El único castillo templario que se adentra en el mar está en España: fue sede papal y guarda siglos de historia entre las olas

Una fortaleza templaria suspendida sobre el mar que fue refugio del Papa Luna y vigía eterno del Mediterráneo.

Este lugar mediterráneo combina historia, belleza y tradición.
Este lugar mediterráneo combina historia, belleza y tradición. / Istock / LIANEM

Hay lugares que parecen escritos por el mar. Peñíscola, en la costa norte de Castellón, es uno de ellos. Una ciudad blanca que se alza sobre un peñón que se adentra en el Mediterráneo y que, desde lejos, parece flotar sobre las olas. En su cima, desafiante y serena, se levanta uno de los castillos templarios más impresionantes de Europa, construido entre 1294 y 1307 por los Caballeros del Temple.

Adriana Fernández

Su planta, casi regular y adaptada al relieve de la roca, conserva torres angulares, almenas, una capilla gótica y un equilibrio arquitectónico que la historia ha respetado. Pero lo que hace único a este lugar no es solo su belleza; es el único castillo templario de España que se adentra en el mar, rodeado de agua por tres de sus lados.

Peñíscola aérea al atardecer en Castellón sobre el mar Mediterráneo.

Peñíscola aérea al atardecer en Castellón sobre el mar Mediterráneo.

/ Istock / TONO BALAGUER

De los templarios al Papa Luna

Cuando la Orden del Temple fue disuelta en 1312, el castillo pasó a la Corona de Aragón. Sin embargo, su leyenda se escribió un siglo después, cuando Pedro Martínez de Luna, más conocido como Benedicto XIII o el Papa Luna, lo eligió como su sede pontificia entre 1411 y 1423 durante el Cisma de Occidente. Desde esta fortaleza gobernó una cristiandad dividida, dictó bulas y resistió el paso del tiempo con la misma firmeza que sus muros. El Papa Luna adaptó las antiguas dependencias templarias en estancias palaciegas, una capilla y un scriptorium, donde copistas y teólogos trabajaban bajo su mando. Aún hoy, las crónicas lo recuerdan como “el Papa que no se rindió”, y el eco de su presencia resuena en las piedras del castillo.

Vista del Castillo de Peñíscola.

Vista del Castillo de Peñíscola.

/ Istock / Michael Charles

Un castillo tallado por el viento y la historia

El interior del castillo guarda espacios que hablan en voz baja. La Capilla del Papa Luna, de estilo gótico; la Sala del Cónclave, donde se reunían los cardenales; y los miradores templarios desde los que se domina el mar abierto. En los muros todavía se distinguen marcas de canteros medievales y símbolos templarios, grabados hace más de siete siglos. La fortaleza se eleva 64 metros sobre el nivel del mar, y desde sus terrazas, el horizonte parece infinito.

Imagen de ls espectaculares calles en Peñíscola.

Imagen de ls espectaculares calles en Peñíscola.

/ Istock / Aleksandrs Tihonovs

Bajo sus pies, el casco antiguo de Peñíscola desciende hacia el puerto entre calles empedradas, casas encaladas y un alma mediterránea difícil de encontrar en otro lugar. Todo el conjunto, rodeado por murallas renacentistas trazadas por Giovanni Battista Antonelli en el siglo XVI, está declarado Conjunto Histórico-Artístico desde 1972.

La fortaleza que conquistó al cine

No solo los historiadores se rindieron a Peñíscola. El castillo y su entorno han sido escenario de cine, historia y leyenda. Aquí se rodó El Cid de Anthony Mann, con Charlton Heston y Sophia Loren, “Calabuch” de Luis García Berlanga, y más recientemente, “Juego de Tronos”, donde Peñíscola se transformó en la ciudad de Meereen. Su perfil, recortado sobre el mar, ha convertido a este rincón valenciano en una de las localizaciones más cinematográficas del Mediterráneo.

Entre el mar y la eternidad

Peñíscola no es solo un destino, es un símbolo. Una fortaleza templaria que resistió guerras, siglos y tempestades; una roca que fue corte pontificia y escenario de películas; un pueblo que vive entre el sonido del mar y la memoria. Cuando cae el sol y el cielo se enciende sobre el Mediterráneo, los muros del castillo brillan en tonos dorados y el eco del Papa Luna parece aún latir entre las almenas. En ese instante, Peñíscola demuestra que la historia no siempre se guarda en los libros, pues a veces sigue respirando junto al mar.

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