Viaje de luz y pasión por el corazón andaluz: recorriendo los Caminos de Pasión
Recorrer los 10 municipios de Sevilla, Córdoba y Jaén que forman la ruta Caminos de Pasión es llenar de luz la mente y de pasión el alma.

En este road trip por la ruta Caminos de Pasión no sonaba en la radio el Sweet Home Alabama de Lynyrd Skynyrd (al parecer, la canción más popular para los viajes en carretera). Tampoco hubo que cambiar 11 veces las ruedas por pinchazos, como le ocurrió a Alice Huyler Ramsey, la primera mujer en atravesar Estados Unidos en coche, de Nueva York a San Francisco, en 1909. Éramos dos en la carretera y no nos llamábamos ni Audrey Hepburn ni Albert Finney, los fantásticos actores de la película de Stanley Donen. Pero sí sonaron las soleás de Fernanda y las bulerías de Bernarda a nuestro paso por la ciudad que las vio nacer, Utrera. Sí tuvimos que subsanar algún problemilla con el sistema de arranque y, puestas a elegir, casi que preferimos ser dos en la carretera pero más cercanos: Víctor y Ana, por ejemplo.

Decidimos iniciar esta ruta cultural que une 10 localidades del centro casi literal de Andalucía (distribuidas en las provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén) desde la estación del AVE de Córdoba. Es una de las tantas posibilidades. Subimos al coche y ponemos rumbo a Écija, en la provincia de Sevilla, perfecta carta de presentación de estos Caminos de Pasión.
PRIMERA PARADA: ÉCIJA
437 años antes que servidoras, Cervantes llegaba a Écija como comisionado de la Corona para requisar cereales y aceite destinados a la Armada Real. No lo recibieron tan bien como a nosotras. Sin embargo, la avenida central de la ciudad, por la que entramos a la Plaza de España, lleva su nombre. “Aquí es donde se ve que no le guardamos rencor”, bromea nuestro guía, Eugenio. La Plaza de España es el nombre oficial de un lugar rebautizado desde hace siglos como el Salón.

Coqueto y rodeado de edificios con miradores excepcionales (como el de los Marqueses de Peñaflor), impacta verlo patas arriba a principios del siglo XX, cuando se levantó para construir un aparcamiento y de los escombros emergió el actual emblema de la ciudad: la estatua de una Amazona herida tallada en mármol del primer tercio del siglo II d. C., que descansaba tumbada y casi intacta en los restos de un estanque romano y que hoy se yergue orgullosa, con su 1,85 de altura y algún resto de su policromía original, en el Palacio de Benamejí, sede del Museo Histórico Municipal. Este museo, que atesora hasta 100 paneles de mosaicos romanos, es el centro de la vida cultural de la ciudad, pero será por palacios en Écija… El que más nos cautiva es el de los Marqueses de Peñaflor, con su casi interminable balcón corrido de 59 metros ajustado a la curvatura de la calle. Desde su mirador admiramos las esbeltas estructuras que protagonizan el perfil de la ciudad. Son sus 11 torres; nueve de ellas se ven desde aquí y quizá la más emblemática es la de la iglesia de San Juan Bautista, que nos tapa esas dos restantes. Torres ecijanas que son un prodigio de la talla del ladrillo, de la decoración en cerámica, del arte de moldear remates y pináculos.
SEGUNDA PARADA: CARMONA
Bajamos por la Ronda del Cenicero hacia el Alcázar de la Puerta de Sevilla, nuestra puerta de entrada a Carmona. Lo hacemos escuchando marchas procesionales de una banda de cornetas y tambores que ensaya a nuestros pies (la Semana Santa suena todo el año en los municipios de estos Caminos de Pasión). Antes que cristianos, árabes y romanos estuvieron en este punto fenicios y cartagineses. Huellas de estos últimos son visibles en los sillares de esta fortaleza que, junto a otros dos alcázares que tuvo Carmona, convirtió a la ciudad en la más fuerte de la Bética. Desde la Torre del Oro de la Puerta de Sevilla, la más antigua de la muralla, tenemos unas vistas casi completas de toda Carmona, incluida su Giraldilla, la torre de la iglesia de San Pedro acabada por Andrés Acevedo Fariñas en 1783 que recuerda irremediablemente a la Giralda sevillana, aunque con la mitad de altura (50 metros).
Subimos por la calle Prim rumbo al Convento de Santa Clara, el más antiguo de los 11 que quedan en Carmona. Sus monjas son las únicas que venden hoy dulces y en su torno cuesta decidirse entre las tortas de Carmona o la torta inglesa (probamos las primeras, pero nos aseguran que la segunda es el verdadero manjar). Callejeamos por el Paso de la Duquesa y ya estamos en el barrio de Santiago, habitado desde el Neolítico. Un paseo por la Alameda de Alfonso XIII, unas vistas preciosas desde la calle de Enmedio (que nos lleva a su necrópolis romana) y una cena degustando la alboronía de Carmona (el padre del pisto) son nuestros tres últimos recuerdos de la ciudad. Salimos de ella atravesando con el coche la Puerta de Córdoba, una salida triunfal.
TERCERA PARADA: UTRERA
Decía Lorca en Juego y teoría del duende que España está “en todos tiempos movida por el duende”. También hablaron del mágico término los hermanos Álvarez Quintero, naturales de nuestro próximo destino en la ruta, un destino movido por el duende. Estamos en Utrera, cuna también de Bernarda y Fernanda, de Enrique Montoya, de Perrate, de Bambino (del que se celebra el 25 aniversario de su muerte)… Normal que el Potaje Gitano de Utrera, que se celebra cada junio desde 1957, sea el festival de flamenco más antiguo de España.

