Vecinos de la sierra de Gata: una montaña de sorpresas

Carne de retwagyu, aceite de manzanilla cacereña, el mayor castañar de Extremadura y varios de los pueblos más bonitos de España. En algunos hablan una lengua propia: A Fala. Sorpresas de estas montañas del noroeste de Cáceres, vecinas de Portugal.

Vecinos de la sierra de Gata de Cáceres: una montaña de sorpresas
Vecinos de la sierra de Gata de Cáceres: una montaña de sorpresas / Carlos Rodríguez Zapata

Un vecino es un vezinho en Portugal y un vecino en la vecina España, pero en la sierra de Gata, que está pegada a la raya, también puede ser un viciñu o un vidiñu, porque los viciñus o vidiñus de algunos de estos pueblos cacereños falan distintu. Aunque tampocu demaishau. Mutu máis raru falaba Rajoy (“Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”), y lo hacía en castellanu.

Plaza Mayor de San Martín de Trevejo.

Plaza Mayor de San Martín de Trevejo.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo son los tres pueblos donde se habla —y se escribe en todos los letreros— A Fala, una lengua romance derivada del galaico-portugués medieval que al viajero desavisado lo obliga a comprobar una y otra vez su ubicación con el navegador, porque suena a asturiano, todo acabado en u: cascu antigu, castelu, centru dus jubilaus... Una lengua que, para mayor frotamiento de ojos del viajero, no es solo una. ¡Son tres!: valverdeñu, la que se usa en Valverde del Fresno; lagarteiru, en Eljas, y mañegu, en San Martín de Trevejo. Esto de que se escuche una lengua aquí y otra en el pueblo de al lado, por mucho que gibe a los rancios, es lo más español de España y la mayor riqueza de la sierra de Gata. Pero no la única.

Vista del municipio de Gata.

Vista del municipio de Gata.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Carne de retwagyu y contrabandistas

Aunque acaba en u, retwagyu no es valverdeñu, ni lagarteiru, ni mañegu. Es un cruce de vaca retinta extremeña con buey wagyu japonés que deambula en manada por la dehesa que rodea Hábitat Cigüeña Negra, un espléndido hotel rural de Valverde del Fresno con piscina infinita, hammam, observatorio de aves al borde de una laguna, otro de estrellas y almazara ecológica donde se exprimen las aceitunas de 8.000 olivos. Los entrecots y T-bones de retwagyu que se sirven en el restaurante del hotel son maravillosos, quién lo niega, pero el aceite de manzanilla cacereña que sale de esta y otras almazaras de la sierra no tiene igual en el mundo. Aquí no hay cruces ni experimentos que valgan: solo la tierra callada, el trabajo y el sudor de los vecinos.

Por las calles de Gata.

Por las calles de Gata.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Los que sudaban la gota bien gorda eran los macuteiros, los contrabandistas que, hasta la desaparición de las fronteras, cruzaban la raya de noche con la mochila cargada a tope de café, azúcar, tabaco…, siempre pendientes de la luna y de los guardias civiles. Era eso o el éxodo. O el hambre. Un monumento los recuerda en Eljas, a la sombra del castillo, con una placa escrita en lagarteiru: “En memoria de aquelis homis i mulleris de un lau y oitru da Raia que, con sua arriría e intercambius gañorin a vida i a amistai sinceira dus lugaris”. El monumento se llena de flores a principios de noviembre, cuando los vecinos de Eljas y del otro lado de la frontera —Foios— celebran juntos As Borrallás, asando castañas, bailando y paseando por la vieja Ruta del Contrabando. No hay muchos monumentos en el mundo dedicados a este gremio. Y fiestas transfronterizas, menos.

Hospital Franciscano de Robledillo de Gata.

Hospital Franciscano de Robledillo de Gata.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Tampoco hay muchos lugares en el mundo donde el agua corra con tanta alegría por las calles como en San Martín de Trevejo. Bueno, sí, en Venecia. Pero no es lo mismo. Aquí, en San Martín de Trevejo, es agua dulcísima del monte la que brota de numerosas fuentes, baja por las rúas —Ciudad, Corredera, Fuente, Hospital…— formando rumorosos regatos —arroyus, los llaman— entre tradicionales casas de entramado de madera y, al salir del pueblo, riega los campos. Junto a una de esas fuentes, la del Pilón das Hortas, arranca la calzada medieval que lleva en un par de horas al puerto de Santa Clara, paseando bajo el dosel sombrío —y nutritivo, en tiempo de castañas— del mayor castañar de Extremadura, el de los Ojestos.

