Tercer viaje a la Alcarria: tras los pasos de Camilo José Cela

Una viajera vuelve sobre los pasos de Camilo José Cela, cuando en 1948 y en 1986 se aventuró a conocer la Alcarria y a escribir dos novelas de viajes que no agradaron a todo el mundo.

Un viaje por la Alcarria, tras los pasos de Camilo José Cela
Un viaje por la Alcarria, tras los pasos de Camilo José Cela / Getty Images

Todo aquel que ha pisado la Alcarria sabe que allí el tiempo se detiene, que las agujas de los relojes no caminan de la misma manera que en otras partes del mundo, ni las hojas de los calendarios se arrancan con esa rapidez que acucia al resto de España. No es necesario alejarse demasiado de Guadalajara, la capital provincial, ni adentrarse en pleno corazón de la región para percatarse de ello. Claramente, esto no sucede en sentido literal, pero sí en un sentido muy literario: unas montañas que se llaman tetas, ancianos con auras de misterio y sabiduría —también otros que aparentan todo lo contrario—, cascadas y ríos atravesando pueblos o castillos de cuentos de hadas. 

No fue demasiado difícil convencer a Camilo José Cela de que era ese el viaje que tenía que hacer. Según cuenta Antonio Herrera Casado, médico, escritor, historiador y cronista oficial de Guadalajara, en una entrevista para este reportaje, unos amigos suyos de Madrid le instaron a visitar “una España profunda, olvidada y a la vez cercana”. Lo que más podría destacarse de este nuevo libro de viajes era la época, pues partió en el inicio de la posguerra, en el verano de 1946, y se topó con un país “retrasado, antiguo, lleno de tontos, faltos, guardias civiles ineptos… pero era una España real”, en palabras de Herrera Casado. Cuando regresó en 1986, con mucha más madurez, una jocosidad fuera de lo común y acompañado de un importante séquito de ayudantes, se topó con una Alcarria muy distinta pero igual en esencia. 

Plaza Mayor de Torija.

Plaza Mayor de Torija.

/ Getty Images

“Yo sé bien que sigue donde estaba porque a esos viejos paisajes geográficos e históricos no se les puede mover ni falsear con facilidad. Yo sé bien que en cuarenta años se pierden muchas cosas, pero también se ganan algunas otras”, afirma el escritor en la primera dedicatoria del Nuevo Viaje a la Alcarria. Desde entonces han pasado otros treinta y ocho años —setenta y seis desde la publicación del primero en 1948— y, de nuevo, volvemos a toparnos con una Alcarria cambiada pero en el mismo lugar. El escritor, biólogo y periodista Francisco García Marquina escribió en su libro Guía de Viaje a la Alcarria (1993) que “Guadalajara, como se ve, da mucho de sí en los dominios de lo insólito”. Allí fue donde el viajero —que así se refiere a sí mismo Cela a lo largo de los libros— se sumergió en 1946 y donde regresó en 1986; y ahí es donde la humilde viajera que escribe este texto hizo lo propio corriendo el año 2024.

Un vistazo a la Alcarria desde la actualidad

La viajera del siglo XXI parte también desde Madrid, al igual que hizo el anterior viajero, el que creó, de alguna manera, el mapa de la Alcarria o, más bien, colocó la Alcarria en el mapa de España. Cuando llega a Guadalajara y comienza con su andadura, se topa con lo que ya vio su predecesor: “Un precioso país al que la gente no le da la gana de ir”. Todo lo que Guadalajara ha crecido como urbe, la mayoría de los pueblos del entorno lo han mermado en importancia y concurrencia —a excepción de Pastrana o Brihuega, que se han convertido en centros turísticos claves—. En ocasiones, incluso pudiera parecer que el tiempo realmente se detuvo en el momento en el que Cela pisó la Alcarria por primera vez. Taracena es el primer pueblo del índice, que actualmente se considera pedanía de Guadalajara, toda remodelada en torno a un desorden urbanístico donde las casas de nueva construcción recuerdan que el tiempo pasa para todos. 

Castillo de Torija.

Castillo de Torija.

/ Istock

Después, Torija, “un pueblo subido sobre una loma” y con un castillo que cuenta con la peculiaridad de que su bandera castellanomanchega tan solo ondea la parte roja, la de La Mancha está arrancada. A las afueras de esta población, ahora salpicada de fábricas y grandes almacenes, se erige un enorme edificio construido en piedra del que tan solo se utiliza una cuarta parte para el Restaurante-Hotel Rural El Salero. Está completamente reformado, con la placa que da fe de su estancia unos metros más allá, al lado de un portón de madera poco lustroso que se yergue en la parte casi derruida. 

La dueña se llamaba Marcela, aunque el viajero la bautiza como Marcelina, un nombre que ella misma detestaba, según dice su heredera María Luisa, la nieta de la propietaria, que justo pasaba por allí para adecentar su parte de la propiedad. Cuenta que desde que se cerró en 1982, a la muerte de su padre, ha supuesto “una auténtica ruina” para ella. “Dicen que hay que renovar o morir, y como no pudimos renovarla…”, apunta la mujer con los ojos llenos de nostalgia.

