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Sartre lo incluyó en una novela para llamarlo "el pueblo más bonito de España": la villa de las tres mentiras que esconde "la Capilla Sixtina del arte rupestre"

Este pueblo protegido por la Unesco es de los más bonitos de España pero también del mundo.

Este precioso pueblo de Cantabria enamoró a Jean-Paul Sartre en 1935

Este precioso pueblo de Cantabria enamoró a Jean-Paul Sartre en 1935 / Istock / Jose Miguel Sanchez

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Es la villa de las tres mentiras, que ni es santa, ni llana, ni tiene mar; pero todo aquel que la visita, se va sabiendo que acaba de presenciar la belleza más genuina entre los pueblos del mundo. Cuando Jean-Paul Sartre pisó por primera vez Santillana del Mar fue en 1935 y junto a la también escritora Simone de Beauvoir. Venían de un París intelectual, vibrante y donde no dejaban de pasar cosas, para encontrarse con una España en plena guerra.

Aun así, quedaron prendados de esta preciosa villa de Cantabria. Pasearon por las calles medievales de suelo adoquinado, fachadas románicas y antiguas casonas con balcones de madera y, para Sartre, aquel era "el pueblo más bonito de España". Al menos así lo escribió en su obra La Náusea de 1938, una de las obras cumbres del existencialismo francés. Ellos no se encontraron con tiendas de souvenir, pero sí con un Conjunto Histórico-Artístico declarado en 1889.

Ni Santillana, ni Comillas: el pueblo medieval más bonito de Cantabria es un completo desconocido que se esconde entre montañas

Adriana Fernández

La villa de las tres mentiras que enamoró a Sartre

Santillana del Mar es uno de los pueblos más pintorescos del norte peninsular que todavía hoy, casi un siglo después de que lo visitaran Sartre y Beauvoir, conserva toda su esencia medieval intacta. Cuenta con poco más de 4.000 habitantes que tienen la suerte de despertar cada día rodeados de monumentos, en un lugar repleto de historia, belleza, tranquilidad y naturaleza -además de estar a solo media hora en coche de la capital, Santander-.

Santillana del Mar, la villa de las tres mentiras

Santillana del Mar, la villa de las tres mentiras / Istock / MarioGuti

Uno de los edificios más representativos es la Colegiata de Santa Juliana, una joya románica con un retablo gótico en su interior, 42 imponentes capiteles con la historia del Antiguo y el Nuevo Testamento tallada en piedra y un precioso claustro. Sus muros del siglo XII custodian los restos de la mártir que dio nombre al pueblo en sus orígenes. Pero es el claustro el que acapara toda la atención, con todo el silencio y la tranquilidad que se respira entre sus piedras.

La Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar

La Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar / Istock / imagoDens

Aunque también destaca el Palacio de los Velarde, de arquitectura renacentista con escudos y balcones en su imponente fachada. E incluso el Museo del Barquillero, que alberga una gran exposición de juguetes antiguos y una tienda de dulces y gastronomía cántabra. El encanto único de Santillana se aprecian a cada paso, en callejuelas donde hasta los edificios más modernos guardan la estética medieval, como se aprecia en la Plaza Mayor o la calle de Juan Infante.

Santillana del Mar con su carácter medieval

Santillana del Mar con su carácter medieval / Istock / STEVE ALLEN

"La Capilla Sixtina del arte rupestre"

Esta villa destaca por sí sola, pero también por lo que la rodea. A solo siete minutos en coche se encuentran las cuevas de Altamira, uno de los ciclos pictóricos y artísticos más relevantes de la prehistoria que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Allí es posible visitar el museo de las cuevas y la neocueva, y solo los viernes por la mañana existe la posibilidad de conocer la cueva original, protegida para mejorar su conservación.

Los bueyes de las Cuevas de Altamira

Los bueyes de las Cuevas de Altamira / Istock / acongar

Lo llaman "la Capilla Sixtina del arte rupestre" por la importancia que tienen dentro de la Prehistoria. Las pinturas de su interior representan caballos y bisontes y se realizaron hace más de 35.000 años. Aunque no siempre se le ha dado esa relevancia. Marcelino Sanz de Sautuola, un aparcero de la zona, se adentró en las cuevas en 1878 por su afición a la arqueología. Sin embargo, fue su hija María, de ocho años, quien se percató de la presencia de las pinturas.

El techo de las Cuevas de Altamira

El techo de las Cuevas de Altamira / Istock / PS3000

Alzó la vista y exclamó: "¡Mira papá, bueyes pintados en el techo!". Y es que para reconocerlas, Marcelino contó más tarde que "hay que buscar los puntos de vista, sobre todo si hay poca luz". Extrajo sus propias conclusiones, pero no fue hasta el siglo XX cuando la comunidad científica aceptó que eran auténticas. No parecían dibujos propios de seres prehistóricos hasta que aparecieron otras similares en Francia. Y así creció el interés por Santillana del Mar.