Alsacia, los pueblos más bellos de la ruta del vino

Tierra de frontera. A medio camino entre el mundo latino y el germánico, que han impregnado su ajetreada historia, Alsacia es uno de los más bellos enclaves de Francia, fronterizo con Alemania. Marcada por la cordillera de los Vosgos y el río Rhin, esta región de viñedos, castillos encaramados en las cumbres y recoletas aldeas mantiene vivas tradiciones y leyendas que enriquecieron el romanticismo europeo.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Situada al nordeste de Francia y fronteriza con Alemania y Suiza, Alsacia es la región gala más pequeña, pero su encanto está fuera de toda duda. Llanos, praderas, bosques, valles y montañas dan forma a su variado paisaje, protegido de los vientos del oeste por el macizo de los Vosgos, y su territorio ha sido codiciado durante siglos por franceses y alemanes; incorporado al Reino de Francia en tiempos de Luis XIV, sufrió cuatro cambios de nacionalidad entre 1870 y 1945; finalmente Estrasburgo, la capital alsaciana y gran símbolo de reconciliación, fue elegida en 1949 sede de las instituciones europeas.

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La riqueza de las tierras alsacianas y la generosidad de su clima han permitido históricamente la producción de exquisitos caldos que han conquistado muchos paladares. Las viñas alsacianas se benefician de un clima semicontinental, soleado, seco y cálido que proporciona la lenta maduración de la uva; además, la gran diversidad de sus suelos, formados por rocas graníticas, pizarra, arena y tierras calizas, proporciona caldos de muy variados matices.

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Según la tradición, los célebres vinos de Alsacia (sylvaner, pinot blanc, riesling, muscat, pinot gris, pinot noir y gewurztraminer) deben sus nombres a las siete cepas cultivadas y siempre han estado muy ligados a la cultura popular alsaciana. Su historia se remonta muchos siglos atrás. Fueron los romanos quienes apreciaron por primera vez la benignidad del clima de la región y potenciaron el cultivo de las vides.

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Con el tiempo, y antes de terminar el primer milenio, eran ya 160 las poblaciones alsacianas que se dedicaban a los viñedos. Durante la Edad Media, los vinos alsacianos adquirieron reputación y se convirtieron en unos de los más caros de Francia, de ahí que a partir de ese momento empezaran a adoptarse estrictas normas de cultivo y selección de la uva que han dado como resultado uno de los vinos más exquisitos de Europa.

Hoy son 4.200 los viticultores productores que trabajan en la región, casi 900 los que comercializan los caldos por su cuenta y todos los que se divierten, al ritmo de los Messti y de los Kilbe, en las fiestas del vino y del fin de la cosecha anual. Lo importante, dicen ellos, es su producción: ¡140 millones de botellas cada año! 

Colmar, capital del vino 

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Para descubrir estos magníficos caldos lo mejor es tomar la Ruta del Vino, que serpentea a través de 170 kilómetros por la falda de los Vosgos, desde Marlenheim, al norte, hasta Thann, al sur. Situados a lo largo del camino podemos encontrar cinco espacios –País de Wissembourg, Viñedo de Estrasburgo, Corazón de Alsacia, Región de Colmar y Sur de Alsacia– que permiten contemplar paisajes pintorescos y pueblos con un rico pasado histórico, 119 vinícolas, siempre con el entusiasmo de los viticultores, que cuentan en este territorio con 15.600 hectáreas de viñedos y conservan ancestrales tradiciones, lo que permite disfrutar de un encantador viaje.

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Original por su diversidad, Alsacia ha sabido preservar su patrimonio, tan hermoso como variado. Palpar esta región equivale a contemplar las más diversas arquitecturas: campesina y típica, medieval, gótica, renacentista... Son en su mayoría pequeñas ciudades, aldeas y pueblos entre los que sobresale Colmar, considerado la capital por excelencia del vino alsaciano. 