Embalse de Entrepeñas, cerca de Sacedón.

Embalse de Entrepeñas, cerca de Sacedón.

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Vestigios de Francia y de Turquía

Brihuega ya no aparece “de golpe”, como se la encuentra el viajero la primera vez, sino que se diluye tras unos campos de lavanda que han acaparado todo el protagonismo en los últimos años. Ese poblado de “color gris azulado, como de humo de cigarro puro” ahora se ha tornado en morado. 

Todas las calles, negocios y balcones se visten de este color para recibir el esperado Festival de la Lavanda, que se celebra todos los veranos desde que hace unos cuarenta años un maestro del pueblo que veraneaba en Francia, habiéndose enamorado de esta planta aromática, romántica y vistosa que tan bien queda en las fotografías, decidiera traérsela. “Parece una ciudad antigua, con mucha piedra, con casas bien construidas y árboles corpulentos”, narra Cela. Aunque buena parte del pueblo es así, también sobresalen edificios de varios pisos modernos que, al contrario de lo que pudiera parecer, no rompen con la armonía del lugar.

Tetas de Viana, las dos montañas gemelas de la Alcarria.

Tetas de Viana, las dos montañas gemelas de la Alcarria.

/ D.R.

A las afueras de Brihuega se observa algo que pareciera la misma Capadocia turca: Cívica. Se trata de una pequeña aldea con unos 14 o 15 censados que, según avisa a la viajera Antonio, un vecino de unos 70 años, es una propiedad privada. Añade que albergó “la primera fábrica de moneda de España” y recuerda cuando Cela estuvo allí durante su segundo viaje. Y advierte que, por mucho que se parezca a la Capadocia y atraiga cientos de turistas que creen ver vestigios de una antigua civilización, “eran dos bares que abrieron en los años 60, no eran cuevas ni nada antiguo; el del bar era mi tío, que no tenía pierna”. 

“Lo inventado está cuadrado con lo real”

De Cifuentes, uno de los pueblos más bonitos —y olvidados— de la región, Cela destaca las “puertas con herrajes bonitos, muy artísticos, con aldabones y picaportes de hierro negro, con ojos de herradura que forman dibujos”. Muchos de esos detalles se han ido perdiendo con las pertinentes reformas de las casas particulares. Quizá el Cifuentes de ahora se parezca más a lo que se dice de él en el segundo tomo: “Grandecito y sano, artesanal y comercial, aireado y con mucha agua, con buenas arquitecturas y muy antiguos usos, historias y tradiciones”. Sus calles se articulan de manera laberíntica, salpicadas de monasterios y conventos dignos de cualquier ciudad renacentista italiana. 

“Lo inventado está perfectamente cuadrado con lo real”, explica Herrera Casado recordando anécdotas inventadas que nutrieron el relato del escritor; pues “no tiende a la creación de mundos imaginarios, sino más bien a poetizar sobre los mundos reales”. Aunque hubo invenciones que le causaron problemas, como cuando provocó su encierro en la cárcel de Budia, que hoy, por cierto, está dentro de la Oficina de Turismo. 

Gestival de la Lavanda de Brihuega.

Gestival de la Lavanda de Brihuega.

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En Budia no hizo más que enemigos y todo porque quería aliñar sus vivencias. Provocó que lo encerraran en la cárcel y en otros sitios lo intentó, “pero el gobierno había dado órdenes de tratarlo bien” y, pese a que “la gente no le conocía”, tal y como cuenta el historiador, actualmente le guardan un especial cariño en casi todos los pueblos, con excepciones como El Olivar.

Llegó este hombre, rodeó el pueblo y lo único que se le ocurrió decir es que era una tierra de lobos; y con la persona que se encuentra, Saturnino, dice que es “un ladrón”, cuenta Encarnación García Viana, la viuda de José María Valero Moreno, el alcalde de El Olivar que recibió a Cela durante su segundo viaje. Dice la mujer que como la primera vez “se portó tan mal”, la segunda “no salió nadie a recibirle”. Aun así, Cela corrigió sus palabras en Nuevo viaje a la Alcarria diciendo: “El Olivar es todo él un mirador muy bien cuidado en el que viven pintores y compositores y artistas en general, forasteros que se instalaron aquí en busca de paz e inspiración”.

Calle de Brihuega, con la Puerta de la Cadena al fondo.

Calle de Brihuega, con la Puerta de la Cadena al fondo.

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Con las Tetas de Viana como telón de fondo

Entre Masegoso y Budia se nombran otros pueblos como Moranchel, Gárgoles (de Arriba y de Abajo), La Puerta, Viana de Mondéjar o Trillo. Desde el puente de este último se ve “correr el Tajo, sucio, terroso, con las márgenes imprecisas”. Un anciano le recita un dicho: “Trillo todo lo cura, menos gálico y locura”. Si el refrán quería hacer referencia a la belleza del pueblo, quizá tenía razón. A lo mejor incluso cure gálico y locura. 

