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Lo siento Santorini, pero el pueblo blanco más bonito del mundo está en Andalucía y no necesita cúpulas azules: viven colgados sobre el Mediterráneo

A 435 metros de altitud y a quince kilómetros de la costa, hay un pueblo blanco de Málaga que domina el Mediterráneo sin una sola cúpula azul. Ni falta que le hace.

Este pequeño pueblo es reconocido como uno de los más bonitos de Andalucía, pero también del país.

Este pequeño pueblo es reconocido como uno de los más bonitos de Andalucía, pero también del país. / Istock

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Hay una postal que Grecia lleva años monopolizando: casas encaladas apiladas sobre un acantilado, el mar al fondo, una fila de turistas peleándose por el mismo encuadre a la hora del atardecer. Cambien el azul de las cúpulas por los muros desnudos de una fortaleza árabe en ruinas y el Egeo por el Mediterráneo visto desde 435 metros de altura, y tendrán otra escena que lleva ahí desde mucho antes de que nadie la subiera a Instagram.

Casares, blanco ciudad de andalucía

Casares, blanco ciudad de andalucía / Istock

No está construido sobre el agua, aunque lo parezca cuando se sube desde la carretera que serpentea desde la costa. Está quince kilómetros tierra adentro, encaramado en un cerro de roca caliza que marca la frontera entre las provincias de Málaga y Cádiz, y desde arriba —entre calles tan estrechas que dos personas apenas se cruzan de lado— se ve todo: el Estrecho de Gibraltar a un lado, la Serranía de Ronda al otro, y el mar, siempre el mar, aunque quede lejos. Se llama Casares, y mientras medio Mediterráneo hace cola para fotografiar Santorini, aquí arriba casi nadie se ha dado cuenta de lo que tiene.

El pueblo costero más bonito de Málaga es un auténtico desconocido con el mejor clima de Europa

Adriana Fernández

De Lacipo al pacto que humilló a un rey depuesto

Antes de llamarse Casares, este cerro ya tenía nombre en latín. Los romanos fundaron aquí Lacipo, una ciudad con la suficiente importancia como para acuñar su propia moneda, cuyos restos se conservan hoy cerca del Cortijo de Alechipe. La tradición local añade un capítulo más vistoso: cuenta la leyenda que Julio César, siendo pretor en la Hispania romana en el año 61 a.C., se curó una dolencia hepática bañándose en las aguas sulfurosas de lo que hoy se conoce como los Baños de la Hedionda, y que ordenó levantar el asentamiento en agradecimiento. Incluso el nombre del pueblo se disputa entre dos orígenes: el árabe "Caxara" (fortaleza) o, en la versión más romántica, el propio "Caesar".

Casco antiguo de Casares, uno de los bonitos pueblos andaluces

Casco antiguo de Casares, uno de los bonitos pueblos andaluces / Istock / Flavio Vallenari

Lo que sí está documentado llegó siglos después. El castillo que corona el pueblo, levantado en el siglo XIII como plaza fronteriza del reino nazarí de Granada, fue escenario de un episodio poco conocido de la historia de Castilla: en 1361 se firmó aquí el Pacto de Casares, el acuerdo entre Pedro I "El Cruel" y el depuesto Mohamed V de Granada para devolverle el trono. Casares no cayó en manos cristianas hasta 1485, tras la rendición de Ronda, y pasó entonces a Rodrigo Ponce de León, duque de Cádiz, cerrando un capítulo fronterizo que había durado más de dos siglos.

Ruinas del Castillo-Fortaleza de Casares

Ruinas del Castillo-Fortaleza de Casares / Ayuntamiento de Casares

El castillo, la casa de Blas Infante y un cementerio que se encala como si fuera otra casa más

Subir hasta el recinto amurallado no es solo la excursión obligada de cualquier visita: es la manera de entender por qué Casares se construyó donde se construyó. Del castillo árabe apenas quedan lienzos de muralla y los restos del alcázar, pero basta con asomarse desde ahí para comprender el valor defensivo de la posición, con vistas que en los días claros alcanzan la bahía de Algeciras. Dentro del propio recinto —y no fuera de él— se levanta la antigua Iglesia de la Encarnación, construida en el siglo XVI sobre lo que fue una mezquita, con una sola nave y un campanario de aire mudéjar; hoy alberga el Centro Cultural Blas Infante.

Busto conmemorativo de Blas Infante, diciendo Andalucía, por España y la Humanidad

Busto conmemorativo de Blas Infante, diciendo Andalucía, por España y la Humanidad / Istock / Emily M Wilson

Porque Casares no solo dio nombre a reyes y pactos: aquí nació, el 5 de julio de 1885, Blas Infante Pérez de Vargas, considerado el padre de la patria andaluza. Su casa natal, en la calle Carrera, se puede visitar convertida en museo.

Y junto a la iglesia, dentro de las mismas murallas, hay un detalle que sorprende a quien no lo espera: el cementerio del pueblo, de planta circular, donde los nichos se encalan igual que las fachadas de las casas, siguiendo una costumbre que convierte el camposanto en una prolongación blanca del propio pueblo. Todo el conjunto —castillo, iglesia y cementerio— forma parte del Conjunto Histórico-Artístico que protege el centro de Casares desde 1978.

Pueblo blanco de Casares

Pueblo blanco de Casares / Istock

Buitres, aguas romanas y un chivo que ya tiene sitio en la Guía Michelin

A las afueras, camino de la costa, los Baños de la Hedionda siguen manando la misma agua sulfurosa que atrajo al César. Lo que hoy se visita es una construcción de bóveda de cañón, de origen romano, declarada Bien de Interés Cultural, y el olor a azufre que da nombre al lugar sigue siendo tan intenso como debió de serlo hace dos mil años. Cerca de allí, entre olivos y matorral, se extienden los restos del yacimiento de Lacipo, la ciudad romana que acuñó moneda propia y de la que hoy solo quedan estructuras dispersas, suficientes para imaginar su trazado pero no para reconstruirlo del todo.

Quien prefiera mirar hacia arriba en lugar de hacia el subsuelo tiene la Sierra Crestellina, un paraje kárstico atravesado por valles estrechos que aquí llaman "canutos", refugio de una de las colonias de buitres leonados más importantes de la provincia; verlos planear sobre el pueblo, aprovechando las térmicas que suben desde el valle.

En la mesa, Casares tira de recetario serrano: la pringá que se unta en el pan, la fritá de cabrito y los quesos de cabra payoya de la zona son la base de cualquier comida que se precie. Y si de un sitio concreto hay que hablar, ese es Sarmiento Brasa Andaluza, un asador familiar llevado por los hermanos Juan Diego y Miguel, que en los dos últimos años se ha ganado un hueco en la Guía Michelin gracias a un menú centrado en las carnes a la brasa, con el chivo malagueño lechal como bandera.