Víctor Hugo lo describió como "una cortina de altas montañas" con casas "blancas, azafrán y verdes": el pueblo marinero de una sola calle al que se llega cruzando la bahía en barca
A pesar de contar con una única calle principal, este pueblo vasco tiene más de 2.000 habitantes.

Este coqueto pueblo fue el que enamoró a Víctor Hugo cuando visitó el País Vasco / Istock / rmanzanosgarcia
Como muchos de sus coetáneos y compañeros de profesión, el escritor Víctor Hugo adoraba viajar. Decía que era "alimento para su inspiración". Y es que los mejores literatos son aquellos que se lanzan a conocer el mundo, que beben de aquí y de allá para crear historias verosímiles y reales. De todos los que realizó -siempre junto a su amante Juliet Drouet-, hubo uno que marcó su trayectoria y fue el que realizó por el norte de España.

Bayona fue la primera parada de Víctor Hugo en el País Vasco francés / Istock / Vuk Saric
Era el año 1843, y Víctor Hugo ya había triunfado con Nuestra señora de París, pero también acababa de vivir su primer gran fracaso con la obra de teatro Los burgraves. Derrotado, hizo las maletas y cruzó desde París hasta España pasando por los Pirineos. Su primera parada fue Bayona, en el País Vasco francés, y con ese primer vistazo ya sabía que el norte peninsular iba a ser un lugar del que nunca se podría olvidar. Y, efectivamente, así fue.

Adriana Fernández
Después visitó Biarritz, "un pueblo completamente blanco, de tejados rojos y contraventanas verdes, situado sobre colinas de hierbas y brezos". Luego San Juan de Luz, Bohovie, la isla de los Faisanes, Irún, Oyarzum y San Sebastián. De este último dijo que era una ciudad mágica: "Las huellas de las granadas, en todas las casas; las huellas de las tempestades, en todas las rocas; las huellas de las pulgas en todas las camisas. Voilà San Sebastián".
Un pequeño puerto-pueblo que enamoró a Víctor Hugo
Pero no fue hasta que se topó con Pasajes de San Juan -Pasaia Donibane en euskera- cuando se dio cuenta de la belleza tan pura de esta comarca: "Este humilde espacio entre tierra y mar, que sería admirado si estuviera en Suiza; que sería célebre si se hallara en Italia, y que es desconocido porque se encuentra en Guipúzcoa". Lo describió también como "una cortina de altas montañas" con casas "blancas, azafrán y verdes", con una sola calle que une el muelle con las faldas del monte.

Las casas de Pasaia frente al mar / Istock / Eva Clemente
Este pueblo en realidad es un puerto al que tan solo se puede llegar a través de barca desde el distrito vecino de Pasajes de San Pedro. En una carta que escribió a su hija Leopoldina se puede leer: "Estoy en un ancho balcón que da al mar. [...] A la izquierda, la bahía. Rodea a esta una sucesión de colinas, cuyas ondulaciones van perdiéndose en el horizonte hasta alcanzar los contrafuertes descarnados del monte Larrún".

El pintoresco pueblo de Pasajes de San Juan o Pasaia en el País Vasco / Istock / Ludwig Deguffroy
La casa con vistas al mar donde se hospedó
Esa bahía "se ve constantemente alegrada con el incesante bogar de las barquillas de las bateleras". El hogar donde se hospedó ostentaba un escudo, "pero los años han borrado el blasón". Las paredes eran de piedra, "de un espesor de torreón". La definía como "una casa singular, pues jamás he visto otra igual". "Cuando crees hallarte en una cabaña, una escultura, un fresco, un ornamento inútil, te advierte que te hallas en un palacio", aseguraba.

Las fachadas típicas de Pasaia o Pasajes / Istock / Ludwig Deguffroy
Hoy ese lugar se conoce como la Casa de Víctor Hugo, que hoy está abierta al público para visitarla. Como dicen desde la web de turismo de Pasajes, "Víctor Hugo no decidió visitar Pasaia, nos encontró por casualidad". Pero, "encantado por todo lo que contemplaba, decidió quedarse una temporada". Allí también entendió qué significa ser vasco: "Se nace vasco, se habla vasco, se vive vasco y se muere vasco. La lengua vasca es una patria, he dicho casi una religión".

Víctor Hugo vivió y se enamoró de la cultura vasca / Istock / EGT
Un final agrio para un viaje muy dulce
Aunque quedó completamente prendado de esta región de la Península Ibérica, su viaje acabó con un sabor amargo, ya que, regresando a París, descubrió que su hija Leopoldina había fallecido ahogada en el Sena junto a su esposo a los 19 años. Al escribir el libro breve de viajes Los Pirineos, tras la tragedia, es inevitable recordar el viaje con cierto acerbo, pero sin olvidar la belleza que vio ante sus ojos y de la que nunca se olvidaría. Esto fue lo que escribió finalmente:
"Nada más riente ni más sereno que Pasajes contemplado del lado de la bahía; nada más severo ni más sombrío que Pasajes visto por la parte de la montaña. Sus casas son palacios por delante y chozas por detrás. Cuando llegáis por el mar, vuestro pecho se dilata y creéis hallaros en un lugar bucólico. ¡Oh, la dulce, la cándida e ingenua población de pescadores!, exclamáis. Pero, entrad en sus casas: entonces os hallaréis ante hidalgos, respiraréis el aire de la Inquisición, y veréis alzarse, al otro extremo de la calle, el espectro lívido de Felipe II".
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