios catalogados y su Castillo es una de las estructuras más altas de la costa, con 17 metros. Muyil está situada en los límites de la reserva, por lo que constituye el punto de acceso a medio millón de hectáreas cuajadas de manglares y aves poco comunes. Punta Allen, a pocos kilómetros, es un pueblo de pescadores lleno de encanto.

El norte del Estado se conoce sobre todo por Cancún, donde no encontraremos restos mayas, pero sí una infraestructura hotelera muy de agradecer para los agotados excursionistas. Es también una ciudad abierta durante las 24 horas, con una perenne juerga nocturna. En sus 17 kilómetros de longitud en forma de siete -con anchuras de tan sólo 50 metros en algunos puntos- coexisten hoteles de lujo con playa privada y zonas de compras como la avenida Tulum. Cancún es la isla insólita de los restaurantes tematizados, de las plazas de toros y de las tiendas de artesanía, cigarros o plata mexicana.

La influencia maya en Quintana Roo no termina en sus restos arqueológicos. Si los parques de XelHá y Xcaret difunden la que fuera cultura dominante en la zona, también es posible visitar las actuales comunidades indígenas. Algunas de ellas, procedentes de otros puntos del país, se han establecido en la selva y guían a los excursionistas por los alrededores de sus poblados. Los entornos vírgenes que conocen a la perfección se usan como escenario de paseos en barca o saltos en tirolina. También se puede optar por visitar alguno de los 4.000 cenotes del Estado. Se trata de ríos y lagunas subterráneas cuyo techo se ha colapsado. Algunos son frecuentados por submarinistas expertos, como el de Dos Ojos, la cadena de cuevas inundadas más extensa del mundo, con 64 kilómetros de ríos subterráneos. En la calurosísima selva su agua mantiene una fresca temperatura y su imponente silencio nos traslada a las ceremonias religiosas que practicaban en ellos los mayas. Según sus creencias, cada cenote era un acceso al inframundo, donde vivían los dioses y desde donde regresan cada pocos siglos a sus verdes territorios yucatecas.

Más de 120 kilómetros de arena blanca en la Riviera Maya
La Riviera Maya, en Quintana Roo, es casi una única playa de 120 kilómetros entre Cancún y Tulum. El Caribe muestra allí su personalidad de mar cálido y de colores intensamente azul verdosos. En el recorrido hay multitud de ricones tranquilos donde dejar pasar las horas sobre la arena blanca y fina. Por citar algunos, Xcacel es la playa elegida por las tortugas para desovar, mientras que Kantenah presenta una imagen de postal entre palmeras. Por su parte, Punta Bete, repleta de peces tropicales, es ideal para el esnórquel.

Toda la zona costera al sur de Tulum cuenta con un ambiente joven y alternativo. En algunas de sus playas se puede practicar el nudismo y su yacimiento arqueológico permite la inolvidable experiencia de bañarse a los pies del Castillo. Los buceadores alcanzan muchos de sus sueños en esta costa. No en vano Jacques Cousteau seleccionó a la vecina isla de Cozumel como uno de los diez mejores lugares para sumergirse. La segunda barrera de coral más larga del mundo, que recorre toda la costa, se extiende por la cara oeste de la isla, que cuenta con 25 arrecifes a un paso. También desde Playa del Carmen, Puerto Morelos e Isla Mujeres se organizan expediciones subacuáticas nocturnas. Los que las han probado cuentan que la fauna subacuática cambia a la caída del sol.

Chiapas, la selva guardiana

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Para los admiradores del mundo maya, Chiapas tiene el encanto especial de lo misterioso y virgen. La más célebre de sus antiguas ciudades, Palenque, esconde sus edificios en una densa selva llena de vida.

