La ruta de Rueda: los vinos también son para el verano

Este camino, que cruza el corazón de Castilla, es imprescindible para entender, experimentar y disfrutar del entorno vivo del vino blanco que ha conquistado el paladar de los mejores sumilleres. 

Estela Pérez
 | 
Foto: FabioBalbi / ISTOCK

A lo largo de la orilla izquierda del río Duero, el clima continental y los suelos cascajosos han sido el caldo de cultivo idóneo para las cepas de la uva blanca española por excelencia. Cogiendo retazos de Valladolid, Ávila y Segovia, un total 25 bodegas distribuidas en 13 localidades se complementan para dar forma a la ruta del vino Denominación de Origen Rueda

La verdejo es la estrella indiscutible de esta denominación, constituida en 1980 y la primera en ser reconocida como tal en la provincia de Castilla y León. Esta variedad aromática, frutal y ligera ha caído en manos de bodegueros que han sabido tratarla con el respeto que merece. El resultado final habla por sí solo al primer contacto con el paladar: vinos blancos que aúnan fruta fresca con un ensamblaje sutil pero bien calculado en madera. Vinos elaborados con verdejo y que, cada vez más, incluyen a la sauvignon blanc, viura y palomino fino, que resultan irresistibles, sobre todo, para no perder ni un ápice del gusto por el vino a pesar del calor en verano.

La histórica Castilla de los varietales blancos

Si hay algo que caracteriza a las poblaciones tanto como a los habitantes de la ruta de Rueda es la tradición marcada por un extenso legado histórico y una reconocida gastronomía. En este recorrido vitivinícola saltan a cada paso ejemplos de su legado patrimonial, como antiguos templos mudéjares, conventos y monasterios

Una de las construcciones más épicas construidas en la vereda del Duero es el Castillo de la Mota en Medina del Campo, testigo de las batallas libradas en el reino de Castilla a lo largo de los siglos y bastión de la mismísima Isabel La Católica. Su arquitectura, datada entre los siglos XIV y XV, responde a la influencia de la llamada Escuela de Valladolid, incluyendo la gran Torre del Homenaje, torres o escudos labrados sobre el llamativo ladrillo rojo. 

AndresGarciaM / ISTOCK

El pueblo de La Seca es una parada ineludible dentro de la ruta. La oferta enoturística de este municipio se distribuye de manera ecuánime en su patrimonio histórico, cultural y etnográfico. No en balde se la conoce como “La Cuna del Verdejo”, pues el cultivo de la variedad verdejo en estas tierras pardas y pedregosas vallisoletanas se remonta al siglo XVI. Los viñedos de verdejo que tapizan sus lindes se imponen como elemento paisajístico uniformado en el núcleo de la Meseta castellana. Las calles del pueblo están salpicadas de un patrimonio sobre el que la historia ha dejado su huella. Entre ellas se puede encontrar la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, cuyo interior alberga obras sacras como “La Virgen de la Pera”, el altorrelieve de San Jerónimo o su órgano barroco de 1790, el más grande de la provincia y aún en activo. De sus diversas tradiciones y festejos, vale la pena acudir a los Carnavales con sus Botargas y Mojigangas o la Fiesta del Verdejo

Otra de las localidades angulares en la ruta es Olmedo. Además de su importancia dentro de esta tierra vitivinícola, Olmedo fue una villa muy relevante durante el Medievo castellano. La huella de este periodo se circunscribe en el Parque Temático Mudéjar, un espacio homenaje de casi 15.000 metros cuadrados en los que se distribuyen cerca de una veintena de réplicas arquitectónicas de estilo mudéjar, entre los que destacan el Castillo de la Mota o el Castillo de la Coca, construidos con ladrillos del tamaño de un dedo. Pero si hay un género que dota de personalidad a la villa es la literatura. “Yo lo siento, y voy a Olmedo, dejando el alma en Medina: no sé cómo parto y quedo; amor la ausencia imagina, los celos, señora, el miedo; así parto muerto y vivo, que vida y muerte recibo.”, escribía Lope de Vega en su obra de carácter universal. La herencia literaria de “El caballero de Olmedo” se torna física en la plaza de San Julián, que alberga el Palacio Caballero de Olmedo, en cuyo interior se puede experimentar un viaje que versa sobre Castilla, Olmedo, el Siglo de Oro, el teatro y Lope de Vega. 

En este recorrido a orillas del Duero, no puede faltar el núcleo que le da nombre a la ruta enoturística. La relación de la Villa de Rueda y el vino se remonta hasta el siglo X, cuando en los documentos históricos aún aparecía bajo el apelativo de “Roda”. La conexión directa con el mundo del vino ha sido el motor económico de la población durante años. No sorprende entonces que el Consejo Regulador se ubique en esta localidad, así como que se haya elegido como sede de la Estación enológica de Castilla y León. En su núcleo urbano, se asientan más de 20 bodegas, muchas de ellas visitables y orientadas al enoturismo. Asimismo, en octubre se celebra la Fiesta de la Vendimia, declarada de Interés Turístico Regional, una reunión popular de exaltación del vino en la que participan tanto las gentes del pueblo y los alrededores, como numerosos turistas. 

apgestoso / ISTOCK

La hegemonía histórica de Rueda se refleja en las casas nobles blasonadas, fachadas modernistas y balcones que dan cuerpo a la población, llegando a ser declarada Conjunto Monumental e histórico-artístico de España y Bien de Interés Cultural (BIC). Algunos de los elementos más significativos de su patrimonio son la Iglesia de Nuestra Señora De La Asunción, la Ermita de San José, la Ermita del Cristo de las Batallas o Ermita de la Cuba.

Si bien el vino blanco es la estrella de la región, este resplandece aún más gracias al maridaje que ofrece la cocina tradicional de sus pueblos. El lechazo o el cochinillo asado en horno de leña, las lentejas de La Armuña, los garbanzos de Fuentesaúco, los quesos, los guisos de setas o la repostería hecha a mano acompañan a la perfección la acidez y la tanicidad de los verdejos de Rueda