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Sigüenza a través de sus vecinos: entre barrancos dulces y ríos salados

Dos paisajes bien distintos rodean la ciudad del Doncel en el norte de Guadalajara: el barranco del río Dulce y el valle del río Salado. Las ruinas de las salinas de Imón, antaño tan importantes, dejan un regusto agridulce.

Vecinos de Sigüenza: entre barrancos dulces y ríos salados.

Vecinos de Sigüenza: entre barrancos dulces y ríos salados. / Andrés Campos

"Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.” La famosa frase de Nick Romano (Llamad a cualquier puerta, 1949), con un par de arreglillos, le viene como anillo al dedo al vecino más ilustre de Sigüenza, Martín Vázquez de Arce: “Vive deprisa, muere doncel y deja una bonita escultura funeraria”. Unamuno le llamó doncel —chico, mozo— como un cumplido, y con ese nombre se quedó, pero la verdad es que tenía ya 25 años y una hija cuando murió en Granada luchando como caballero de Santiago contra los moros. Lo que no admite discusión es que la suya es “una de las estatuas más bellas de España” (Ortega y Gasset, El espectador, 1916).

Barranco del Río Dulce.

Barranco del Río Dulce. / Andrés Campos

Poco antes de que la bautizara Unamuno, Ortega había la había descubierto en una capilla de la nave occidental de la catedral de Sigüenza: “Es un guerrero joven, lampiño, tendido a la larga sobre uno de sus costados. El busto se incorpora un poco apoyando un codo en un haz de leña; en las manos tiene un libro abierto; a los pies, un can y un paje; en los labios, una sonrisa volátil (...), dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica? (...) Nadie sabe quién es el autor de la escultura. Por un destino muy significativo, en España casi todo lo grande es anónimo”. Los vecinos del Doncel dicen que lleva 500 años con el mismo libro y no ha pasado una página. Por un destino muy significativo, en España casi todo lo grande se toma a chacota.

Roca arenisca típica de Sigüenza, en el Pinar de Sigüenza.

Roca arenisca típica de Sigüenza, en el Pinar de Sigüenza. / Andrés Campos

Después de saludar al Doncel, el viajero sube por la calle Mayor para conocer a otros vecinos curiosos. Al principio de la cuesta, aún en la plaza Mayor, se para a pegar la hebra con Gustavo Delgado. Este artista joyero de maciza barba hípster —nada que ver con el lampiño Doncel— labra esculturas preciosas y minúsculas tomando como modelos distintos elementos del paisaje urbano, como las ménsulas de los balcones o como las gruesas cadenas de la plaza, esas que evitan que los sedientos lleguen en coche hasta la misma terraza de Los Soportales y pidan a voces: “¡Camarero, un fino seguntino!” Gustavo le explica que esta poción —gaseosa, vermú rojo y espuma de cerveza—la inventó un hostelero local en 1947, cuando un torero apodado el Fino le pidió algo que le diera valor pero no lo emborrachara. Es cierto que un fino no embriaga. Pero dos hacen que al bebedor se le dibuje una sonrisa volátil, como la del Doncel.

Guillermo de Lama, escultor de Pelegrina.

Guillermo de Lama, escultor de Pelegrina. / Andrés Campos

En el número 9, el viajero vuelve a detenerse, ahora en el Taller Edad Media, para ver cómo Arancha Ruiz y Jorge Arroyo reproducen con sus pinceles famosos pantocrátores y agnusdéis de diversas iglesias románicas de España, y se imagina, entornando los ojos, que se encuentra en la ermita de San Baudelio de Berlanga cuando la estaban decorando, en el siglo XII, no cuando estaban arrancando sus pinturas murales para vendérselas a Leone Levi, en 1922. Calle arriba, Diego Moreno, el dueño del moderno Albergue de Sigüenza —moderno por dentro, porque por fuera es de 1785—, le muestra los alvéolos grandes como puños que la erosión ha producido en la piedra arenisca, la carne aparentemente firme pero frágil de Sigüenza: sic transit petra mundi… Diego se lamenta acodado sobre un tronco esculpido por Guillermo de Lama, un artista de la pedanía de Pelegrina. Este escultor —le comenta Diego— se hace con los troncos de los nogales secos del barranco del río Dulce, los desinsecta con gasoil todo un año, los talla, los pule y los deja abstractos y relucientes, tal como pueden verse —y comprarse— en la Galería de Arte Sigüenza, en la taberna Calle Rompeculos y aquí.

—¿Cuánto cuesta? 

—Dos mil euros. 

—¡Vaya!, no llevo suelto.

