Somiedo: mujeres en tierra de osos

Dos vaqueiras de alzada y la última molinera de este concejo asturiano nos acompañan a ver animales salvajes, casas de teito vegetal, lagunas glaciares y aldeas fantasmales. Hay que ser muy mujer para vivir aquí.

Una tierra de osos pardos... y de mujeres que aman su hogar.
Una tierra de osos pardos... y de mujeres que aman su hogar. / Andrés Campos

En Roswell, Nuevo México, hay señales de tráfico que advierten de la presencia de alienígenas. Al poco de pasar el puerto de Somiedo, viniendo de León, se ve una aún más inquietante. ¿La de riesgo de aludes? No, esa no. La que hace tragar saliva a los conductores dice ATENCIÓN y muestra cómo cruzan la carretera dos osos que, comparados con los cochecitos que aparecen en la misma señal, deben de tener 2,25 metros de alzada y pesar dos toneladas. Al que ha pintado la señal se le ha ido la mano, vale, pero lo cierto es que en ningún otro lugar de España hay tantos osos pardos como en este concejo del suroeste asturiano: 280. Si en vez de andar por libre y a la greña, se unieran y formaran una aldea, esa sería la más grande de Somiedo, que solo tiene mil y pico vecinos repartidos en 39 pueblos. Sería la capital: Villaosos de Somiedo.

Lago del Valle, en Somiedo.

Lago del Valle, en Somiedo.

/ Andrés Campos

Villaosos no existe —¡lástima!—, pero existe La Peral, que es el primer pueblo que se encuentra después de ver la señal y donde es más fácil observar a estos peludos somedanos. Al mirador que hay en lo alto del caserío, viene a menudo con sus telescopios y sus clientes Sofía G. Berdasco, fundadora y guía de Somiedo Experience, la empresa líder en avistamiento de animales salvajes en este parque natural y reserva de la biosfera. El pueblo, rodeado de imponentes montañas y salpicado de casas de teito vegetal, es muy guapu. Y la posibilidad de avistar osos, muy alta. Pero lo que hace la experiencia memorable es ver y oír a la propia Sofía mientras registra píxel a píxel con su ojo de águila, agudizado por Kite Optics, los vericuetos de una tierra que conoce bien desde niña, cuando iba y venía por ellos con sus padres, vaqueiros de alzada.

Adriana Fernández

Aventuras y desventuras de los vaqueiros de alzada

Vaqueiros de alzada eran los ganaderos trashumantes que subían en verano con sus vacas desde otros concejos en busca de los pastos siempre verdes de estas montañas, instalándose en El Puerto, La Falgera, El Llamardal y La Peral. Como no pagaban el diezmo, ni eran llamados a filas y solo se casaban entre sí, los vaqueros sedentarios, los xaldos, no los tragaban. Y siguen sin tragarlos. Sofía, que aún se siente y es considerada vaqueira de alzada, nos cuenta agravios sufridos por ella que no son para decirlos aquí, sino delante de un juez. Luego alza los prismáticos y canturrea una vaqueirada: “Al señor cura del Puerto, / capáilo capadores / que confiesa a las mulleres / debajo los cobertores”. Hablando de capar: en el siglo XVII, un noble asturiano pidió al rey que se castrase a todos los vaqueiros de alzada para que no se extendiese la raza.

Central hidroeléctrica de la malva, cerca de Pola de Somiedo.

Central hidroeléctrica de la malva, cerca de Pola de Somiedo.

/ Andrés Campos

El avistamiento en espera a larga distancia, de un par de horas, se completa con una ruta interpretativa a pie de similar duración en la que Sofía nos demuestra su pericia rastreadora. Los pieles rojas de los westerns, a su lado, son boy scouts. Todo lo ve y lo reconoce: huellas de manos y pies osunos, rasguños, mordeduras, excrementos llenos de pipos de cerezas en primavera y plastas XXXL en otoño, cuando los autores se preparan para hibernar comiendo 40 kilos al día. Después, en la capital del concejo, Pola de Somiedo, nos abre la Casa del Oso y nos enseña más huellas suyas, el cráneo enorme de uno de hace 10.000 años hallado en una sima cerca de los lagos de Saliencia y los ominosos cepos y lazos de acero con que se los cazaba hasta no hace mucho, poniendo al borde de la extinción a una especie que, en poco tiempo y con mil cuidados, ha vuelto a prosperar en la cordillera Cantábrica, donde hay unos 400 ejemplares.

Una de las brañas de Somiedo, con sus cabañas de 'teito'.

Una de las brañas de Somiedo, con sus cabañas de 'teito'.

