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De San Sebastián a Pamplona: ruta en bici por montañas, bosques, valles e historia

Pedaleamos doscientos kilómetros entre San Sebastián y Pamplona enlazando carreteras de montaña espectaculares, tranquilas, ideales para el ciclismo..., pero que ocultan una historia terrible. Viajamos por ellas para disfrutarlas y recuperar su memoria.

Una ruta en bici preciosa que va de San Sebastián hasta Pamplona.

Una ruta en bici preciosa que va de San Sebastián hasta Pamplona. / Markel Redondo

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Ander Izaguirre

Entre Gipuzkoa y Navarra se extiende un territorio denso —ciudades, industrias, autovías— en el que es posible trazar escapatorias para los ciclistas. Una red de pequeñas carreteras nos permite pedalear en soledad por acantilados, montañas, bosques y valles recónditos, comprendiendo la historia que esconde esta ruta tan peculiar. Son carreteras sin apenas tráfico porque no tienen ningún sentido civil, son carreteras aparentemente absurdas con algo en común: se construyeron entre 1939 y 1945. Esto ya significa algo.

Ciclista subiendo el puerto de Jaizkibel en Gipuzkoa.

Ciclista subiendo el puerto de Jaizkibel en Gipuzkoa. / Markel Redondo

También significa algo nuestro punto de partida en el corazón de San Sebastián / Donostia. Entre el ayuntamiento y el puerto, asomada a la bahía de La Concha, se alza la escultura Dual: es un perfil de acero de la ciudad, perforado por cuatrocientos huecos que representan a las cuatrocientas personas fusiladas durante la Guerra Civil y el franquismo. A partir de aquí, pedaleamos 10 kilómetros por el carril bici que atraviesa la ciudad y nos lleva, bordeando el puerto industrial de Pasaia, hasta Lezo.

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Adriana Fernández

En Lezo empieza la ascensión a la montaña costera de Jaizkibel. Por aquí han subido los mejores corredores del último medio siglo durante la Clásica de San Sebastián, la Vuelta al País Vasco, incluso el Tour de Francia; por aquí subimos una y otra vez los ciclistas de la zona, que nos sabemos Jaizkibel de memoria: cada curva, cada rampa, cada bache. En realidad no sabíamos nada, no entendíamos nada. Pasamos un millón de veces junto a unos muros ruinosos en la cuneta derecha de la primera rampa y nunca nos preguntamos qué eran. En 2016 tuvo que venir Luis Ortiz Alfau, poco antes de cumplir 100 años, para explicárnoslo.

Esta ruta parte desde una de las ciudades más bonitas del mundo: San Sebastián.

Esta ruta parte desde una de las ciudades más bonitas del mundo: San Sebastián. / Markel Redondo

—Aquí nos amontonaban a los presos que construimos esta carretera. En estos barracones nos tenían medio muertos de hambre, frío y enfermedades. Nos lo hemos callado toda la vida.

Hasta morir a los 102 años, Luis Ortiz Alfau no paró de viajar a los homenajes a las víctimas del franquismo, a los desenterramientos de esqueletos en fosas y trincheras, a las mesas redondas para contar su historia como voluntario de Izquierda Republicana en la guerra, su testimonio del bombardeo de Gernika, el frente de Cataluña, la huida a Francia, los campos de concentración, los trabajos forzados, la represión de una posguerra interminable.

—Es que no queda nadie más —decía—, así que tengo que venir y dar testimonio.

Cien mil prisioneros construyeron carreteras, aeropuertos, ferrocarriles, pantanos y canales por toda España, con un beneficio para el Estado de 780 millones de euros, según cálculos de Isaías Lafuente.

—A mí me empujaron con un fusil y me dijeron tira p’alante. Ese fue todo el contrato que me hicieron —contaba Luis—.

