Ruta calentita por los cafés más románticos de Viena

Clásicos, elegantes, melancólicos y tan vivos como en su época dorada, son toda una institución de la capital austriaca, declarados Patrimonio de la Humanidad.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: © Café Central im Palais Ferstel, Wien

Fueron el alma de Viena, allá por el siglo XIX, cuando ni Londres, ni París, ni Berlín pudieron hacer sombra a la capital del Imperio Austro-Húngaro que, con sus dos millones de habitantes, era el centro cultural del corazón de Europa y la quinta ciudad más grande del mundo. De aquellos cafés donde se aglutinaba la élite intelectual de la época emanó una efervescencia de ideas sin precedentes, una eclosión de todas las artes, un soplo de creatividad con el que se dio el primero de los pasos hacia la modernidad.  

stellalevi / ISTOCK

Ni la historia ni la cultura vienesa pueden entenderse sin estos históricos cafés que fueron correas de transmisión del pensamiento en aquella Viena de la Belle Époque. En ellos, al calor de una taza humeante, convergieron todos los talentos – de las ciencias, del arte, de la política, de la filosofía, del derecho, de la medicina, del periodismo…– dispuestos a protagonizar un brillante periodo que sentó las bases de nuestros tiempos. 

Arthur Bauernfeind

Por este incalculable valor, porque aún hoy trascienden a su función para erigirse en centros de la vida social, los cafés vieneses están reconocidos por la Unesco, desde 2011, como Patrimonio de la Humanidad.

Clásicos, elegantes, melancólicos, en ellos sigue dándose cita la élite junto al ciudadano de a pie, la bohemia junto al academicismo. De aquella época dorada les ha quedado tres rasgos que definen su personalidad: sus clientes habituales reciben aquí su correspondencia (como si se tratara de su propio domicilio), cada día ofrecen diferentes diarios (nacionales, regionales y extranjeros) y no hay restricción a pedir un café y dejar transcurrir las horas sin la urgencia de consumir más.

© Café Central im Palais Ferstel, Wien

Una ruta calentita por estos cafés históricos de la capital austriaca ha de empezar en el Central, el más burgués de la ciudad, que exhibe un cuidado estilo neorrenacentista. En él un médico llamado Freud jugaba entre sus muros al ajedrez, mientras tramaba aquella teoría de la sexualidad que hizo tambalear los cimientos. También era el lugar al que acudía a tomar té otro joven ruso, entonces desconocido, que ejercía como periodista en la ciudad bajo el pseudónimo de Trotski.

Café Sacher Wien

Muy popular entre locales y foráneos es también el Sacher, perteneciente al mismo hotel de cinco estrellas, uno de los más lujosos de la ciudad. Y es que aquí nació la famosa tarta Sacher, un bocado inexcusable en toda visita a Viena. Más allá de este manjar, el café, fundado en 1876, fue lugar de encuentro para aristócratas, comerciantes y políticos, que se sentían como pez en el agua en el glamour de sus paredes recubiertas de damasco, su techos de estuco brillante y sus confortables butacas rojas. 

Landtmann

El Landtmann, abierto en en 1873 en plena Avenida del Ring, es otro de los cafés imprescindibles. Lugar predilecto de artistas, actores y músicos, fue frecuentado en el pasado por el escritor y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal, mientras que en tiempos más cercanos ha acogido a figuras de la talla de Marlene Dietrich, Romy Schneider, Paul Mc Cartney o Hillary Clinton. En su interior, donde se respira una atmósfera clásica, se puede degustar otra tarta menos conocida que la anterior, pero no menos deliciosa: la también llamada Landtmann, una delicia irresistible con finas capas de masa de avellana y mazapán de naranja.

Café Museum

Genios con mayúsculas acogió también el café Museum, que vio desfilar por sus mesas a los pintores Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka; a los escritores Karl Kraus y Elías Canetti; y a los arquitectos Otto Wagner y Adolf Loos, quien incluso se encargó de su decoración. 

Café Mozart

El Mozart, en pie desde 1794 enfrente de la Albertina, y el Hawelka, en un callejón lateral a sólo unos pocos metros de Stephansplatz, son otros encantadores templos del café vienés, que conservan su aura nostálgica al tiempo que sirven de punto de encuentro para la creatividad juvenil.  

Café Goldegg

Y algo alejado del centro, pero con idéntico espíritu tradicional, no hay que olvidar el café Goldegg, una reliquia que data de 1910, aunque ha sido restaurado en los años 80 y. más recientemente, en 2008. Con sus tapicerías de terciopelo, sus mesas de mármol, sus lámparas antiguas y sus múltiples espejos, atravesar su umbral es viajar hacia aquel otro tiempo en el que el ímpetu en todos los campos de la inteligencia creó algo importante y duradero.