Robledillo de Gata.

Robledillo de Gata.

/ Carlos Rodríguez Zapata

El camino forma parte del sendero PR-CC 184 (Ruta de A Fala), bien señalizado con letreros y marcas de pintura blanca y amarilla. Después de la paseata, un mojo de bacalao y una pluma ibérica en el restaurante Saboris de Sempris, y como nuevos. Está junto a otra fuente rebosante, la de la plaza Mayor.

El Buen Avío

Siguiente parada, en Trevejo —no confundir con San Martín de Trevejo—, una aldea de 14 vecinos y casas de roca elemental que se apiña como un castro celta en la cima de un cerro pedregoso, junto a las ruinas de un castillo hospitalario. Hay que tener la suerte —o la previsión— de subir con la penúltima luz, cuando el sol dora los muros resquebrajados de la fortaleza, y dejar volar la mirada sobre el Val de Xálima, el confín occidental de la sierra de Gata, hasta más allá de la raya con Portugal

Una de las calles de San Martín de Trevejo.

Una de las calles de San Martín de Trevejo.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Al pie del castillo, la iglesia de San Juan Bautista, con espadaña exenta y tumbas antropomorfas excavadas en el puro granito, refuerza la sensación de hallarse a 300.000 soles del mundo moderno, en plena Edad Media. No hay asfalto en Trevejo. Ni falta que hace. Lo que sí hay es una taberna, El Buen Avío, donde todo Trevejo se reúne al anochecer para saborear un café de especialidad, una hamburguesa de carne de ganado bravo o un Antier Red Vintage de Viñedos Históricos de Sierra de Gata: todo auténtico a más no poder, como Dani González, el propietario y el anfitrión perfecto, que nos habla a media voz de su tía-abuela Chon —la que fue heroica alcaldesa de este peñasco—, de uvas piñuelo y rufete, de sostenibilidad y transversalidad… hasta que nos quedamos fritos. No es aburrimiento: es gustito. Aunque también puede ser el vino. 

Un día bien aprovechado da para ver todo lo anterior. Y otro, para explorar la parte oriental de la sierra de Gata, empezando por la población que da nombre a la misma. Gata es, con permiso de San Martín de Trevejo, la villa con más encanto de la comarca, y con el de Trevejo, la mejor situada. Los buitres negros, las águilas reales y los azores, por mencionar tres de las muchas aves que sobrevuelan esta sierra, no ven Gata mejor que la vemos nosotros desde el mirador del Regajo, en lo más alto y más primitivo del lugar, donde las calles son escaleras labradas directamente en la roca madre del monte. Subiendo, descubrimos un rincón de postal: una casa con un pasadizo volado y florido sobre la avenida Virgen del Puerto. Y, al lado, en la calle Fuente Melona, reconocemos las marcas —cruces— que delataban a los conversos en el llamado Barrio Judío. 

Castañar de los Ojestos.

Castañar de los Ojestos.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Ninguna marca delata en cambio lo bien que se come en Los Portales, en la plaza de la Constitución, la mayor de Gata: ensalada de naranja, Boletus edulis, caldereta de cabrito… Ya quisieran muchos restaurantes de postín rayar a la altura de este bar de pueblo sin manteles, sin copas Riedel, sin florituras… Otro sitio de apariencia engañosa es Terra Capra, una modestísima granja escondida en el valle del Árrago, a medio camino entre Cadalso y Descargamaría, donde Erica Aibar y José Antonio Recio elaboran extraordinarios quesos de leche cruda de cabra, de ganadería en pastoreo y cortezas naturales. Empezaron hace 11 años de cero, comprando una cabra para dar la mejor leche a su hijo mayor cuando dejó la lactancia materna, y ahora tienen 300 que andan felices por estos montes con el pastor y con los turistas que lo desean. Erica nos encarece el Rulo de la Sierra y el Cremosito. Pero si a uno le gusta que el queso sepa a queso, se lleva el Dehesa de Arriba.

Una almazara medieval

A 10 minutos en coche de Terra Capra, valle arriba, se encuentra Robledillo de Gata, un laberinto en cuesta de pizarra, madera y adobe, salpicado de fuentes y cascadas, que es uno de los pueblos más bonitos de España. Aquí hay una almazara medieval, el Molino del Medio, que funcionó hasta 1973, movida por las aguas del Árrago, y que fue rehabilitada como museo en 2004.