/ Jose Alberto Puertas

Otro lugar interesante de la capital es el restaurante El Meirel, en cuya terraza hay una osa inmensa y rugidora pintada por el artista urbano El Séptimo Crío. Aquí suelen comer Romain Guerain, fotógrafo profesional francés entusiasta del oso pardo y guía de otros fotógrafos en su empresa North Mountain, y Juan Sánchez, el hermano de la dueña y encargado de La Malva, la primera gran central hidroeléctrica de Asturias, de 1917. Cuatro cosas llaman la atención de esta. Una, su ubicación en un precioso desfiladero a tres kilómetros de Pola, río abajo. Dos, los coches que colecciona Juan y con los que va a trabajar cada día: un Porsche 911, un Ford Probe 24V y un Jeep Wrangler Rubicon. Tres, la esvástica que luce el cuadro de mandos de la compañía sueca ASEA, muy anterior a los nazis. Y cuatro, las piedras que los osos y los rebecos hacen rodar desde las alturas —sin querer, se supone— y que obligan a visitar la central con casco.

De las casas de teito a los lagos glaciares

Nada más pasar junto a La Malva, se desvía a la derecha la carretera que lleva a Veigas, donde se conservan en perfecto estado y se enseñan tres casas de teito, con techo vegetal de escoba o retama, como eran todas antiguamente en estas montañas. La guía del Ecomuseo de Somiedo, Marité Lana, que pasó muchas noches en una cabaña de teito de la braña de Sobrepena, cerca del lago del Valle, cuando subía de chica a ordeñar las vacas con su padre y sus hermanos, las muestra con un entusiasmo contagioso, encomiable. El agua de lluvia no entra, ni entraba. ¿Y el humo, por dónde salía?, porque no se ven chimeneas… “El humo del hogar”, explica Marité, “se filtraba poco a poco por las rendijas del armazón de madera que sostiene la cubierta vegetal, manteniéndolo libre de carcoma y parásitos”. Ahí dentro todos eran humeadores pasivos.

Señal en la carretera cerca de Pola de Somiedo.

Señal en la carretera cerca de Pola de Somiedo.

/ Andrés Campos

En el mismo valle que Veigas, pero mucho más arriba, están Saliencia y sus cuatro lagos glaciares. Del alto de La Farrapona, puerto de primera de la Vuelta a España, sale un camino que permite acercarse paseando a esos espejos altísimos, donde se miran los osos, los rebecos, las nutrias, los alimoches y las águilas reales. Y si hay Alguien más en el cielo, también. A los cinco minutos de andar por ese camino, se descubre un flamante mirador de acero corten en forma de lazo, pelín excesivo para estas alturas y estas soledades. Al alcalde de Somiedo le gusta. A Puerto & Sánchez Arquitectos les gusta. A los ecologistas, no. Y a la vaqueira de alzada Sofía G. Berdasco, tampoco.

Mejor que subir a los lagos de Saliencia, donde ya va mucha gente, quizá demasiada, Sofía nos recomienda ir a Valle de Lago y visitar el molino de Guillermina Tablón, que es de teito vegetal y el único de Somiedo que funciona todavía. Guillermina heredó de sus abuelos este tesoro etnográfico de 1835 —de ese año es el legajo más antiguo que lo menciona—, lo restauró a fondo durante la pandemia y ahora lo enseña por placer, gratis a los huéspedes de su casa rural La Corona del Auteiro y pidiendo tres euros a los demás para que no piensen que su molino y su tiempo no valen nada, le den plantón y le quiten ese gusto. El agua que lo mueve es purísima —sale del lago del Valle, el mayor de Somiedo, también de origen glaciar—, como la sonrisa de Guillermina cuando limpia el canal y el cárcavo con el azadón, abre las compuertas de madera, pone a girar el rodezno y la piedra volandera y muele el puñado de trigo que ha traído para la demostración. Así sonríen los niños, los ángeles y Guillermina Tablón.

Valle del Lago, Somiedo.

Valle del Lago, Somiedo.