Paseando por sus senderos surgen animales salvajes y riachuelos, observatorios y palacios que recuperan para el visitante las sensaciones de los primeros exploradores. La ciudad, situada al norte del Estado y cercana a Tabasco, es probablemente la más legendaria de todas las del México maya. Su edificio principal es la única tumba pirámide que se conoce en el mundo maya. Allí reposan los restos del rey Pakal en un sarcófago de piedra labrada de 13 toneladas. A su alrededor, las ligerísimas arquitecturas de piedra y estuco se llenan de significados religiosos o políticos que aún no han sido descifrados del todo.

El Estado es uno de los más generosamente fluviales y verdes de México. Está surcado de lagos -como los de Montebello, 60 lagunas comunicadas-, cascadas -las de Agua Azul cuentan con más de siete kilómetros de precipitaciones entrelazadas- o ríos -como el que atraviesa la Barranca del Cobre, entre paredes de un kilómetro de altura-. Uno de los cauces más representativos de Chiapas es el del Usumacinta, que separa al país de la vecina Guatemala. En una de sus curvas se oculta Yaxchilán, una extensa y poderosa ciudad maya entre los años 350 y 810 de nuestra era. Como en Palenque, la selva forma parte de la fisonomía de una ciudad junto a la que viven jaguares, ocelotes, cocodrilos y escandalosos monos aulladores, que acompañan a las visitas en todo momento con sus terroríficos gritos. Junto a ellos han resistido al paso del tiempo una buena cantidad de edificios delicadamente ornamentados y llenos de cámaras subterráneas de uso desconocido.

Mientras que las más usuales entradas a Yaxchilán se hacen después de un panorámico viaje en avioneta o navegando por el río Usumacinta, Bonampak cuenta con una larga carretera de entrada que se puede recorrer a caballo. Los lacandones, uno de los grupos que conforman el millón largo de indígenas que viven en el Estado de Chiapas, son los encargados de guardar el yacimiento y guiar a todos los visitantes. Con sus pintorescas túnicas blancas y su pelo largo, cuidan con una absoluta veneración los 112 metros de murales del Edificio de las Pinturas. En ellos se relata la vida cotidiana, la política y la religión de la ciudad como en ningún libro de investigación.

Otras grandes zonasarqueológicas de Chiapas son las de Toniná, una ciudad de grandes superficies en la que es posible encontrar ganado pastando entre las ruinas, o Tenam Puente, que posee unas asombrosas estructuras realizadas con piedras pulidas y perfectamente ensambladas. Izapa, Chinkultic o Chiapa de Corzo cuentan también con edificios visitables. Pero la que promete ser una revolución para el turismo es una nueva ciudad cercana a la población de Ayutla. Registrada por primera vez en 1976, el monumental yacimiento tiene 25 hectáreas de perímetro y 74 edificios en pie. Los arqueólogos están descubriendo una metrópolis distribuida en tríadas (tres acrópolis con complejos triádicos, tres plazas principales, una de ellas dividida en otras tres...) que podría inyectar quien sabe si aún más misterio o más luz a la comprensión de las ciudades mayas.

El Estado mexicano de Chiapas es conocido también por sus ciudades coloniales, con la hospitalaria San Cristóbal de las Casas como principal emblema. La colorida urbe, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, cuenta con una plaza central en la que se ubica su famosa catedral. A su alrededor fueron surgiendo las casas coloniales, los templos y algunos edificios de estilo mudéjar. Por sus animadas calles pasea una difícil mezcla de hippies contemporáneos atraídos por su vida provinciana pero cosmopolita, y de indígenas venidos de todo el Estado para vender su artesanía y sus productos agrícolas.

Chiapa de Corzo es la segunda ciudad colonial, de trazado renacentista y edificios históricos como la fuente mudéjar o el convento de Santo Domingo, que constituyó el germen de la ciudad actual. La histórica y poco conocida Comitán y las indígenas y muy religiosas Ocosingo y Zinacantán son algunas de las muchas localidades en las que es posible convivir con los mayas actuales. A veces desconfiados y a menudo acogedores, ellos son los depositarios de las tradiciones y los secretos de una civilización legendaria.