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Esta ciudad, quintaesencia de la región renana, ha mantenido su casco antiguo al margen de los avatares históricos, como si el tiempo se hubiera detenido entre sus angostas callejuelas levantadas en su época más gloriosa como puerto fluvial en el siglo XVI. El minimalismo en la decoración de sus viviendas y el cuidado exquisito de sus fachadas aumenta el encanto de esta pequeña ciudad que visitan tres millones y medio de turistas todos los años.

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En su casco viejo se puede visitar la iglesia de los Dominicos, que alberga en su interior la maravillosa Virgen de la Rosas, un políptico de Martin Schongauer catalogado como una de las grandes joyas del gótico alemán, o el Museo Unterlinden, donde se contempla el famoso retablo de Issenheim, de Mathias Grünewald. En Colmar merece la pena realizar un recorrido en barca a través de su complejo sistema de canales que un día sirvieron para transportar el vino, o bien darse un paseo a pie por La Pequeña Venecia, la parte más romántica de Krutenau, el antiguo barrio de los curtidores.

Eguisheim y Turckheim

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Eguisheim, productora de dos grand cru (Eichberb y Pfersigberg), solo está a ocho kilómetros de Colmar y tiene fama de ser uno de los más encantadores pueblos de la región al haber sido construido dentro de tres círculos concéntricos de murallas del siglo XIII.

Caminar por sus calles es una delicia, aunque solo sea por fotografiar su antiguo palomar, el segundo monumento más retratado en Alsacia después de la catedral de Estrasburgo, o su iglesia que oculta un tímpano románico polícromo original. Turckheim, a solo quince minutos en coche, también ha conquistado un merecido reconocimiento por su vino Brand, aunque lo que más sorprende a sus visitantes es la ronda nocturna que realiza un sereno por el pueblo a partir de las 22 horas para asegurarse de que todo está en orden en el perímetro urbano.

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Es esta una tradición en un pueblo muy animado en Navidad que mantiene todavía sus tres antiguas puertas de acceso, Munster, Francia y Brand, y un interesante museo sobre la Segunda Guerra Mundial, instalado en una bodega del siglo XVIII, que recrea el acoso nazi que sufrieron Colmar y sus alrededores en el invierno del año 1944.

Kaysersberg y Riquewihr

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A diez kilómetros de Colmar está Kaysersberg, elegida villa preferida de los franceses en 2017 en el concurso anual que celebra France TV, que embauca al viajero con su telón de fondo de viñedos, presidido en lo más alto por un esbelto castillo desde el que se divisa el río Weiss, y por sus calles con olor a vino y chucrut.

Su iglesia de la Santa Cruz, en la calle principal, impacta también por su juego de luces interior y por un Cristo colgado y desafiante que mira a la entrada del templo. Su visita es una inesperada sorpresa en el camino que se puede completar detrás del edificio con un memorial en recuerdo de las víctimas de las dos grandes guerras del siglo XX y un osario de 1463 dentro de la capilla de San Miguel. 

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Antes de abandonar Kaysersberg, si se dispone de tiempo, hay que subir por un sendero peatonal indicado en el puente principal de la villa hasta las ruinas de su fortaleza del siglo XIII para disfrutar de una de las mejores panorámicas de la región. Será el momento de emprender rumbo hacia Riquewihr, la joya de los viñedos, pues las vides se aproximan hasta sus mismas murallas medievales, que ocultan un entramado de calles retorcidas, patios y casas con estructura de madera.

Ese laberinto recuerda el pasado textil, viticultor y cervecero de un pueblo supersticioso donde las brujas tenían cabida y se puede entender el significado de los corazones expuestos en las fachadas de las casas. “Recuerda la presencia de las jóvenes casaderas que buscaban matrimonio –comenta Marcela, nuestra guía en Riquewihr– en un lugar donde todas las familias tienen aquí algún abuelo alemán, aunque se sienten muy francesas, de alma y corazón.”