Entre 1939 y 1945, las nuevas autoridades franquistas temían una invasión de los aliados y mandaron construir carreteras militares en Gipuzkoa y Navarra, cerca de la frontera con Francia, para acceder a las fortificaciones de montaña y pasar tropas de un valle a otro. Podían permitirse obras inmensas porque contaban con mano de obra barata: quince mil presos republicanos a los que castigaban y de paso inculcaban “el hábito profundo de la obediencia”, como decían los reglamentos de aquellos batallones de “soldados trabajadores”, el eufemismo para nombrar a los esclavos. No tenían ningún delito que imputarles, no los sometieron a ningún juicio ni les dictaron ninguna condena, pero los clasificaron como “desafectos al régimen” y los mandaron a trabajar en condiciones terribles.

Vistas desde el monte Jaizkibel, Euskadi

Vistas desde el monte Jaizkibel, Euskadi / Istock

Las carreteras de Jaizkibel, Erlaitz-Pikoketa, Arkale, Aritxulegi, Agina, Artesiaga y Egozkue no responden a ninguna necesidad civil, sino a una lógica militar antigua. Por eso apenas tienen tráfico, por eso resultan tan adecuadas para viajar en bici: porque las construyeron esclavos como Luis Ortiz Alfau.

El monte Jaizkibel

Ahora, cuando pasamos ante la placa que él inauguró en estos muros, ya no podemos ignorar los restos de los barracones de los presos, los almacenes, las cocinas. También nos damos cuenta de lo absurda que es esta carretera: si ya existe la nacional que va directa de San Sebastián a Irún por la base del monte Jaizkibel, ¿para qué construyeron este desvío sinuoso que sube y baja por una montaña despoblada?

Mar de nubes en el valle de las Cinco Villas, cerca de Lesaka, Navarra.

Mar de nubes en el valle de las Cinco Villas, cerca de Lesaka, Navarra. / Markel Redondo

Superamos unas rampas duras, con desniveles del 10 % y el 12 %, hasta pasar a la ladera oceánica de Jaizkibel. Allí subimos ya más suave, asomados al oleaje atlántico en los acantilados y con vistas a casi toda la costa vasca, desde el faro de Biarritz hasta el cabo de Matxitxako. Esta montaña tiene una forma alargada y suave, como el lomo de un saurio recostado junto al mar, y los ciclistas subimos por el espinazo. En el lomo le clavaron cinco torreones de piedra y un pequeño fuerte durante las guerras carlistas, para vigilar el corredor entre Irún y San Sebastián. Al poco de empezar la bajada, en las terrazas del parador de turismo ya desaparecido, se abre una panorámica: hacia el noreste, el estuario del río Bidasoa y la costa rectilínea de Las Landas; hacia el sur, las terribles muelas de granito de Aiako Harria, que bordearemos en los siguientes kilómetros.

Bajamos veloces al fuerte de Guadalupe, una mole de 30.000 m² con muros, fosos, búnkeres, baterías, nidos de ametralladoras, patios, túneles, alojamiento para seiscientos soldados y cañones que apuntaban a la frontera francesa. Lo construyeron en 1900 y enseguida, con el nacimiento de la aviación, quedó obsoleto. Pero es el motivo por el que existe esta carretera de Jaizkibel: los franquistas querían disponer de otro acceso a esta fortaleza. Por eso mandaron a sus esclavos a abrir la carretera en la vertiente oceánica de la montaña, mucho más abrupta que la de tierra adentro: porque así quedaba oculta y no podían cañonearla desde Francia.

Embalse de Endara entre Lesaka y Oiartzun, bajo Aritxulegi.

Embalse de Endara entre Lesaka y Oiartzun, bajo Aritxulegi. / Markel Redondo

El fuerte de Guadalupe nunca sirvió para nada, que es lo mejor (lo único bueno) que se puede esperar de sitios así. Y la carretera quedó para disfrute casi exclusivo de ciclistas, montañeros y turistas.

El descenso nos deja en Hondarribia, a orillas del estuario del Bidasoa, donde confluían los reinos de Castilla, Navarra y Francia. Se nota: el casco viejo es una fortaleza, un recinto amurallado en el que las casas se aprietan a los pies del castillo y la iglesia gótica. Y su historia es una sucesión de conquistas y reconquistas, asedios, invasiones, incendios y bombardeos. Fuera de las murallas queda el barrio pesquero de La Marina, con sus casas altas y estrechas de balcones de madera multicolor, ahora zona de restaurantes y bares bulliciosos de pintxos: una buena elección para el primer avituallamiento.