Los herederos de la civilización del Mayab en Chiapas
Cómo pudo apagarse de golpe una civilización de siglos? ¿Por qué se abandonaron las ciudades? ¿Dónde fueron a parar aquellos mayas? Chiapas tiene la respuesta.Al menos para esta última pregunta. En este Estado residen más de un millón de indígenas que conservan nueve lenguas procedentes del tronco común maya. Marginados durante siglos, han optado por diferentes vías de supervivencia, principalmente la asimilación en las ciudades a lo que suelen llamar "globalización". Muchos han conservado tradiciones y ritos hasta la actualidad. La abrupta orografía chiapaneca ha permitido a algunos grupos vivir en pueblos aislados gracias a un entorno fértil y productivo. El caso más extremo es el de los lacandones, una etnia nómada especialmente perseguida desde la llegada de los españoles. Se decía que eran feroces y secuestraban niños. Ahora se han agrupado en cuatro poblaciones y mantienen muchas de sus señas de identidad, como las túnicas, el pelo largo y sus ceremonias religiosas, con una nómina de dioses casi humanos con los que beben cerveza casera. Hay grupos tzeltales, como los chamulas de San Juan Chamula, que diseñan su vida alrededor de una religión sincrética, bajo la fachada de un catolicismo radical e ingenuo. Los tzeltales son uno de los grupos indígenas mayoritarios, con medio millón de individuos que viven entre San Cristóbal y la Selva Lacandona. La otra gran familia, la de los tzotziles, son también más de medio millón y viven en las tierras altas, al norte de San Cristóbal. Muchos indígenas, tras décadas de silencio -un comportamiento típico de los mayas-, optaron por organizarse políticamente, dando lugar al Movimiento Zapatista. Sus protestas podrían considerarse la más reciente manifestación de aquella civilización perdida, que se ha conservado sobre todo en Chiapas, un Estado donde los secretos y la tradición oral constituyen una forma de supervivencia.

Yucatán, de la majestuosidad de Chichén Itzá a las delicadas ciudades de estilo Puuc

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Yucatán cuenta con más de dos mil sitios arqueológicos catalogados. Fue, sin duda, el Estado mexicano preferido por los mayas, que fundaron en sus límites cientos de ciudades. De ellas, 22 han sido restauradas parcialmente, y en eso también se bate un récord nacional. La prodigalidad de la arquitectura maya se puede constatar tan sólo recorriendo las carreteras de su interior. Inesperadamente, surgen edificios enterrados por la selva, montículos de tierra y árboles fuera de lugar en un territorio aplanado que surgió del mar cuando un meteorito impactó sobre sus costas hace 65 millones de años. Dicen que la colisión extinguió a los dinosaurios, pero lo que sin duda hizo fue decidir las peculiares características de una tierra de piedra caliza surcada de aguas subterráneas que alimentan sus 45.000 kilómetros cuadrados de selva baja. De cuando en cuando, el terreno se colapsa y a los ríos y lagunas les da la luz. Estos cenotes, fuente de vida y línea directa con los dioses, fueron una de las razones del desarrollo maya en la zona.

Alrededor de los cenotes surgieron ciudades como la celebérrima Chichén Itzá, visita obligada en todos los paquetes turísticos. Presidiendo un yacimiento arqueológico con 31 edificios restaurados (el 20 por ciento del total), se alza el templo de Kukulcán, una pirámide de cuatro lados con 30 metros de altura. Su disposición se calculó con una precisión absoluta para que una serpiente de luz recorriera sus escalones en los equinoccios. Una prueba de lo avanzado de la sociedad maya de Chichén, como lo son también el Observatorio Astronómico o el Mercado, que prueba la importancia del comercio en la ciudad.

