De los Zapateros al vino: el origen de un pueblo de Córdoba que da nombre a una denominación única
Fue poco más que una aldea perdida entre viñas y creció hasta convertirse en un municipio de renombre, cuyo mejor legado viene de la tierra.

El pueblo que hizo de su oficio su cultura se encuentra en Córdoba / BenGoode
Manuel Á. Larrea
Antes de que su nombre sonara en las etiquetas de vino o en las rutas enoturísticas, este rincón de la campiña cordobesa fue poco más que una aldea perdida entre viñas y caminos de tierra. En el siglo XVIII, el lugar era conocido como la Aldea de los Zapateros, un pequeño núcleo dependiente de Aguilar de la Frontera que apenas contaba con trece lagares y unas cuantas casas modestas diseminadas entre los campos. Sus vecinos -unos cuarenta- eran, en su mayoría, jornaleros dedicados a las labores agrícolas, sobre todo a la vid, que ya entonces marcaba el paisaje y el carácter del lugar.

La antigua Aldea de los Zapateros en la actualidad / barmalini
Con el paso de los años, aquella aldea comenzó a crecer a un ritmo sorprendente. En 1818, con poco más de 200 habitantes, se convirtió en parroquia bajo la advocación de San Jerónimo, dependiente aún del arciprestazgo de Aguilar. Tres décadas después, en 1849, los censos hablaban ya de más de quinientos vecinos, la mayoría jóvenes, y de un pequeño entramado urbano con ochenta edificios numerados. La Aldea de los Zapateros empezaba a parecer un pueblo en toda regla.

Martín Álvarez
Más de un siglo de independencia
A comienzos del siglo XX, su población superaba los 1.500 habitantes y sus calles -dieciséis por entonces- mostraban una comunidad dinámica y en expansión. Fue en 1908 cuando José Fernández Jiménez, natural de Zuheros, decidió dar el paso definitivo: impulsó en el Congreso de los Diputados la segregación de la aldea del municipio de Aguilar de la Frontera. El proyecto prosperó y, el 1 de junio de 1912, el rey Alfonso XIII firmó la ley que daba vida a un nuevo municipio independiente.
La antigua Aldea de los Zapateros pasó entonces a llamarse Moriles, tomando el nombre de unos pagos cercanos ya famosos por la calidad de sus vinos: Moriles Altos y Moriles Bajos. La identidad del nuevo pueblo quedaba así ligada para siempre a la vid y al vino, herencia de siglos de trabajo en la campiña.

Secado de vino dulce bajo el sol en la región vinícola de Montilla-Moriles / barmalini
Un oficio hecho cultura
A lo largo del siglo XX, Moriles experimentó un desarrollo notable, tanto social como económico y cultural. Pero fue en 1932 cuando su nombre alcanzó la dimensión que hoy todos reconocen: la Denominación de Origen Montilla-Moriles, símbolo de la excelencia de sus caldos y orgullo de una tierra que convirtió su oficio en cultura.
Hoy en día, más de un siglo después de su nacimiento oficial, Moriles celebra con orgullo aquella transformación. De humilde aldea de zapateros a referente vitivinícola, su historia es también la de todo un territorio que supo encontrar en la tierra su mejor legado.
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