/ IMAG3S

Cuatro molinos había en Perlunes, el último pueblo que visitamos en Somiedo y el más recóndito. “Solo vive una familia todo el año”, nos ha dicho Marité Lana, la guía del ecomuseo de Veigas, y viendo la carretera de seis kilómetros, 60 curvas y 623 metros de desnivel que conduce de Pola de Somiedo a Perlunes —con permiso de Nuberu, el hacedor de la lluvia, el granizo y la nieve—, entendemos por qué. Además de cuatro molinos, en Perlunes había y hay un abrevadero, una fábrica de luz, dos fuentes, otros tantos lavaderos y tres olleras o neveras acuáticas donde los vecinos mantenían frías la leche y la nata. Hace unas décadas aquí vivía una multitud de 60 personas. Ahora hay días que no se ve un alma. Bueno, sí, se ve una. Siguiendo la ruta etnográfica que recorre todos esos elementos hidráulicos, nos topamos en el lavadero del Mediu’l Pueblu con Dolores F. Riesgo, una antigua vaqueira de alzada que emigró a Oviedo de joven y volvió ya casada y con dos hijos mayorcitos para vivir de la ganadería. No solo volvió a Somiedo. Volvió al pasado. A los cinco minutos de encontrarla, estamos sentados al amor de su cocina de leña con ella, su marido, sus dos hijos y sus dos perros, a unos 40 grados —Celsius, no Fahrenheit—, tomando chorizo casero, pan de vaya-usted-a-saber-dónde y una Coca-Cola clásica, porque lo sin azúcar, sin cafeína y sin un cigarrillo después de comer no han llegado aún a Perlunes. ¿Y una cerveza sin alcohol? Tampoco. Dios bendiga a este rincón de España anclado en los años 90.

Avistando osos en Somiedo.

Avistando osos en Somiedo.

/ Andrés Campos

Hablan los vecinos: así es vivir en Somiedo

Sofia G. Berdasco, una de las vecinas de Somiedo

Sofia G. Berdasco, una de las vecinas de Somiedo

/ Andrés Campos

Sofía G. Berdasco

Miraosos y miralobos

Miraosos llaman los vecinos con sorna a todos los que, como Sofía (Llamardal, 1981), andan con sus telescopios y teleobjetivos detrás de los osos pardos. Pero ella no es una miraosos más. “Nací y me crie en el monte, en una familia de vaqueiros de alzada. Y sigo en él, enseñando la fauna salvaje a los turistas en Somiedo Experience (somiedoexperience.com). La naturaleza es lo mío. Soy parte de ella. Y ella es parte de mí.” También el lobo, que era lo que más temía en el mundo de niña. “Dormir cerca de una manada y oírlo aullar al anochecer, bajo la luna, es la experiencia más intensa que he vivido. Mucho más que verlo. Ahora me cuesta encontrarlo más que cuando era pastora. Saber que existe ya es suficiente alegría. Verlo es un premio. Pero siempre con respeto, a gran distancia, sin que sepa que estamos allí. Si lo sabe, deja de ser natural.”

Guillermina Tablón en el Molino de Guillermina.

Guillermina Tablón en el Molino de Guillermina.

/ Andrés Campos

Guillermina Tablón

Molinera por gusto

“Mi abuela Filomena siempre decía que la mejor vaca que teníamos en casa era el molino. Que, por lo menos, el pan ya lo teníamos.” Guillermina (Valle de Lago, 1970) no hace pan. Ni falta que le hace. El molino es su pan de cada día, lo que hace por gusto. La poca harina que muele mientras lo enseña no se aprovecha y no se plantea moler más y hacer algo con ella “por los bichos”. Se refiere a los insectos que vuelan y se arrastran por los molinos desde que el mundo es mundo. Los bichos que galopan y cacarean, en cambio, sí le gustan. “Tengo cinco yeguas para que las vean y apadrinen mis huéspedes de La Corona del Auterio (lacoronadelauteiro.com). Y gallinas y un huerto para que desayunen como Dios manda”. Se conoce que a los tomates de Guillermina no los atacan los pulgones, las arañas rojas ni las chinches. Qué suerte.

Dolores F. Riesgo junto all lavadero del ediu´l pueblu, en Perlunes, Somiedo.

Dolores F. Riesgo junto all lavadero del ediu´l pueblu, en Perlunes, Somiedo.

/ Andrés Campos

La última de Perlunes

Los Últimos de Perlunes. Así ha bautizado un diario digital de la comarca a la familia de Dolores. “Nací en El Puerto en 1969 y fui vaqueira de alzada hasta los 16 años. Después trabajé como administrativa en Oviedo, hasta que me harté en 2014 e hice realidad mi sueño de volver para quedarme en Somiedo y vivir de la ganadería, primero de las cabras y ahora de las vacas, porque los lobos no respetan a nadie y menos a las primeras.” Solo hay algo que Dolores odie más que los lobos. Las influencers. Sobre todo, a una que presume de que es ganadera en Perlunes y, en invierno, no se la ve el pelo en este apartado valle. A la Ganadería Los Turrucos, la de Dolores y su hijo, tampoco se la ve el pelo en Instagram, ni en TikTok. Solo en Facebook. Muy modernos, Los Últimos de Perlunes no son. Ese es parte de su encanto. Quizá el mayor.

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