Ni Toledo ni Guadalajara: el corazón de La Mancha se encuentra en este icónico pueblo plagado de molinos
Este pueblo cuenta con el conjunto de molinos manchegos mejor conservados, desparramados sobre una suave colina que domina sin oposición el infinito paisaje manchego.

Castilla la de abajo, la pequeña. La de los infinitos campos de trigo y cebada que se extienden hasta donde no alcanza la vista, engañando a la mente para hacerla creer que no hay nada más en cientos de kilómetros. De hecho no es así. Castilla-La Mancha es la segunda comunidad más grande de España y una de las más variadas en cuanto a oferta turística, en la que puedes encontrar fortalezas milenarias, ciudades encantadas y paisajes de leyenda; como recién sacados de las primeras páginas de un libro antiguo.
Pero es innegable que el recuerdo de Castilla evoca a una sola cosa, sus interminables planicies doradas, salpicadas por molinos blancos de aspas de madera, que dominan el paisaje. Ese es el precio a pagar por constituir el escenario del libro más famoso de todos los tiempos, que ya difícilmente puede reinventarse en otro sentido. En el caso de Consuegra, precisamente, no es necesario. Pueblo antiguo donde los halla, de origen romano, cuenta sobre sus calles con el paso de todas las culturas que han pasado por la península ibérica, dejando tras de sí un rico legado que hoy forma parte de su tradición.

Anteriormente a los romanos llegaron los carpetanos, pueblo celtíbero que llegó al lugar en el siglo VI a.C. y creó un asentamiento por la importancia que tenía el emplazamiento para la trashumancia. Tiempo después, los romanos lo convirtieron en una villa importante, conectándose a vías comerciales que recorrían Iberia como la Vía Laminium.
Hay que dar un salto hasta después de la Reconquista para encontrar una Consuegra más familiar y reconocible. Durante esta guerra entre musulmanes y cristianos, este lugar fue escenario de innumerables batallas debido a su posicionamiento estratégico y no vio la paz hasta el siglo XI tras la caída de Toledo ante Alfonso VI de León. Desde ese momento, el lugar no cambió mucho hasta el siglo XIX, cuando una fuerte riada que destruyó algunas de las estructuras romanas obligó a remodelar el urbanismo del pueblo al que se conoce hoy en día.
Un patrimonio inmejorable
Uno de los mayores misterios del lugar es la del Castillo de la Muela, una fortaleza que se alza en lo alto de un risco desde donde domina la planicie de la zona desde hace milenios, aunque no se sabe exactamente cuántos. Algunos afirman que la fortaleza fue construida por el mismísimo Trajano en su paso por la península, aunque en la realidad no existen registros del lugar hasta el siglo X, durante la época de ocupación musulmana.

En la actualidad, el castillo es uno de los principales atractivos de la zona. La habilidad arquitectónica de quien lo construyeron no solamente lo hizo perdurar durante siglos, sino que contribuyó a que fuese una pieza clave a lo largo de las épocas, que han marcado la historia del lugar y lo han convertido en una parada indispensable. Cuenta con una doble muralla en la que cuajan tres torreones defensivos, una torre albarrana y el aldabe exterior. En la actualidad se ofrecen visitas guiadas al castillo todos los días de la semana, de lunes a domingo de 10 a.m. a 2p.m. y por la tarde de 3 y media a 6 p.m. que podrán reservarse presencialmente en el lugar añadiéndolas al la entrada libre, disponible por internet.
Junto con el castillo, el monumento más famoso son los 12 molinos de vientos singulares que adornan la colina. Fueron construidos a lo largo del siglo XVIII y parte del XIX, que han perdurado en perfecto estado de conservación. Es incluso posible, en 5 de ellos, ver el antiguo mecanismo de la maquinaria del molino, usada siglos atrás. Desde el centro del pueblo, es una caminata de más de media hora en la que hay que subir el conocido como Cerro Candérico.

El turismo llega atraído por estos dos enclaves míticos, pero se queda para ver otras. La iglesia del Santísimo Cristo de Vera Cruz, que custodia al patrón de la localidad. Construida en el siglo XVIII, su fachada de mármol blanco es una mezcla de barroco tardío con toques neoclásicos y una puerta sorteada por dos columnas salomónicas que dan cuenta de la monumentalidad de la construcción.
No hay que perderse tampoco el museo que alberga el propio edificio, en el que se expone una colección de artículos textiles de singular valor histórico de indumentaria e instrumentos litúrgicos, así como un Lignum Crucis: reliquia de la cruz donde murió Cristo.

Desde la plaza del ayuntamiento, sentir el caminar por los adoquines de un lugar con más de 2000 años de antigüedad no tiene precio y resulta difícil de creer a primeras, aunque tiene una explicación. Sobre este lugar se levantaba el antiguo foro romano de la ciudad. El edificio del ayuntamiento, esconde una curiosidad sorprendente: un antiguo reloj de sol completamente funcional que adorna este edificio construido en 1670.
Comida típica en el interior de un molino
Uno de los mayores atractivos de Consuegra es su oferta gastronómica. Ubicado entre las comarcas naturales de La Mancha y los Campos de Toledo, su comida no puede ser más tradicional. Gachas, migas, duelos y quebrantos, además de distintos platos de caza mayor y menor llenan los menús del día en los restaurantes, donde predominan sobre todo los platos de cuchara. No encontrarás un recetario tradicional más arraigado a la historia del lugar ni a los productos autóctonos como en este lugar.
Además, cuenta con una sorpresa sorprendente para aquellos que están pensando en reservar una mesa. Restaurantes como Gaudí o El Retorno cuentan con excelentes valoraciones de los usuarios por su producto de primera y atención impecable, pero son solo algunos ejemplos de la inmejorable oferta de la zona.

El Alfar, un antiguo taller de alfarería reconvertido en comedor, es considerado como “bien de interés etnográfico” por haber mantenido la esencia de los locales tradicionales entre sus muros. Un último punto es el Gastromolino; una experiencia única reservada a los afortunados que consigan hacerse con una mesa en la que probar las migas, la caldereta de cordero y, por supuesto, una tabla de sus deliciosos quesos manchegos.
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