También suena música en el patio del castillo de Utrera, donde se organizan conciertos y festivales. Bajamos del castillo y callejeamos por la Utrera más señorial, topándonos con varias casas-palacio, entre las que destaca la de los Condes de Vistahermosa (sí, los responsables de una de las siete castas fundacionales del toro de lidia). Es la sede del Ayuntamiento de Utrera: solo su salón pompeyano, su salón chino y su salón árabe, que se crearon bajo el auspicio de su nuevo propietario a finales del XIX, Enrique de la Cuadra, ya merecen la visita a la ciudad. Abandonamos este rincón tan teatral del municipio (con la casa natal de los Álvarez Quintero y el Teatro Municipal Enrique de la Cuadra) para dirigirnos al más devoto. Es el Santuario de Nuestra Señora de Consolación, la virgen a la que se encomendaban todos los que partían hacia América desde Sevilla. El santuario, de estilo mudéjar del siglo XVI, es uno de los lugares más visitados de Utrera. Nos cuenta Alfonso, técnico de Turismo del Ayuntamiento, que es un enclave también vinculado al flamenco. Tras visitar a la virgen, la gente se reunía en el recinto exterior y cantaba en veladas... seguro que también con duende.
CUARTA PARADA: OSUNA
Volvemos a las aulas en nuestra visita a Osuna, pero sin tener que hincar codos. Estamos en su universidad, en lo más alto de la ciudad, en la antigua capilla de esta institución académica fundada por el cuarto conde de Ureña, Juan Téllez-Girón, en 1548. Cuesta pensar en otro edificio que pueda estar a su altura. Pero lo hay y está justo enfrente y lo puso en pie el mismo conde. Es la Colegiata, cuyo Panteón Ducal es uno de ejemplos más poderosos de un lugar creado para meditar sobre la muerte. De esta saben un rato los personajes de Juego de Tronos, serie que ha pasado a la historia de la ciudad y de su señorial calle San Pedro, colmada de casas de postín y palacios. Uno de ellos, el Palacio Marqués de la Gomera, es hoy un hotel que hace gala en las fotos colocadas en su patio porticado de la presencia de los actores de la saga en 2014, cuando descansaron en sus aposentos mientras rodaban la quinta temporada.

Este palacio es quizá el que tiene la fachada más monumental de la calle, pero es tal la profusión de riqueza en todas estas viviendas (que datan de los siglos XVI y, sobre todo, XVIII) que cuesta elegir la más bella. Algunos señalan a la Cilla del Cabildo Colegial como la reina de la vía. Por la calle Cristo cruzamos a la calle Sevilla, una especie de réplica paralela a la de San Pedro y también espectacular. En ella se encuentra el palacio de los hermanos Arjona y Cubas, del siglo XVIII y sede del Museo de Osuna. La visita a la curiosa bodega del palacio, cuyas tinajas albergaban en su día vino, aceite, carnes y pescados, nos abre el apetito. Desembocamos en la plaza Mayor y entramos en el Casino de Osuna, donde, en su patio sosegado de zócalos de azulejo, probamos el local cortijito, una tapa de patatas fritas con jamón.
QUINTA PARADA: PUENTE GENIL
Nuestra primera incursión en la provincia cordobesa es Puente Genil, que también nos suena a flamenco (sobre todo al de Fosforito, el gran dominador de todos los cantes) y nos sabe a membrillo (en la ciudad llegó a haber 22 fábricas que lo elaboraban) y a vinos de Montilla-Moriles. Un buen lugar donde catar la singularidad de esta denominación de origen es en las Bodegas Delgado, de aniversario (150 años) este 2024 y ubicadas en pleno casco histórico. Plantarse frente a las primeras botas que compraron, llamadas como los apóstoles, es el primer encuentro religioso que tenemos en la ciudad, pero no el único. Si no se tiene la oportunidad de visitar Puente Genil en Semana Santa (a la que llaman “Mananta”), uno puede sumergirse en su historia visitando una de sus Casas Cuartel, lugar de reunión del manantero todo el año y donde poder ver de cerca los rostrillos de cada corporación, que representan a personajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento y que desfilan en las procesiones.