En busca de los gustos de antes

Más arriba, donde se acaban las piedras rojas de Sigüenza y empieza su cielo azul impoluto —y de noche, negro-negrísimo, con certificado Starlight—, está el Parador, el castillo que fue residencia de los obispos seguntinos y cuatro años cárcel de Blanca de Borbón, la mujer de Pedro I el Cruel, quien luego la mató. Dicen que esta noble vecina vaga a la hora bruja por los pasillos del hotel. Tendrá el sueño ligero. O hambre.

Plato del restaurante El Doncel, Sigüenza.

Plato del restaurante El Doncel, Sigüenza. / Andrés Campos

No un poco de hambre, sino una gazuza inmensa, es lo que le entra al viajero después de andar arriba y abajo por las calles y travesañas medievales de Sigüenza. Si quiere dulce, irá a calmarla a la pastelería Gustos de Antes, donde Irene Gómez hace magdalenas y otras muchas cosas ricas con los trigos ancestrales que cultivan unos heroicos agricultores en la pedanía de Palazuelos. Si prefiere salado, se acercará al restaurante El Doncel, donde Quique Pérez elabora platos excepcionales en la misma casa que los hacía su abuela y los sirve en el mismo comedor en que Félix Rodríguez de la Fuente y su equipo de El hombre y la Tierra —habituales de aquel hostal en los años 70— filmaron a los lirones caretos en una jardinera, detrás de un cristal espía. ¿Pero no decía el amigo Félix que esos “duendecillos” —hablaba mucho con diminutivos, como Rajoy— estaban ocultos “en el corazón de un viejo tronco perdido en el bosque…”? 

Para ver Sigüenza bien se necesitaría una semana, porque además de la ciudad, hay 28 pedanías, a cuál más interesante. Como la recién mentada de Palazuelos, una villa conocida como la Pequeña Ávila por su gran muralla, o como la vecina Carabias, cuya iglesia románica tiene un pórtico enorme de 22 arcos, casi el doble que habitantes. Y hay también dos espacios naturales: el barranco del río Dulce y el valle del río Salado.

Puerta del Toril o de la Cañadilla de Sigüenza con la catedral al fondo.

Puerta del Toril o de la Cañadilla de Sigüenza con la catedral al fondo. / Istock

En este último se encuentran las salinas de Imón, que fueron las más importantes de Castilla en la Edad Media: de ellas salía el 7 % de toda la sal que se extraía en España. En 1993, cuando la sal ya no valía casi nada y fueron clausuradas por deficitarias, todavía producían ¡una tonelada por alberca y semana! El viajero, que tampoco es ya un doncel, vio hace 25 años sus norias de sangre y sus almacenes en bastante buen estado: hoy están completamente arruinados. Sigüenza, sin el otrora boyante comercio de la sal, no hubiera sido lo que fue y es. Honorio Fernández aconseja a los huéspedes de su Hotel Salinas de Imón, que fue residencia del administrador de las mismas, dejarse de peligrosas ruinas y dar un tranquilo paseo de 10 minutos por la carretera, admirando un asombroso paisaje cuadriculado de canales y albercas meticulosamente empedradas, y luego otro de media hora para subir al castillo de la cercana Riba de Santiuste, que está encaramado a cien metros de altura sobre el valle del río Salado, en un cerro lleno de pliegues y fracturas, de estratos de arenisca roja y amarilla, de cristales de sal y de ripples: ondas dibujadas por la marea en una playa millones de años atrás, cuando en Guadalajara había mar. 

Salinas de Imón.

Salinas de Imón. / Andrés Campos

Este castillo también tiene fantasma, una tal Manuela, a la que Íker Jiménez dedicó un reportaje en el programa Cuarto milenio. Pero no se puede visitar por dentro. ¡Vaya! El paisaje salado de Sigüenza podría ser un fabuloso imán de turistas, como el Valle Salado de Añana, en Álava. Pero solo es ruina y melancolía.

Tras las huellas de Félix Rodríguez de la Fuente

El viajero, para sacudirse la tristeza, decide concluir su periplo por las tierras seguntinas visitando el barranco del río Dulce, que tiene un mejor sabor. En la pedanía de Pelegrina —14 vecinos, una iglesia románica y un castillo en lo alto— arranca un sendero señalizado que le permite recorrer cómodamente el fondo del barranco en una hora y media, viendo espléndidas alamedas, agujas y torres calcáreas, ciudades encantadas, cascadas y un montón de aves rapaces. Y también la caseta de Félix Rodríguez de la Fuente, donde este guardaba el equipo con el que filmaba aquí mismo a los lobos, las águilas, las nutrias y demás bestezuelas de Fauna ibérica, la serie que hace 50 años hizo volar con la imaginación a los telespectadores a algún valle perdido de Galicia o de los Picos de Europa, estando como estaba rodada a una hora de Madrid. Tampoco muchos de aquellos animales eran tan salvajes como los pintaba Félix. Las águilas, por ejemplo, después de actuar, dormían en el desván del hostal de la abuela de Quique Pérez, en Sigüenza. Encima del hoy famoso y reluciente restaurante El Doncel.  