El norte alberga otra ciudad, Dzibilchaltún, una encrucijada comercial y política de la que partían doce sacbeob, las pétreas carreteras mayas que surcan el Estado y que alcanzan los diez metros de anchura. Los visitantes se hallan con una ciudad de 19 kilómetros cuadrados de perímetro, que contiene particularidades como el Templo de las Siete Muñecas. Anualmente congrega a miles de turistas y estudiosos para observar el efecto solar único que, durante los equinoccios y los solsticios, dibuja en su ventana norte la forma lumínica de Chaac, el dios de la lluvia.

Los aficionados a la arquitectura mayase encontrarán con muchas sorpresas estéticas en Yucatán. Las ciudades de estilo Puuc -una arquitectura que se caracteriza por unos muros lisos muy ornamentados- congregan al sur del Estado la mayor gracilidad y belleza de las edificaciones mayas. El mejor ejemplo lo ofrece Uxmal, con su elíptico Templo del Adivino y su sobrio Cuadrángulo de las Monjas -iluminado en un espectáculo nocturno-.

La amurallada Ek''Balam también cuenta en su acrópolis con unas impresionantes fachadas con figuras modeladas en estuco. Divinidades, animales y símbolos han convivido desde hace milenio y medio con las desproporcionadas fauces abiertas de un dios feroz, el pórtico de uno de los templos. En Kabah se pueden visitar también las jambas labradas con escenas de batalla, mientras que en Sayil y Xlapak los palacios principales dan una idea de la grandeza de las dinastías mayas durante el periodo clásico, el de mayor desarrollo de su civilización.

Además de las 22 ciudades desenterradas, en Yucatán se puede hablar de otras asimiladas. Son aquellas que encontraron habitadas los colonizadores españoles y en las que apenas dejaron unos pocos restos o reutilizaron sus piedras para las nuevas construcciones. En el caso de Izamal, un pintoresco pueblo colonial de casas amarillas y grandes rejas y portalones, las pirámides aún conviven con templos y casonas en el centro urbano. Del mismo modo, un buen puñado de piedras labradas se conservan en la fachada de la antigua iglesia, ahora convento de Nuestra Señora de Izamal. Mérida, la capital yucateca, fue erigida sobre la relevante población de T-há.

Apenas se han conservado edificios, a pesar de que su nombre le fuera otorgado por estar formada por "edificios de cal y canto, bien labrados y con muchas molduras, como las que los romanos hicieron en Mérida, la de España", según los conquistadores. A cambio, nos encontramos con una ciudad colonial rebosante de palacios, soportales, jardines y paseos. Alberga, además, la catedral más antigua en tierra firme del continente americano, declarada Patrimonio de la Humanidad. A ello también han contribuido los heterogéneos palacios del siglo XIX, construidos al gusto afrancesado de los terratenientes locales que se enriquecieron comerciando con la fibra del henequén. Yucatán completa su nómina de urbes coloniales con la tranquila Valladolid y remata la agenda del viajero con sus 386 kilómetros de litoral atlántico y sus ilimitadas posibilidades de actividades en la naturaleza.

Tabasco, aquí empezó todo

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En Tabasco, al sureste de México, empezó todo. La llamada "cultura madre" de Mesoamérica, la civilización olmeca, se desarrolló al oeste del Estado entre los años 900 y 500 antes de Cristo.Sólo eso lo ha dotado de una herencia histórica inigualable. Los restos de las posteriores ciudades mayas confirman el misterio arqueológico de un territorio verde, llano y perennemente húmedo. El visitante que busque arqueología maya se encontrará con pocas pero interesantes urbes mayas desbrozadas, aunque en el Estado permanecen ocultos más de 800 sitios arqueológicos.

