Este pueblo de Mallorca escondido en la Sierra de la Tramontana tiene naranjos centenarios, una iglesia modernista y el tranvía más bonito de España
El pueblo de Sóller, en el noroeste de Mallorca, es una joya creada por un discípulo de Gaudí donde el tiempo parece haberse detenido a principios del siglo XX.

Solo hace falta una hora para llegar en tren desde Palma hasta el pueblo de Sóller, en la Mallorca más rural. El recorrido puede ser breve, pero basta con un rato para quedar impreso en la memoria.
Como si jugara a ser la antesala de lo que descubriremos en el destino, el trayecto nos transporta a una época pasada desde el momento en que ponemos un pie en el vagón. Y es que el tren que realiza este viaje ha mantenido intactos los coches, la maquinaria y el trayecto original que se inauguró en 1912 y que abrió un capítulo de la historia de un pueblo que, hasta entonces, había estado aislado del resto de la isla balear.

A bordo de un vagón de madera que se ha conservado hasta el más mínimo detalle, el viajero disfruta de una ruta que es Mallorca en su apogeo. Las vías atraviesan campos, túneles, altos con vistas al interior de la isla. La desembocadura es en la plaza principal de Sóller.
Ubicado a tiro de piedra de Deià, en la costa noroeste de Mallorca, el municipio debe a su orografía su historia y buena parte de su encanto. Enclavado entre las montañas de la Sierra de la Tramontana, y separado de sus localidades hermanas por la Sierra de Alfàbia, la comunicación entre el pueblo y la capital de la isla fue muy limitada. Al abrir el siglo XX comenzó a tomar forma la iniciativa del diputado provincial Jerónimo Estades, oriundo del pueblo, para tender vía entre Sóller y Palma de Mallorca. La llegada del tren permitió que el pueblo se nutriese de las tendencias estéticas que estaban llegando a la isla desde Francia, a donde habían emigrado muchos de los locales en el siglo anterior, y a que, en consecuencia, se construyera su particular identidad arquitectónica, que se ha mantenido intacta hasta hoy.

El pueblo de Sóller, Mallorca: una joya modernista entre montañas
Aunque el marcado carácter del pueblo se definió de principios a mediados del siglo XX, los primeros sollerics se registran tan tarde como en el 5.200 a.C. en Muleta, el cabo inferior que delimita el puerto.
Más recientemente, en mayo de 1561, tuvo lugar el acontecimiento más célebre de su historia: un intento de invasión de la isla por parte de los corsarios argelinos, que comenzaron su ataque por el Puerto de Soller. El pueblo logró repelerlos y este acontecimiento es recordado cada año el día 11 de mayo con sus famosas fiestas del fuego, el Firó.

Pero, si viajas a Sóller, la Mallorca que más vas a ver reflejada es la modernista. Hay tres edificios clave que contribuyen a crear el carácter del pueblo: la Iglesia de San Bartolomé, el Banco de Sóller y el Museu Can Prunera.
La Iglesia de San Bartolomé de Sóller
Es imposible no verla: domina la plaza principal del pueblo con su llamativo cuerpo de piedra. La fachada no es la original: la iglesia comenzó su construcción en 1229, tras la conquista del rey Jaime I, y fue reconstruida en 1492, en 1733 y, por último, en el año 1904. Esta última reforma, la que podemos apreciar hoy, fue diseñada por Juan Rubio, un arquitecto original de Reus que había sido discípulo de Antoni Gaudí mientras trabajaba en la Catedral de Palma.
Siguiendo sus enseñanzas, cambió la entrada principal de la iglesia a donde se ubica hoy –quien se acerca al lateral puede apreciar la puerta original, con arco de medio punto, tapiada– y dotó a su fachada y a las capillas interiores de un carácter modernista y neogótico.
¿Las mejores vistas de la iglesia? Después de recorrer sus interiores, es obligatorio parar a tomar un (carísimo) apertitivo en una de las terrazas que se ubican en el estrado de la plaza, abrazadas por la vegetación y la parroquia.

El Banco de Sóller
También Juan Rubio es responsable del edificio del Banco de Sóller. El llamativo edificio fue construido en 1899 para competir con el Banco de Crédito Balear y se alza, esquinado, en la misma plaza que su iglesia hermana. El objetivo de los fundadores era captar el patrimonio de los muchos emigrantes de Sóller que dejaron el pueblo en el siglo XIX en busca de fortuna en Francia y América. Hoy es la sede del Banco Santander.

El Museu Can Prunera
Si cualquier paseo por las calles de la ciudad se siente como un viaje en el tiempo, el Museu Can Prunera es la culminación de esas sensaciones. Es, lo habéis adivinado, un edificio modernista. La autoría se desconoce, aunque tiene muchas papeletas de ser también obra de Juan Rubio.
El edificio originalmente era la casa particular de Joan Magraner Oliver, conocido como Joan Prunera, un inmigrante solleric que se enriqueció haciendo negocios en Francia. Por este motivo el edificio, aunque sigue la estela de los edificios modernistas del pueblo, incluye también algunas referencias de estilo Art Nouveaú francés, el estilo de moda en la época y en el país galo, probablemente importadas por el propietario.

Aguantó como vivienda hasta 2006, año en que fue adquirido por el Ferrocarril de Sóller. Después sufrió un proceso de transformación de tres años durante los cuales fue minuciosamente restaurado para recuperar el encanto de su primera infancia. Mobiliario, vidrieras, enlosados y hasta la jardinería han sido reimaginados para imitar lo que fue en el momento de su construcción.
En mitad de ese viaje al pasado vive el arte contemporáneo. El edificio, reconvertido en casa-museo, aloja obras de la colección particular de Pedro A. Serra. Obras de Miró, Picasso y Warhol conviven con artistas locales. Destaca una sala dedicada al pintor solleric Juli Ramis Palau, que se ha completado con donaciones de particulares que tenían las obras en su domicilio y se han puesto a disposición del gran público por primera vez en este museo.

Un viaje en tranvía hacia el puerto
El tren que une Sóller con Palma no es el único transporte de época. Desde la misma plaza de la iglesia se puede hacer el transbordo al tranvía del Puerto de Sóller. El trayecto, que fue inaugurado unos años después que la vía de tren, se creó para transporte de personas y mercancías (el pescado viajaba del puerto al pueblo y el carbón, del pueblo al puerto).
El viaje dura aproximadamente veinte minutos y recorre las calles del centro para, después, adentrarse en un pasillo de naranjos. El último tramo, ya en el puerto, corre en paralelo al paseo marítimo, ofreciendo vistas a las icónicas construcciones de piedra con contraventanas verdes, a la derecha; y al mar en calma, a la izquierda.

Un destino de playa y montaña
Que no nos confunda la cercanía a la costa. Aunque Sóller es un destino ampliamente popular debido a sus pequeñas playas y la posibilidad de amarraje para amantes de la navegación; no dejamos de estar insertados en plena Tramontana.

Tanto desde el pueblo como desde el puerto salen numerosas rutas de ciclismo y senderismo que exploran una de las sierras más bonitas de España (no en vano está declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO). Algunas de ellas son el Camí de Castelló, que une Sóller y Deyá con un camino empedrado de 7 kilómetros; la que lleva al faro de Cap Gros, un mirador perfecto para ver atardecer; y la famosa ruta al refugio de Muleta, 7 kilómetros bordeando el acantilado y con constantes vistas al mar.
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