Parece La Toscana, pero es Guadalajara: un castillo, un pueblo amurallado y una playa protegida a tiro de piedra de Madrid
Castillos en lo alto de cerros, villas medievales, hayedos frondosos y playas de interior: un viaje inesperado por Atienza y la Serranía de Guadalajara.

Aunque cogiendo un avión para explorar Italia descubrimos desde pueblos pesqueros hasta islas de ensueño, no hemos de olvidar que dentro de nuestras fronteras se ocultan verdaderos tesoros.
Hoy miramos hacia una zona de interior que tiene todo lo que podemos pedir a la Toscana: desde pueblecitos encantadores hasta castillos históricos e incluso playas protegidas. Nos dirigimos a la provincia de Guadalajara para explorar Atienza y sus alrededores, el último rincón de interior paradisíaco de España.
Qué ver en Atienza
Hoy apenas cuenta con 422 habitantes, pero Atienza fue una de las ciudades más importantes de nuestra península en la Edad Media. Recostada entre las colinas, sobrevive como una reliquia medieval que ha sobrevivido intacta al paso de los siglos. Su silueta está dominada por un castillo en lo alto del cerro y custodiada por murallas que, aunque han perdido su carácter infranqueable, siguen muy bien conservadas.
La importancia de la villa solo empezó a declinar a partir del siglo XV. Hoy, ese pasado glorioso se respira en cada rincón: en sus calles empedradas, en los blasones de las casas señoriales, en las plazas porticadas donde el tiempo parece haberse detenido.

Visitar el casco histórico de Atienza
Atienza gira en torno a dos plazas principales: la Plaza de España, donde se encuentra el ayuntamiento y la casa natal de Juan Bravo —uno de los líderes comuneros del siglo XVI—, y la plaza del Trigo (también llamada de Don Bruno Pascual Ruilópez), donde se alzan la iglesia de San Juan y la Casa del Cabildo.
Ambas están unidas por el arco de San Juan, un pasadizo que recuerda el trazado original de la muralla que protegía la villa, y rodeadas de soportales de piedra y madera, lo que las convierte en un ejemplar casi perfecto de plaza castellana.
Desde la plaza del Trigo parte la calle de Cervantes, antes conocida como “la de la Zapatería”. Flanqueada por casonas nobles con escudos heráldicos, conduce hasta la iglesia de la Santísima Trinidad y, poco después, al camino que asciende al Castillo de Atienza.

El castillo de Atienza: historia viva
Esta fortaleza imponente —mencionada en el Cantar del Mío Cid— se alza sobre un espolón rocoso y domina el valle desde las alturas. Su torre del homenaje sigue en pie, junto al antiguo patio de armas, como testigos de los celtíberos y los árabes que lo ocuparon. Alfonso I de Aragón lo reconquistó definitivamente, y por aquí han pasado Almanzor, Sancho García o el mismísimo Alfonso III.

Una fiesta milenaria en Atienza
Atienza también es conocida por La Caballada, una de las fiestas históricas más singulares de España. Se celebra el domingo de Pentecostés y está declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. Su origen se remonta a 1162, cuando un joven Alfonso VIII, aún niño y ya rey de Castilla, fue protegido por los arrieros de Atienza para huir de un asedio leonés y evitar la unión con el reino de León.
Fingiendo una romería a la ermita de la Virgen de la Estrella, los cofrades lograron burlar a las tropas enemigas y trasladar al pequeño monarca a Ávila. Gracias a esta insólita cabalgada, Castilla mantuvo su independencia. Cada año, los vecinos reviven esta gesta.

La Sierra Norte: naturaleza en estado puro
Más allá de Atienza, la Sierra Norte de Guadalajara despliega un mosaico de paisajes que van del bosque profundo al cañón vertiginoso. Declarada Parque Natural, esta comarca ofrece una alternativa salvaje y serena al turismo masificado.
Uno de sus tesoros más conocidos es el Hayedo de Tejera Negra, uno de los hayedos más extensos y antiguos de la Península; y los pueblos de la zona (llamados los pueblos negros por su característica arquitectura basada en la pizarra) salpican el paisaje.

Barranco del Río Dulce: cañón con alma de río
Al sur de Sigüenza, el Barranco del Río Dulce es otra parada imprescindible. Se trata de un enorme parue de más de 8.000 hectáreas cortada a cuchillo por un estrecho cañón de relieve calizo, moldeado durante siglos por la erosión del agua. Su paisaje de parameras elevadas, cascadas estacionales y sendas escarpadas es perfecto para amantes del senderismo.

Laguna de Somolinos: un oasis fósil
En la Sierra de Pela, la Laguna de Somolinos se abre como un abanico de agua en medio de un paisaje árido. Este humedal fósil tiene una antigüedad estimada de 250 millones de años, y es refugio de aves acuáticas como el zampullín chico, la garza real o la polla de agua. También sobrevuelan el paraje majestuosas rapaces como el buitre leonado, el alimoche o el águila real.

La Playa de Bolarque: un baño inesperado
Y, si después de tanto paseo apetece un chapuzón, la playa de Bolarque es la guinda del viaje. Esta playa de interior, situada en un embalse del río Tajo, tiene una amplia zona de arena, aguas verdes y cristalinas sin corrientes, y capacidad limitada a 800 personas para preservar el entorno.
La entrada se adquiere online y con antelación (cuesta 10 € a mayores de 3 años) e incluye acceso a vestuarios, baños, merenderos y un chiringuito bajo los pinos. Hay escalerillas, zonas de sombra y se pueden alquilar kayaks e hidropedales. Los bañistas conviven con la fauna local, compuesta por pececillos y cangrejos.

Un viaje cercano, profundo y lleno de contrastes
Viajar a Atienza y a la Serranía de Guadalajara es asomarse a una España interior llena de matices: castillos milenarios, fiestas que cambiaron la historia, cañones esculpidos por el agua, hayedos que arden en otoño y playas donde se demuestra que hay verano más allá de la costa. Y no, no hace falta ir a la Toscana para sentirlo.
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