En Comalcalco, única en su género, los edificios sustituyen la piedra habitual por ladrillo horneado, lo que le otorga una apariencia inusual de villa mexicana o de decorado cinematográfico. La primera ciudad del país que usó este material tiene además grabados en la mayoría de los ladrillos, con animales fantásticos o glifos cincelados pacientemente. El momento álgido de la visita lo depara la ascensión a la cima de la Gran Acrópolis, desde donde se contempla una completa panorámica de la que fuera una de las primeras metrópolis. Su distribución es la típica del periodo clásico (la ciudad se desarrolló entre los siglos I antes de Cristo y IX de nuestra era), en el que un gran centro ceremonial se convertía en el corazón de la ciudad, rodeado de conjuntos religiosos y residenciales bien definidos.

El segundo yacimiento arqueológico de Tabasco es Malpasito, con 60 delicados petroglifos con grabados de aves, monos, hombres y figuras geométricas. Algunos de sus edificios fueron construidos sobre terrazas artificiales. El visitante puede, además, llenar sus ojos de un horizonte interminable y después ascender al vecino cerro de la Pava. O bañarse en una cascada próxima de la que sin duda disfrutaban los antiguos moradores. En el pueblo homónimo cercano se puede convivir con los zoques, que mantienen muchas de sus costumbres ancestrales.

Por su parte, Pomoná, entre las sierras del centro de Tabasco y la planicie del sur, cuenta entre sus atractivos con un entorno dulcificado por el arroyo Pomoná. Además de un recorrido por sus seis conjuntos de edificios de piedra caliza, a los visitantes se les ofrece la posibilidad de navegar por el cercano río Usumacinta, junto con otras actividades de aventura fluvial. También el sitio de Moral-Reforma (con varios conjuntos monumentales rescatados parcialmente) une a los atractivos arqueológicos las posibilidades que brindan las cascadas de Reforma. Se trata de cuatro caídas nacidas de un afluente del Usumacinta, el río San Pedro. Su entorno se cuenta entre los más bellos de este Estado mexicano. La ruta arqueológica hay que completarla con la visita a La Venta, una ciudad olmeca en cuyas plataformas, patios y plazas ya están presentes los principios urbanísticos que utilizarían los mayas durante siglos.

Tabasco es uno de los Estados más prósperos de todo el país gracias al auge petrolero, ganadero y agrícola. Eso se nota en sus principales ciudades, como Villahermosa, con un área financiera tan moderna como la de México D.F., pero con un aliento de calma provinciana aún flotando en sus calles más céntricas. Tabasco es también una de las regiones más húmedas de la República, llena de áreas protegidas alrededor de sus ríos, pantanos y lagunas. Además, cuenta con salida al mar, como todos los Estados mayas de México. Toda esta riqueza líquida se traduce en una vegetación exuberante en la que se alternan selvas, sabanas, dunas costeras y manglares. Un buen ecosistema para la supervivencia de grandes felinos, como el jaguar o el ocelote, y otros mamíferos como los monos aulladores, el oso hormiguero o el jabalí. El turismo activo, las excursiones a entornos naturales y la navegación fluvial son algunas de las posibilidades que ofrece Tabasco a los turistas más aventureros.

El taller tabasqueño de las misteriosas cabezas olmecas
Fueron las estratégicas ubicaciones de Tabasco y Veracruz las que propiciaron que se establecieran grupos humanos en la zona hace 12.00 años. De ahí a la creaciñon de las primeras grandes metrópolis olmecas hay un complejo paso de 9.000 años. Cuando fundaron sus ciudades, los olmecas llevaban miles de años habitando una tierra generosa de pesca, caza y captura de marisco. Tras esos milenios avanzando entamente, comenzaron a labrar la tierra en el único punto en el que la tierra se dejaba arañar, al sur de Veracruz, entre el río Grijalva yel Papaloapan. A partir de entonces conseguiríran un preciado bien: el tiempo libre. Con él, entre los años 1500 y 600 antes de Cristo, lo inventaron todo partiendo de cero. Con una religión, un arte y unos conocimientos astronómicos ya definidos, los olmecas llegaron al asentamiento de La Venta, al oeste de Tabasco, donde crearon la más elevada expresión de su estilo arquitectónico y escultórico. Aquí nacieron algunas de sus colosasles cabezas de basalto, que midesn de 1,5 a 3 metros de alto. Si espíritu emprendedor sembró en La Venta uno de los mejores exponentes del urbanismo temprano, con plataformas, plazas, patios y residencias que son la base de la arquitectura maya. Se seña de identidad más llamatica, las monumentales y misteriosas cabezas, se diseñaron para adornar y proteger sus edificios. Las cuatro que se encontraron en el yacimiento constituyen las piezas más valiosas del Museo La Venta.