Pasamos de Hondarribia a Irún y seguimos el vallecito de Artia hacia el sur, hasta los muros de piedra de una ferrería del siglo XIII, donde la sidrería Ola ofrece el menú típico: tortilla de bacalao, bacalao con pimientos, chuleta y de postre, queso con membrillo y nueces, con las paradas de rigor para el txotx (el ritual de ponerse en fila para colocar el vaso bajo el chorro de sidra que sale de la barrica). No parece un menú ligero para un ciclista en ruta, pero es un plan habitual de esta zona que también se puede disfrutar en otras sidrerías al inicio o al final.

Torre carlista de Jaizkibel.

Torre carlista de Jaizkibel. / Markel Redondo

Si ahora Ola es un punto de placeres gastronómicos en un entorno idílico, hace ochenta años fue el campo base de mil penurias: los presos tuvieron que abrir una carretera hasta un viejo fuerte abandonado en la cumbre de Erlaitz. Los primeros cuatro kilómetros suben con un desnivel medio del 10 %, con tramos del 15 % y el 17 %. Después vienen tres kilómetros suaves a través de un hayedo hasta el collado de Elurretxe y una preciosa bajada zigzagueante frente al murallón granítico de Aiako Harria.

En esa bajada encontramos el caserío Pikoketa, donde las tropas franquistas fusilaron a 13 hombres y mujeres, casi todos adolescentes, que defendían un pequeño puesto en la montaña. Un monolito y una placa recuerdan los nombres de las víctimas. Y casi al final de la bajada, junto al poste kilométrico 1, quedan otros restos tenues: unos suelos de cemento entre la hierba. Aquí estaban los barracones de los prisioneros que construyeron esta carretera. A su lado permanece el caserío Babilonia, que dio nombre a este asentamiento de esclavos.

—¡El campamento Babilonia!, recordaba Luis Ortiz Alfau. Allí pasamos unos inviernos terribles con muy poca ropa, con los pies envueltos en trapos porque no teníamos ni alpargatas. Nos despertaban a fustazos, nos daban una taza con infusión de cebada y nos mandaban a picar rocas y a palear tierra.

Y así un día y otro día y otro día.

—Nunca supimos cuánto tiempo íbamos a estar allí. No sabíamos si iban a ser unas semanas, unos meses o toda la vida. A veces te desesperabas, pero qué ibas a hacer.

Qué ibas a hacer: carreteras.

Terminamos la bajada en el barrio de Gurutze. Desde allí quedan setecientos metros hasta el alto de Arkale, por otra carretera que abrieron los presos para acceder a los túneles y búnkeres excavados en estas peñas. Podemos recorrerlos, linterna en mano, y visitar la recreación de una barraca de prisioneros.

Caballo en una de las curvas de la subida a Erlaitz, en las Peñas de Aia.

Caballo en una de las curvas de la subida a Erlaitz, en las Peñas de Aia. / Markel Redondo

El túnel de Aritxulegi

Desde Arkale retrocedemos para bajar a Oiartzun y tomamos una carretera asombrosa: la que lleva a Lesaka por los puertos de Aritxulegi y Agina, recorriendo 19 kilómetros por unas montañas en las que apenas hay unos pocos caseríos desperdigados, con un trazado sinuoso que se sumerge en los bosques, se apoya en muros y contramuros para bajar a los barrancos, y atraviesa un túnel de fama negra. Cuatro mil presos abrieron este itinerario endiablado con pico, pala, dinamita y carretillas, como ruta militar alternativa para desplazar tropas al valle fronterizo del Bidasoa si tocaba repeler una invasión. El túnel de Aritxulegi, justo en la cima del puerto, fue el escenario de los sufrimientos más atroces. Los presos picaban el granito a mano para colocar cartuchos y volar la piedra. Debían perforar sesenta centímetros diarios, bajo amenaza de castigos, jornadas nocturnas, más hambre. Segundo Pagadizabal, un carretero que vio a Franco cuando vino a inaugurar el túnel en 1948, recordaba cómo a veces aparecía algún esclavo en su caserío:

