La única isla con muralla habitada del Mediterráneo está en España: con un trazado histórico y esencia marinera que sobrevive entre aguas turquesas
En Alicante se encuentra una fortaleza ilustrada convertida en pueblo marinero, donde la historia aún huele a sal.

A poco más de 8 kilómetros del puerto de Santa Pola, emerge una isla diminuta donde el mar es turquesa, las barcas duermen al sol y las murallas aún abrazan a los vecinos. Se llama Tabarca, y aunque apenas mide 1.800 metros de largo por 400 de ancho, puede presumir de un récord singular; es la única isla habitada y amurallada del Mediterráneo. No es solo un reclamo turístico, es historia pura. Su trazado, conservado casi intacto desde el siglo XVIII, mantiene el espíritu de una fortaleza levantada para proteger a quienes llegaron buscando una segunda oportunidad.
De refugio corsario a fortaleza ilustrada
Antes de convertirse en el remanso blanco y azul que hoy enamora a los viajeros, Tabarca tuvo una historia mucho más agitada. Durante los siglos XVI y XVII, la entonces conocida como Isla Plana era refugio ocasional de piratas berberiscos, corsarios procedentes del norte de África que aprovechaban su aislamiento para esconderse entre incursiones por la costa levantina. No hubo una base permanente, pero su presencia fue suficiente para que la Corona española decidiera tomar cartas en el asunto.

En 1768, el rey Carlos III puso fin a aquella incertidumbre con una idea tan pragmática como visionaria, la de repoblar la isla con familias genovesas liberadas de su cautiverio en Túnez, procedentes de la antigua isla de Tabarka, conquistada por los otomanos. Así nació la nueva Tabarca, un proyecto que fue a la vez humanitario, político y estratégico.

Para proteger a los repobladores, el monarca ordenó levantar una fortificación completa, con murallas, baluartes, tres puertas de acceso (San Rafael, San Gabriel y San Miguel) y una iglesia barroca dedicada a San Pedro y San Pablo. El diseño, racional y ordenado, sigue los principios del urbanismo ilustrado borbónico; calles rectas, plaza central y viviendas uniformes, pensadas para resistir asedios y mantener la vida en comunidad.
Un conjunto histórico que conserva su alma
Aún hoy, Tabarca conserva el mismo trazado de aquel siglo XVIII, lo que le valió en 1964 la declaración de Bien de Interés Cultural. Las murallas, restauradas entre 2007 y 2012, se abren en las tres puertas originales que dan paso a un laberinto de casas encaladas, plazoletas luminosas y el eco de las campanas de la iglesia. Desde lo alto de las murallas se domina todo; el perfil de Alicante al fondo, las barcas fondeadas en la ensenada y el mar, que aquí cambia de azul cada minuto.

En la plaza Mayor aún se adivina el antiguo cuartel, y las ruinas de la Torre de San José recuerdan la función militar que tuvo la isla durante siglos. Cada rincón huele a sal y a historia, como si el Mediterráneo mismo la hubiese decidido conservar.
El mar como forma de vida
Si Tabarca sobrevive, es gracias al mar. En 1986, fue declarada la primera Reserva Marina de España, reconocimiento que protege su entorno submarino y su excepcional pradera de posidonia oceánica, una de las mejor conservadas del Mediterráneo occidental. En verano, Tabarca se llena de visitantes que llegan en barco desde Alicante, Santa Pola o Torrevieja, pero el resto del año la isla recupera su ritmo lento y casi secreto. Al atardecer, cuando el último barco parte y el viento vuelve a ser dueño del puerto, Tabarca recupera su alma original; la de una fortaleza en calma, una frontera que ya no separa sino que une. El mar refleja las murallas doradas y el cielo se tiñe de cobre. En ese instante, parece que el Mediterráneo recuerda su historia, y Tabarca vuelve a ser lo que siempre fue; una lección de permanencia entre el agua y la luz.
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