El Tajo hoy continúa con su cauce, inamovible, atravesando parte del pueblo y creando unos saltos de agua que atraen más a los turistas que a los propios pobladores. Del mismo modo que lo hace su central nuclear desde su construcción en 1988. Es curioso cómo el entorno tan natural del Tajo queda alterado por este elemento tan artificial que, al mismo tiempo, no molesta en el paisaje. Las torres nucleares se comportan como una especie de Tetas de Viana artificiales. 

Vista aérea de Pastrana.

Vista aérea de Pastrana.

/ Istock

Las Tetas de Viana para la Alcarria son como los Andes para Santiago de Chile, ya que desde casi cualquier zona de la región pueden verse con claridad al ser el punto más elevado de la Alcarria, a un nivel mucho más pequeño. Dejando atrás los pequeños municipios de Casasana y Córcoles, aparece “Sacedón, que está rodeado de campos de trigo verde y lozano, parece un pueblo importante y muy industrioso. El caserío se extiende bastante y la torre de la iglesia destaca airosa sobre todo él”. Es pueblo de calles anchas, con casas muy antiguas, a punto de caerse, y otras muy nuevas, algunas incluso con los contenedores de escombros frente a sus puertas. 

Aquel verano de 1986 pernoctó en el hostal Mariblanca, que todavía conserva su placa intacta, en la que se lee: “La cena discurre abundante y sabrosa y el cabrito, a todas luces mamantón y aún no acorvado, está de rechupete”. Aquella comida la preparó Josefa Bretín, suegra del actual propietario, José Luis Labarra Rubio, que aún hoy recuerda aquella noche con mucho cariño. Tanto, que sabe señalar la habitación en la que durmió, con vistas al jardín, la piscina y la terraza del restaurante. Y destaca que “era un placer oírle hablar, aun con todos los tacos que soltaba. Para personas con unos pocos conocimientos como yo era muy agradable”. Ante la pregunta de por qué Cela escogió su hostal para descansar, Labarra responde tapándose ligeramente la boca: “Está feo que yo lo diga, pero era y es el mejor del lugar”. 

Convento del Carmen, en las afueras de Pastrana.

Convento del Carmen, en las afueras de Pastrana.

/ Istock

De la Calle Mayor de la Alcarria a Pastrana

El penúltimo pueblo, Tendilla, se muestra antiguo. Los comercios —casi todos carnicerías y muchos cerrados— se agolpan bajo los soportales cercanos a la plaza, conservando los carteles del siglo pasado, amarillentos y rotos. Cela habla de “ruinas corrientes poco interesantes” y añade que “es un pueblo de soportales planos, largo como una longaniza y estirado todo lo largo de la carretera”, por ello se conoce como la Calle Mayor de la Alcarria. 

Recuerda en su segundo viaje los motes que va recogiendo durante su primer paseo por la Alcarria y destaca que “estos usos van perdiendo poco a poco virulencia y hoy se ríen a carcajadas los nietos de quienes antes se mataban a palos”. Casi cuarenta años después, estas diferencias quedan olvidadas ya al completo y los bisnietos o tataranietos de aquellos que “se mataban a palos” hoy comparten fiestas en cuanto empieza el verano.

Palacio del Infantado de Guadalajara.

Palacio del Infantado de Guadalajara.

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El último capítulo lo dedica a un único pueblo: Pastrana, y a una pequeña incursión a Zorita de los Canes. Al viajero “recuerda, de una manera imprecisa, a Toledo y, algunas veces, a Santiago de Compostela”. No le falta razón. Es una gran localidad medieval y, al mismo tiempo, un enorme mirador hacia las Alcarrias, que aparecen imponentes frente a la plaza central. Sus rincones susurran historias antiguas y sus negocios se enfocan en la artesanía, el chocolate y en productos relacionados con la princesa de Éboli, pues es el lugar en el que pasó encerrada los últimos once años de su vida. 

No es solo el valor histórico el que hace de Pastrana un pueblo de cuento, sino el aura que desprende e impregna al caminante en cualquier época del año. No importa la manera en que se viaje; si es como hizo Cela, “lleno de buenos propósitos” y pensando en “rascar el corazón del hombre del camino, mirar el alma de los caminantes asomándose a su mirada como al brocal de un pozo”, o si es como hace esta viajera de 2024, con dos libros y una libreta bajo el brazo, una cámara colgando del cuello y los oídos bien abiertos.

El viajero da por concluida su excursión tras una breve visita a Zorita de los Canes. “Ha aprendido muchas cosas y, sin duda, le han quedado otras muchas por aprender. Caminó por donde quiso y por donde no quiso pasar dio la vuelta…”, concluye su Viaje a la Alcarria. 

Este pequeño país al que la gente no le da la gana de ir ha quedado sumido en un profundo sueño del que pareciera no querer despertar. Un sueño que cambia de acepción para los viajeros que se lanzan a pasearlo y para los que viven tranquilos en alguno de sus pueblos. Pues más de uno y más de dos han establecido allí su hogar después de descubrirlo y no quieren que, de pronto, a demasiada gente le empiece a dar la gana de ir. 

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