Robledillo de Gata.

Robledillo de Gata.

/ Carlos Rodríguez Zapata

En ella se ve desde la caudera por la que entraba la corriente del río hasta las tinajas donde se separaba por decantación el aceite del alpechín, pasando por la rueda de cazoletas, el alfarje con la piedra de moler y la prensa donde la masa triturada se exprimía dos veces, una en frío y otra echándole agua hirviendo, lo cual saturaba el recinto de un vapor oleoso que mantenía las máquinas perfectamente engrasadas. Así han durado mil años y pueden durar otros tantos. Así se conserva su dueño, Julio Rodríguez-Carvallo, que nació hace 70 en la casa paredaña: tan pimpante. El aceite de manzanilla cacereña hace milagros.   

Vecinos de la sierra de Gata

Iván Payo, director del hotel Hábitat Cigüeña Negra

Este ingeniero agrónomo de 45 años, oriundo de Eljas, fue el cerebro de la boda entre una vaca retinta extremeña y un buey wagyu japonés, cuyos retoños hoy embelesan a quien come en el restaurante de este hotel de Valverde del Fresno, galardonado por eso con una estrella verde Michelin. “Por eso y por nuestro aceite ecológico, que ha ganado tres veces la medalla de oro en Extrema Selección, la cata-concurso más pres- tigiosa de la región”. La joya de la almazara es el Platinum, “que elaboramos con mucha aceituna verde, la primera de la cosecha, lo que lo hace más afrutado, aromático y complejo, y que envasamos en formato premium”. ¿Alguna recomendación, aparte de todo lo que hay y se produce en Hábitat Cigüeña Negra?: “Subir al Cancho Peñaflor, en Eljas. Allí te puedes relajar de una forma desorbitada: parece que estás en otro mundo”.

Iván Payo.

Iván Payo.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Miroslav Valeš, autor del 'Diccionariu de A Fala'

“Soy lingüista, profesor de la universidad de Liberec, en la República Checa, así que tenía conocimiento teórico de que existía una lengua particular en la sierra de Gata cuando vine hace 12 años a curiosear y me enamoré de Araceli, la directora del colegio de San Martín de Trevejo.” De ese amor —y de 2.900 e-mails intercambiados con ella en esa lengua, mientras él iba de acá para allá y de allá para acá— nació el Diccionariu de A Fala, con más de 12.000 palabras. Las que más le gustan son brinquilis y briciqueta (pendientes y bicicleta, en lagarteiru). “Las bicis que llevan motor —advierte— no son briciquetas: son motus.”

Miroslav Valeš.

Miroslav Valeš.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Antonio Bellanco y Carlos Zarza, excontrabandistas

Una boina, un mandilón negro, una cayada y, atado a la espalda, un saco de rafia: así andaban todas las noches los macuteiros por estas montañas fronterizas y así han querido posar para nosotros Carlos (sentado) y Antonio (de pie), que lo fueron desde los ocho años y ahora son concejal y alcalde de Eljas, respectivamente. “Tres horas tardábamos en llegar a Foios, el vecino pueblo portugués, y otras tres en volver cargados con 40 kilos de café”, nos explican. “Cuando llovía o nevaba, mejor, porque no había guardias civiles ni guardinhas”. ¿Y si te pillaban? “Pues te quitaban el género y te metían un día o dos en el calabozo.” 

Antonio Bellanco y Carlos Zarza, excontrabandistas.

Antonio Bellanco y Carlos Zarza, excontrabandistas.

/ Carlos Rodríguez Zapata

Julio Rodríguez-Calvarro, propietario del Molino del Medio

“En 1953 me parió mi madre detrás de esa puerta, en la casa de al lado, y mi primer juego fue ver cómo se movían los cabezales excéntricos de la bomba de presión”, cuenta Julio mientras acaricia a los muñecos, como llamaba a aquellos de niño.

Julio Rodríguez-Calvarro.

Julio Rodríguez-Calvarro.

/ Carlos Rodríguez Zapata

“Esto no es el Louvre ni el Prado, pero es arqueología industrial. No se puede perder.” Para que no se pierda esta almazara medieval, que fue de su abuelo y de su padre, Julio la convirtió hace 20 años en un museo por el que han pasado más de 20.000 personas: muchas para un lugar como Robledillo de Gata, donde solo viven 91. “Tenemos aceite, vino, colmenas, cabras, pinares y, sobre todo, mucha agua.”

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