—Venían medio muertos, pálidos, arrastrados. Les dábamos pan con queso y un trago de vino, y resucitaban. Si encontraban por ahí un nabo, se lo comían crudo. Hasta las mazorcas de maíz se las comían crudas: crac, crac, crac…

Como represalia por la fuga de un preso, los militares seleccionaron a siete al azar y los fusilaron aquí mismo. De aquel horror nos queda uno de los tramos más conmovedores para pedalear: la subida silenciosa a Aritxulegi, el paso escalofriante por el túnel y la bajada al pequeño embalse de Endara; la siguiente subida por un hayedo mágico hasta el alto de Agina; el descenso enroscado en mil curvas hasta Lesaka… Es un tramo solitario, propicio para pensar en la fortuna de quienes nos esforzamos en las montañas por placer.

Vista aerea del antiguo fuerte de Ezkaba, sobre Pamplona.

Vista aerea del antiguo fuerte de Ezkaba, sobre Pamplona. / Markel Redondo

Una subida dulce y silenciosa

A partir de Lesaka remontamos el río Bidasoa, por una carretera secundaria de asfalto o por la Vía Verde del antiguo tren con sus túneles y sus tramos de hormigón y tierra apisonada. Hasta Doneztebe circulamos por un pasadizo angosto entre montañas, luego el paisaje se amplía en el valle del Baztán y se extiende en un oleaje de colinas verdes, bosques, arroyos y maizales, con sus palacios de piedra rosada y caseríos blancos en las praderas.

Pasamos por Irurita, un conjunto de palacios, casas torre y caseríos imponentes, y nos asomamos a su plaza de laxoa, una de las modalidades más antiguas de la pelota vasca, en la que dos equipos de cuatro jugadores se ponen frente a frente y se lanzan pelotazos con un guante de cuero. En la pastelería Arkupe venden el famoso chocolate con avellanas del Baztán: un buen refuerzo para emprender la ascensión al puerto de Artesiaga.

Caseríos en el valle del Baztán, Navarra.

Caseríos en el valle del Baztán, Navarra. / Markel Redondo

Es una subida dulce y silenciosa, con vistas cada vez más altas sobre el valle verde, los caseríos blancos, el bosque oscuro. Poco antes de llegar al collado, en un montículo al borde de la carretera instalaron unas planchas y barras de acero corten: es una escultura titulada Bidegabeko bidea (El camino injusto). Parece hermoso, quizá demasiado optimista, que en euskera “injusto” se diga bidegabea: literalmente, “sin camino”. Un panel recuerda que 1.756 presos construyeron esta carretera.

Bajamos por los hayedos abrumadores del Quinto Real, el territorio en el que los ganaderos debían pagar al rey de Navarra una quinta parte del valor de sus cerdos a cambio del “derecho al belloteo”. Y donde en otoño resuena la impresionante berrea de los ciervos. Al llegar al pantano de Eugi, las piernas ya nos pesan, y podríamos seguir directos por Zubiri hasta Pamplona, pero nuestra ruta sigue el derroche de esfuerzos que aquellos militares se permitieron gracias a su mano de obra esclava: tomamos la carreterilla que sube al alto de Egozkue y baja a Olague, en las puertas ya de la Cuenca de Pamplona.

Y ya que hemos pedaleado contra el olvido, ascendemos al monte Ezkaba, con vistas panorámicas sobre Pamplona. Arriba, en el fuerte de San Cristóbal, amontonaron a cientos de prisioneros durante la Guerra Civil. El 22 de mayo de 1938 emprendieron una fuga masiva que terminó en masacre: de los 795 escapados, los guardias y militares asesinaron a más de doscientos, detuvieron a todos los demás y solo tres pasaron a Francia tras caminar varias jornadas. En los próximos meses el fuerte será declarado lugar de memoria histórica y abrirán un centro de interpretación.

En el descenso hacia el casco histórico de Pamplona, cuando la bici ya va sola, la ruta empieza a sedimentarse en nuestros recuerdos. Quienes disfrutamos de este itinerario no deberíamos olvidar su historia.