Es hora de cruzar el puente sobre el río Genil (cuyo aspecto actual es obra del ingeniero francés Leopoldo Lemonier —o Lemoniez—), que desde 1834 une el barrio de Miragenil, que pertenecía a Sevilla, y la villa Pontón de Don Gonzalo, que pertenecía a Córdoba. Otro de esos lugares especiales de Puente Genil se encuentra a unos 10 minutos en coche de la ciudad, dirección nordeste. Se trata de la Villa Romana de Fuente Álamo, donde los romanos crearon, entre los siglos I y V, un conjunto de piscinas, estanques, fuentes, termas… y mosaicos. Son estos los mejor conservados del conjunto y el conocido como Nilótico, que representa una lucha mitológica entre pigmeos y grullas, está considerado el primer cómic documentado de la historia.
SEXTA PARADA: CABRA
Avanzamos en la ruta y ya estamos situadas prácticamente en el centro geográfico de Andalucía. Qué mejor puerta de entrada al Parque Natural de las Sierras Subbéticas que Cabra. Admiramos la riqueza de este geoparque de la Unesco desde una bicicleta, con la que recorremos unos kilómetros del camino natural Vía Verde del Aceite, la vía verde más larga del Andalucía y por la que en su día pasó el Tren del Aceite.

Empezamos el recorrido en la vieja estación de Cabra, hoy reconvertida en albergue y restaurante, donde también hay un centro de interpretación cicloturista, con taller de reparación de bicis, zona de alquiler y todo lo necesario para iniciar nuestra particular Vuelta Ciclista. A un lado de la vía nos encontramos con el parque natural; al otro, con la imagen de Cabra y sus campos de olivos. Bajo nuestras ruedas, puentes, viaductos… y, de vez en cuando, una trinchera que nos da sombra. Finalmente llegamos al Viaducto de la Sima, con su impresionante trenzado de hierros de 132 metros de longitud. Ya bajadas de la bici, nos cuesta decidir por qué calles perdernos en Cabra, por las del barrio de la Villa o por las del Cerro, con sus relucientes fachadas encaladas, sus macetas de coloridas flores o sus patios escondidos tras los zaguanes. Uno de esos patios es el del Círculo de la Amistad, ya descrito por Juan Valera, el egabrense más ilustre, en su novela Pepita Jiménez. Este 2024, que se celebra el bicentenario del nacimiento del autor, es el momento ideal para visitar la ciudad que lo vio nacer y cuyos palacios y rincones tan detalladamente describió en sus obras.
SÉPTIMA PARADA: LUCENA
El primer objeto con el que entramos en contacto en Lucena es la perula. Desde época romana, esta vasija de cerámica de color verde vidriado almacena vino y aceite y es una de las piezas que modelan con más mimo en Cerámica Granados. Estos maestros artesanos llevan ocho generaciones dándole forma a ese mágico barro de Lucena que, gracias a su poca porosidad, conserva perfectamente el contenido y que en su día era trabajado por multitud de alfarerías en el Llano de las Tinajerías de la ciudad. Nos cuenta el alfarero Isidoro que también trabajan con otros barros y nos da una lección de cómo la alfarería tradicional lucentina tiene en él y en su hermana María a dos grandes aliados. Otra de sus piezas estrella son las hanukillas, en las que se colocan las velas en Janucá, y es que Lucena fue uno de los pocos bastiones judíos que, entre los siglos IX y XII, sobrevivió en medio del dominio musulmán de los alrededores.

Con el tiempo, fueron los cristianos los que dejaron una huella barroca en la ciudad. Lo hicieron unos 200 años después de que Boabdil el Chico, el último sultán de Granada, estuviera 15 días preso en la Torre del Homenaje del Castillo del Moral, hoy sede del Museo Arqueológico y Etnológico de la ciudad. Uno de los ejemplos del barroco cordobés más reseñables está a un minuto del castillo: el sagrario de San Mateo, en la parroquia del mismo nombre y donde en su día estaba la sinagoga judía. Se tardó 32 años en construir esta capilla en la que las yeserías policromadas y talladas con mimo y sus más de 600 espejos crean un conjunto sobrecogedor. Es esta parroquia la que acoge a la Virgen de Araceli cuando la bajan de su santuario cada penúltimo domingo de abril durante unas fiestas, las Aracelitanas, declaradas de Interés Turístico Nacional.
OCTAVA PARADA: BAENA
Encontramos en el patio de la almazara Núñez de Prado, en pleno centro de Baena, un olivo llamado de las ánimas. Nos guía hacia él Pablo, nuestro embajador en esta empresa pionera en agricultura ecológica en España y que lleva ya siete generaciones produciendo el preciado aceite de la Denominación de Origen Baena. A los pies de este olivo de las ánimas, árbol centenario que parece datar de la época de Felipe II, los jornaleros depositaban un puñado de aceitunas con el que se hacía un aceite que daba luz a las lámparas de las iglesias de Baena en sufragio de las ánimas del purgatorio. Son olivos similares al de las ánimas los que seguimos hasta uno de los cerros más altos de la Campiña oriental cordobesa.