Campeche, el tesoro intacto

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Durante casi tres siglos los piratas asolaron las costas de Campeche. Pata de Palo, John Hawkins, Lorenzillo o Diego El Mulato se llevaron buena parte de lo que podían transportar, pero contribuyeron a forjar la capital fortificada que en el año 1999 sería declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.Las murallas de Campeche, de dos kilómetros y medio, le proporcionan una de las arquitecturas coloniales más sorprendentes desde 1686, cuando se empezó a erigir la fortaleza, hasta 1792, año en que se fijaron las últimas baterías. Todo el centro de la ciudad constituye una maravilla anacrónica de coloridas casas enrejadas. Un paseo por dos de sus calles más añejas, la 59 y la 60, proporciona un viaje en el tiempo a través de las calzadas empedradas y junto a las originales farolas retorcidas o los grandes portalones.

En el Baluarte de la Soledad -uno de los cuatro de Campeche- lleva cuatro décadas abierto el Museo de Estelas Mayas, formado con grabados recogidos en zonas arqueológicas como la de Edzná, a 65 kilómetros de la capital. En este centro de influencia del periodo clásico los grabados eran comunes en las piedras de los edificios o los techos de las estancias. El recorrido por el sitio significa internarse en una exuberante selva que constituye el corazón del valle homónimo. En su centro se yergue el Edificio de los Cinco Pisos, una de las más estilizadas construcciones que se pueden visitar en el mundo maya. Cuenta con una estructura escalonada, con habitáculos en cada una de sus fases y está rematada por un bello trabajo de crestería. Pero lo mejor de Edzná es lo avanzado de su ingeniería hidráulica, que llenó la ciudad de canales de drenaje, alcantarillado y regadío.

Por su parte, Calakmul, además de ser una de las más grandes reservas de la biosfera del país, es el nombre de una ciudad maya imbricada en la selva y que ocupa 70 kilómetros cuadrados. Cuenta con más de un centenar de estelas grabadas, la mayoría con figuras de gobernantes vestidos con trajes pintorescamente lujosos. Chicaná es, como Calakmul, de estilo Río Bec -con detalles característicos como dinteles de madera o cresterías y fachadas en mosaico de piedra y estuco-, pero cuenta con pequeñas dimensiones. Se trata de un breve conjunto en el que destacan edificios muy bien conservados, como la Estructura II, con una fachada casi intacta. Su impactante puerta de entrada representa las fauces abiertas de una serpiente cuyos colmillos salen del dintel.

La monumental ciudad de Becán, en el mismo estilo que las anteriores, destaca por su foso defensivo de cinco metros de profundidad y 1.890 de diámetro. Por su parte, la ciudad de Xpujil constituye una pequeña zona arqueológica con un edificio de 18 metros de altura coronado con dos empinadas torres. Además, el Estado cuenta con un enclave natural muy atractivo, conocido como Isla de Jaina, donde proliferó una alfarería maya sumamente realista. Situada en el municipio de Hecelchakán, está separada del continente por un estrecho canal de 60 metros. Parte de su territorio fue construido artificialmente por los mayas, que acarrearon hasta allí rellenos de tierra caliza en el año 350. Los edificios están en proceso de restauración, pero el entorno, de hermosos atardeceres, merece una visita.

