Lo llaman el secreto medieval de las Cinco Villas: el pueblo más infravalorado de España es también uno de los más bonito
El pueblo aragonés con la segunda judería más importante de Zaragoza, un imponente castillo y una ubicación de postal.

Hay pueblos que parecen salidos de un catálogo, otros que viven de su fama y algunos, como Biel, que ni se enteran de lo espectaculares que son. Y quizás es por eso por lo que enamoran más. Escondido entre montañas y sin hacer mucho ruido, este rincón aragonés no se esfuerza en demasía en ser tendencia en Instagram ni presume de cifras o récords. Simplemente está ahí, con su castillo milenario, sus callejuelas y sus historias a cuestas, esperando que alguien con buen ojo lo descubra. Y para eso, precisamente, estoy yo.
Está ubicado en la comarca de las Cinco Villas, a unos 96 kilómetros de Zaragoza. Y no es un lugar cualquiera. A los pies de la sierra de Santo Domingo se extiende esta villa de pasado sefardí, que ofrece una experiencia única al viajero. Un conjunto de casas populares y nobiliarias, y una judería perfecta, que de hecho es la segunda más importante después de la de Ejea, ya que más de la mitad de la población que vivía a principios del siglo XV era judía. Quien lo visita no se encuentra con un decorado, sino con un pueblo vivo, que ha resistido el paso del tiempo. No te recibe con souvenirs, sino con silencio, aire limpio y vecinos que saludan aunque no te conozcan. Vamos, un soplo de autenticidad en medio de tanto cartón piedra.
Un castillo que lo ve todo (y lo ha visto todo)
Lo primero que impone, como toda localidad medieval que se precie, es su castillo (declarado Bien de Interés Cultural). Desde lo alto del cerro, este gigante de piedra observa la comarca desde hace más de mil años. Construido en el siglo XI por Sancho III el Mayor, fue ampliado después por Sancho Ramírez y tuvo un papel clave en la defensa del recién nacido Reino de Aragón. Hoy, aunque en parte en ruinas, mantiene en pie su torreón y una silueta que corta el aliento, sobre todo al atardecer, cuando la piedra se tiñe de color oro.

A sus pies, se encuentra la Iglesia de San Martín, una joya de origen románico que fue reformada en el siglo XVI. La combinación entre el espectacular castillo, la iglesia y las vistas a una ciudad medieval de pura cepa, convierte a Biel en una de las pueblos del territorio nacional más impresionantes.
Historia viva entre muros y estrellas
Uno de los aspectos más fascinantes de Biel es su pasado judío. En el siglo XV, su aljama llegó a ser la segunda más importante de las Cinco Villas. Y aunque muchas huellas han desaparecido, aún pueden rastrearse en la trama urbana y en algunos detalles arquitectónicos. Así que, si eres como yo y te apasiona la historia, te recomiendo que visites esta localidad aragonesa y te empapes de ella… Y por las noches, cuando se apagan las luces y el cielo se llena de estrellas, uno entiende por qué muchos dicen que aquí se duerme mejor. Será el silencio. O será la paz de los lugares que no necesitan impresionar.

Naturaleza en estado puro
Además de su imponente historia, Biel está conectado con la naturaleza. Rodeado por la Sierra de Santo Domingo y el curso del río Alba, ofrece paisajes salvajes y serenos a partes iguales; la combinación perfecta. Puedes disfrutar del senderismo o sorprenderte con la minuciosa observación de aves rapaces.

Existen rutas de senderismo para todos los gustos, en Viajar te recomendamos realizar la Senda interpretativa del río Arba, que tiene historia, naturaleza y tranquilidad por partes iguales.
Tradición sin artificios
Y no todo es historia y piedra. En Biel hay tiempo para celebrar, y además a lo grande. Las fiestas patronales, en honor a Santiago Apóstol y Santa Ana, llenan de música, risas y alegría las calles cada julio. Pero no es la única cita en el calendario, pues la Semana Santa aquí tiene personalidad propia, con procesiones donde participan mujeres desde hace más de un siglo y una subasta de pasos tan curiosa como emotiva. Nada está hecho para el turista, y justo por eso vale tanto la pena.
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