Barr y Obernai

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Siguiendo la ruta hacia el norte se penetra en el llamado Corazón de Alsacia. Desde Orschwiller a Rosenwiller, el mosaico de paisajes combina los viñedos con bosques dominados por las magníficas ruinas de castillos como Landsberg, Spesbourg y Bernstein, pero si hablamos de ciudades, la de Barr merece una parada. Solo por ver su hermoso Ayuntamiento renacentista de 1640 y su fuente de 1876, rodeada siempre de flores, la visita tiene sentido en un destino que se enorgullece de organizar la feria de vinos más antigua de Alsacia.

Esta celebración tradicional, que se desarrolla desde el siglo XIX en el mes de julio en el patio del Ayuntamiento, ofrece degustaciones de vinos, conciertos y espectáculos folclóricos que atraen a gentes de toda la región.

Y muy cerca, a menos de dos  kilómetros, Mittelbergheim presume de ser una de las más bellas villas de Francia, aunque desprende un marcado acento alemán en sus construcciones. Mittel, así lo llaman sus vecinos, es un pueblo único, con una arquitectura peculiar que demuestra la antigua riqueza de la villa y propone un pequeño museo de vino de visita gratuita con piezas originales relacionadas con la producción de los caldos.

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Nuestro recorrido alcanza el extremo norte de la Ruta del Vino en Obernai, seguramente uno de los pueblos más auténticos de la región. Entre sus habitantes se habla el alsaciano, las mujeres suelen lucir sus trajes tradicionales y se profesa un gran fervor religioso, tanto en la iglesia de San Pedro y San Pablo como en el monasterio de Santa Odilia, situado a las afueras. Su casco viejo es pequeño, pero seduce sobre todo por la Plaza del Mercado, con sus tenderetes instalados todos los jueves desde el año 1301, y su imponente Kapellturm, una torre de 60 metros considerada el monumento más simbólico de la ciudad.

Estrasburgo, parada final

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La Ruta del Vino debe terminar en Estrasburgo, la capital de Alsacia y del departamento del bajo Rin, para descubrir los viñedos de Kochersberg, de la Couronne d’Or, y de Molsheim. Se puede ir en bicicleta por el carril bici que bordea el canal de la Bruche, donde ya las viñas se entremezclan con campos de cereales y frutales, pero el final siempre será el mismo.

La capital europea, cuyo centro histórico está inscrito en el Patrimonio Mundial de la Unesco, muestra en un apacible paseo por su tejido urbano los más bellos ejemplos de la arquitectura alsaciana: casas tradicionales de entramado, capillas románicas, palacetes, angostas callejas medievales y una veintena de puentes unen la ciudad vieja, en una isla, con el resto de la urbe, en la otra orilla del río Ill.

Tomar un batorama (barco turístico) hasta el barrio europeo para divisar los edificios de las instituciones comunitarias es recomendable, siempre que uno haya disfrutado en el corazón del casco antiguo de su catedral gótica, emblema de Estrasburgo y una de las joyas del arte europeo de la Edad Media.

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Construida en piedra arenisca y cuarta iglesia del mundo en altura, sus atractivos son múltiples, pero al menos dos resultan imprescindibles: el prodigioso reloj astronómico de 18 metros en el crucero sur, cuyos doce apóstoles desfilan delante del Cristo todos los días a las 12.30 horas, que funciona desde el año 1547 y fue ampliado en 1842 con un planetario copernicano, y el Pilar de los Ángeles (1230), una maravilla en piedra con doce esculturas maestras del gótico.

En los alrededores se despliegan los barrios más típicos de Estrasburgo, como La Pequeña Francia, un hermoso rincón digno de cuento, lleno de galerías, tiendas de antigüedades y winstubs, pequeñas tabernas donde se sirven especialidades alsacianas.

En la actualidad, La Pequeña Francia (La Petite France) está formada por el que fuera en su día barrio de molineros, pescadores y curtidores. Antaño era una zona apestada, donde vivía el verdugo, pero hoy adquirir alguna de estas edificaciones de los siglos XVI y XVII, caracterizadas por sus grandes tejados inclinados y sus desvanes, se encuentra solo al alcance de los bolsillos más pudientes.