Toda la costa de Campeche, en el Golfo de México, cuenta con ocasos inolvidables, además de innumerables calas, bahías y playas solitarias y apacibles. Los deportes acuáticos y la pesca deportiva transportan al aficionado a un paraíso imperturbado. Además, su superficie plana presenta la particularidad de poseer abundantes ríos, lagos y marismas y da vida a una selva que ocupa el 60 por ciento de este Estado mexicano. Los petenes (islotes de selva que se desarrollan alrededor de un manantial o cenote) completan la geografía de un Estado en el que nunca se pierde el contacto con la naturaleza.

Mundo Maya

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México tiene cinco Estados en los que vivió y murió una civilización imposible de descifrar. En Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Chiapas y Tabasco, los mayas, sin utilizar la rueda, erigieron ciudades alineadas con precisión con los astros. Las mismas que fueron abandonadas súbita e inexplicablemente y que ahora, sumergidas en la selva, son el principal atractivo de un área llena de encantos. Ciudades coloniales, monasterios, inabarcables reservas naturales y aguas fluviales, marítimas y subterráneas conviven con tradiciones vivas, pirámides, palacios y caminos de piedra que hace siglos que no se recorren.

Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas. No resulta difícil imaginar por qué los mayas eligieron estos cinco Estados mexicanos para fundar sus majestuosas ciudades. Son las regiones más verdes y fértiles del país, costeras todas ellas, generosas en fauna y especies vegetales y surcadas de agua -subterránea en Yucatán y omnipresente en Chiapas o Tabasco-. El llamado Mundo Maya, de 350.000 kilómetros cuadrados de extensión, incluye zonas de Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, y es similar en tamaño y forma a Alemania. Al contrario que ella, es puro trópico templado. Desde sus playas, asomadas a dos mares, resulta difícil rebatir a quienes defienden que sea el paraíso terrenal con que los dioses quisieron mimar al Mayab, su pueblo elegido.

Agradecidos y devotos, los mayas de México erigieron en su honor ciudades altivas como Chichén Itzá o fundidas con un entorno de enigmática selva, como Palenque o la remota Yaxchilán, la extensión pétrea del caudaloso Usumacinta. Para el turista actual, la contribución maya llena de misterio y grandeza una tierra repleta de motivos para ser visitada. Motivos como las ciudades coloniales -con Campeche, Mérida y San Cristóbal de las Casas declaradas Patrimonio de la Humanidad- o las inmensas reservas naturales, fundamentales en cinco Estados cuya superficie selvática conforma la mitad de su mapa.

La mayor parte de los turistas llegan a la tierra de los mayas buscando las playas en las que una arena luminosa deja paso a un mar donde se alcanzan todos los matices del azul. Es el Caribe de Quintana Roo, la Riviera Maya, que inicia su mejor momento tras la temporada de huracanes, particularmente feroz este año. Pero aún en este litoral puramente hedonista, la historia de un pueblo de guerreros, astrónomos, matemáticos, médicos y comerciantes sale al paso desde la portuaria Tulum. Asomada al mar tras un acantilado, surge desde la cala más mágica del Mundo Maya, que es mucho decir. Los cinco Estados están bañados por mares en los que olvidarse de la saturación de otros destinos. Los 386 kilómetros de playas semicaribeñas y atlánticas de Yucatán o los 300 del Pacífico chiapaneco aparecen en pocos folletos turísticos, pero figuran en el cuaderno de ruta de los flamencos rosados que reposan en Celestún o en el de las tortugas que desovan junto a los manglares de Barra Zacapulco. Y aun teniendo esto al alcance, lo que no olvida el visitante es a los mayas. Los herederos de la civilización perdida comparten su gastronomía, su arte y su insólita cosmogonia. Lo memorable aquí son las tradiciones mayas mezcladas alquímicamente con las heredadas de los españoles.