Nos conduce hasta él el arqueólogo municipal José Antonio Morena, director del Parque Arqueológico de Torreparedones, uno de los yacimientos más relevantes de la provincia. Habitado desde hace 5.000 años, nos detenemos en su periodo romano. El primer lugar que pisamos en esta ciudad balneario de Ituci o Bora es su Plaza del Foro, adornada con copias de las gigantescas esculturas de mármol que la presidían y cuyos originales descansan hoy en el Museo Histórico y Arqueológico municipal. Una inscripción, la más grande de la Bética con 19 metros, cruza el pavimento en el centro de la plaza. Hoy sobre ella se hacen representaciones teatrales en noviembre. Por último, visitamos las Termas de la Salud, una de las tres encontradas en este yacimiento del que solo se ha excavado un 10 %. Decimos adiós a la ciudad que fuera capital de la cora de Cabra en el 929 admirando algunos de sus edificios civiles de la Plaza de la Constitución: el Teatro Liceo, su Casino, su Ayuntamiento y una fachada barroca con bella arcada que nos llama la atención: la del edificio de la Casa del Monte, construido en 1774 con los fondos de una propiedad común vecinal.
NOVENA PARADA: ALCALÁ LA REAL
Hacemos la única incursión en Jaén de este recorrido pasional visitando la capital de la comarca de la Sierra Sur, Alcalá la Real. Es su Fortaleza de la Mota el monumento nacional que se erige como gran protagonista de la ciudad. Nos internamos en él recorriendo túneles con un 40% de desnivel, a veces sin salida, a veces con ella, y vamos ascendiendo a las alturas de esta ciudad ubicada en el cerro de la Mota y que presumía de ser inexpugnable hasta que las tropas de Alfonso XI lograron envenenar el pozo de agua de la Alcalá de Benzayde provocando su rendición.

Una vez arriba, celebramos nuestra propia conquista en la ascensión y disfrutamos de todos los espacios de esta antigua ciudad de unas cuatro hectáreas, que contaba con bodegas, carnicerías, iglesias, un palacio abacial, un cementerio… Al fondo, las cumbres nevadas de Sierra Nevada nos parecen un espejismo, al igual que el atardecer desde este cerro de la Mota. Bajamos y nos sumergimos en la ciudad contemporánea que se extiende en las laderas del cerro. Nos cruzamos con casas señoriales del primer tercio del siglo XX, con su palacio Abacial, con sus Casas de Enfrente y sus bellos arcos. Pero nos resistimos a abandonar la ciudad sin una vista más de la fortaleza, esta vez desde el Mirador de San Marcos. No nos cansamos de contemplarla.
DÉCIMA PARADA: PRIEGO DE CÓRDOBA
Este road trip de pasión alcanza su meta ascendiendo una última cota de 650 metros, un último reto para nuestro vehículo, que vive su postrera aventura por las angostas calles del barrio de la Villa, uno de los rincones más bellos de Andalucía. Origen del Priego actual y Conjunto Histórico Artístico desde 1972, belleza hay en sus blancas paredes encaladas, en sus coquetas macetas floridas y en su vertiginoso balcón del Adarve. Es el blanco un color importante en Priego. Telón de fondo neutro para los geranios y gitanillas de la calle Jazmines o Bajondillo, adquiere todo el protagonismo en la vecina parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Dentro de ella, el sagrario más importante de la localidad y el que nos muestra que el barroco en Priego es distinto al que hemos visto en toda la ruta. Aquí no está policromado y la luz crea un efecto óptico único cuando atraviesa los ocho ventanales de su cúpula gallonada.

Del blanco inmaculado pasamos a los marrones más sobrios del castillo de origen árabe, situado frente a la parroquia. Dos últimos colores nos acompañan por Priego. Por un lado, el azul, presente en el agua del gran emblema de la ciudad, su Fuente del Rey. Ya en la calle que conduce a ella, la del Río, el sonido de sus 139 caños nos anuncia que Priego, y toda la Subbética, es tierra de agua. Pintamos el final de estos Caminos de Pasión de color oro, el del multipremiado aceite que baña Priego y tantos municipios de esta ruta y del que se puede aprender casi todo en las múltiples catas y actividades oleoturísticas de la zona.
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