Vecinos de Sigüenza

  1. Arancha Ruiz, pintora del Románico

 “Sigüenza es como un marco”: el marco perfecto para las obras que Arancha Ruiz (Madrid, 1977) pinta desde hace 19 años con su marido, Jorge Arroyo (Madrid, 1978). “En el Taller Edad Media (@talleredadmedia) hacemos reproducciones de pintura mural románica española sobre tabla” y las hacen tan bien -con su estuco mezclado a la antigua y sus grietas–, que el mismísimo Museu Nacional d'Art de Catalunya les encarga reproducir las maravillas de Taüll o de Boí para venderlas allí. Es como si el Vaticano le pidiera a un pintor de Sigüenza que copiara la Capilla Sixtina. “En Sigüenza nos sentimos arropados por el sitio, por el entorno, por la arquitectura, por la historia, por todo…” El local donde trabajan y venden al público –calle Mayor, 9–, más que una tienda, parece un scriptorium: “La casa, según las escrituras, es de 1500 y cuando picamos salió un arco del siglo XVI”. Es un lugar inspirador. ¿Otro? “El Pinar de Sigüenza. Desde allí se ve la ciudad entera, desde la catedral hasta el castillo, incontaminada de modernidad”. Es el marco de sus obras. No ha cambiado en mil años.

Arancha Ruiz, pintora del Románico.

Arancha Ruiz, pintora del Románico. / Andrés Campos

  1. Quique Pérez, chef del restaurante El Doncel

Quique (Madrid, 1974) aprendió a cocinar con su abuela Pilar –“lo que hacía ella era puro kilómetro cero–, mientras su hermano Edu (Sigüenza, 1979) tiraba cañas en la barra del primitivo El Doncel (eldoncel.com) subido a unos ladrillos, porque no llegaba. Huelga decir que El Doncel aún no tenía una estrella Michelin –esa empezó a brillar en 2017– y que Quique aún no había creado delicias como el tartar de trucha con mango, sisho verde y tocino ibérico o el chocolate, miso y miel, que siguen siendo cocina de kilómetro cero, muy de Guadalajara, pero después de dar la vuelta al mundo y pasar por Japón. ¿Qué le apetece comer a alguien que firma 700 obras de arte gustativas cada día?: “Una gilda con una buena anchoa y una cerveza”, contesta Quique sin dudarlo un nanosegundo. A Edu, que hoy es jefe de sala, lo que le mola es “un plato de cuchara con un pan rico para mojar”. Al viajero le chifla el plato titulado “Gente corriente, risas, como en casa”. No lo busquen. No está en la carta. Está en el aire.

Quique Pérez, chef del restaurante El Doncel.

Quique Pérez, chef del restaurante El Doncel. / Andrés Campos

  1. Matilde Gómez, la loca de Santamera

En Santamera, una aldea fantasmal del valle del río Salado, vive desde hace 34 años la maestra de grabado Matilde Gómez (Ponferrada, León, 1966). Descubrió el lugar por casualidad, porque su hermana se perdió montando en bici de montaña, y se compró una casa sin verla por dentro, por un millón de los de entonces. En pleno confinamiento, creó La Calcografía (lacalcografia.com), uno de los mejores talleres de grabado de España. Y el más remoto.

Matilde Gómez, la loca de Santamera.

Matilde Gómez, la loca de Santamera. / Andrés Campos

En Santamera solo hay media rayita de cobertura y cuatro vecinos, cinco con ella. El resto habían salido pitando cuando se construyó el embalse de El Atance, río abajo, y las aguas empezaron a subir peligrosamente. Aquí ella es feliz con sus tórculos, su colección de obra gráfica contemporánea –a la venta por suscripción–, sus alumnos –imparte talleres desde 40 euros­­– y, cuando no hay ninguno, con sus discos de ópera a todo trapo y sus meditaciones campestres. “Hay una piedra con la forma de mi culo, donde me siento a ver cómo se levanta la niebla y aparece el cañón del Salado atiborrado de buitres”. Sentada en ella pensó la frase que resume su locura: “Cuando uno llega por casualidad y solo quiere salir con los pies por delante”.

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