Los toros de piedra más antiguos de España no están en un museo: están en la calle y cuentan una de las historias más fascinantes de nuestro país
Mucho antes de que castillos y catedrales dibujaran el perfil de la Meseta, ya había figuras de piedra vigilando sus campos. Los verracos vetones, esculpidos hace más de dos mil años, siguen en pie allí donde fueron colocados, mudos testigos de la historia y uno de los legados más singulares de la España prerromana.

Hay esculturas de todo tipo. Están aquellas que se encuentran expuestas a lo grande en el museo más increíble de la ciudad, y luego están las que uno espera encontrar tras una vitrina, con un cartel y una fecha exacta. Y luego están los verracos vetones, que son figuras de piedra que llevan más de dos mil años al aire libre, viendo pasar ejércitos, reyes, pastores, turistas y coches sin moverse ni un centímetro. Su encanto, entre muchas otras cosas, radica en que siguen donde los colocaron sus autores, en medio del campo o integrados en plazas y puentes. Y eso, en un país con tanta historia como España, los convierte en algo casi único.

Hablamos de los toros, aunque en realidad también representan cerdos o jabalíes, esculpidos por los vetones, un pueblo prerromano que habitó el oeste de la Meseta entre los siglos IV y I a. C. Hoy sobreviven más de cuatrocientos repartidos sobre todo por Ávila, Salamanca, Zamora, Cáceres o Toledo. Son toscos, pesados, casi abstractos, y aun así poseen una fuerza que sigue desconcertando a arqueólogos y viajeros.
Cuatro esculturas que cambiaron la historia de España
Entre todos los verracos conservados, hay un conjunto que trasciende lo arqueológico para entrar de lleno en la historia política. Os hablo de los Toros de Guisando, situados en El Tiemblo, en Ávila. Son cuatro esculturas de granito, datadas aproximadamente entre los siglos II y I a. C., que representan bóvidos en posición estática y poderosa.
Su fama no se debe solo a su antigüedad, sino a lo que ocurrió allí en 1468. En ese paraje se firmó el Tratado de los Toros de Guisando, por el que Enrique IV reconocía a su hermana Isabel como heredera al trono de Castilla. Aquella decisión cambió el rumbo del país, pues Isabel acabaría siendo Isabel la Católica. Y es que, pocas esculturas prerromanas (o, en general, pocas cosas) pueden presumir de haber sido testigo directo de un momento clave de la historia de España.
Un misterio que sigue abierto
La función exacta de los verracos sigue siendo objeto de debate. La hipótesis más aceptada es que actuaban como marcadores territoriales vinculados a zonas de pasto, protegiendo simbólicamente al ganado. No es casual, como comprenderéis, que se concentren en regiones tradicionalmente ganaderas como la Meseta occidental.
Otras teorías apuntan a un valor funerario o ritual, relacionado con la protección de los difuntos o con divinidades asociadas a la fertilidad y la riqueza pecuaria. También se ha propuesto que señalaban rutas trashumantes o límites entre comunidades vetonas. Lo interesante es que ninguna teoría explica todos los casos. Algunos verracos aparecen aislados en medio del campo; otros, reutilizados siglos después en murallas, iglesias o puentes.

Cuando la prehistoria convive con el tráfico
Uno de los ejemplos más sorprendentes es el verraco situado junto al Puente Romano de Salamanca. Durante siglos se pensó que formaba parte de la obra romana, pero en realidad es una escultura vetona reutilizada posteriormente. Hoy recibe a los que lo visitan como si fuera un guardián milenario de la ciudad.
En Ávila ocurre algo parecido, y es que varios verracos se conservan dentro del casco urbano o en sus inmediaciones, integrados en el paisaje monumental sin estridencias. Han visto levantarse murallas, iglesias y palacios sin dejar de ocupar su lugar original.
Recorrer los verracos vetones es, en realidad, recorrer la geografía de un pueblo prerromano. En la provincia de Ávila aparecen en localidades como Villanueva del Campillo, Mingorría o El Tiemblo; en Salamanca, en Ledesma o Ciudad Rodrigo; y en Zamora o Cáceres también se conservan ejemplos significativos, muchos aún en su emplazamiento original.

Más que esculturas
Los vetones no dejaron grandes templos ni ciudades monumentales como romanos o visigodos. Su huella material es más sobria, más ligada al territorio. Y, sin embargo, estos verracos han sobrevivido más de dos mil años a la intemperie, convertidos en uno de los testimonios más directos de la protohistoria peninsular. Es inevitable admitir que mérito tienen, y para rato.
Son piezas toscas, sí, pero cargadas de significado; hablan de economía ganadera, de organización territorial, de creencias protectoras y de un paisaje donde el ser humano y el animal estaban íntimamente ligados. Por eso impresionan tanto cuando aparecen de pronto, sin aviso, en mitad de una calle o en un prado. No están en museos porque nunca fueron pensados para ellos. Siguen en la calle porque siempre pertenecieron al paisaje. Y por eso cuentan, mejor que ningún libro, una de las historias más antiguas y fascinantes de España.
Síguele la pista
Lo último