Sakura en el Valle del Jerte: así es la primavera española que conecta con Japón
Los cerezos de la provincia de Cáceres se unen con el alma del lejano Oriente durante unas semanas al año, momento en que sus flores despliegan toda su magia. Pero más allá de la belleza visual de este fenómeno, la floración es una experiencia filosófica, sensorial y un preludio de su riqueza gastronómica.

Cada año, un manto blanco cubre el norte de Cáceres anunciando la primavera. La sublime estampa inevitablemente recuerda a otra mundialmente conocida, la dibujada por la floración de los cerezos de Japón. No obstante, aunque estos dos lugares distantes estén unidos por un mismo fenómeno de la naturaleza, su manera de celebrarlo es muy diferente. Mientras que en el país nipón la floración tiene un sentido filosófico, siendo una forma de disfrutar de los pequeños momentos de la vida, en el Valle del Jerte es un espectáculo que marca las estaciones y la identidad de una comarca.

Son más de un millón y medio los árboles que cubren de blanco las laderas de esta región extremeña a medida que, en un margen de dos o tres semanas, avanza la floración. En primer lugar florecen las zonas bajas y las más expuestas al sol, aquellas ubicadas cerca del río Jerte. Unos días más tarde, debido a la diferencia de temperatura y altitud, llega el turno de las zonas medias y, por último, de las altas.

En Japón la progresión es similar. La floración, llamada aquí sakura, arranca en marzo al sur del país, y, dependiendo de las temperaturas, puede alcanzar el norte a principios de mayo, concretamente en lugares como los Alpes nipones.
Dos espacios distintos, separados por miles de kilómetros pero vinculados por la belleza de lo efímero y marcados por sus fascinantes matices culturales.
La flor o el fruto, dos formas de entender la belleza
En Japón el sakura es una tradición con una profunda raigambre cultural. Grupos de familias y amigos se reúnen bajo los cerezos para celebrar el hanami, un ritual que consiste en contemplar las flores mientras comparten comida, bebida y conversación. Como base de este momento existe una filosofía, el mono no aware. Este concepto, estético y filosófico, viene a traducirse como “la sensibilidad hacia lo efímero”, haciendo tomar conciencia de que todo es pasajero y, por lo tanto, valioso y digno de ser vivido con intensidad.

En el Valle del Jerte esta filosofía se experimenta de una manera más instintiva, como la promesa de que, tras la caída de los pétalos, nacerá uno de los tesoros gastronómicos más esperados de España. Porque los cerezos señalan el inicio de la primavera cuando florecen, pero también dan la bienvenida al verano con su fruto, y con él a la cosecha, la tradición agrícola y la identidad de la región. Entre mayo y junio se recolectan las casi 200 variedades de cerezas que reúne la comarca, siendo la Picota del Jerte la más popular debido a que cuenta con la Denominación de Origen Protegida, orgullo de pueblos como Cabezuela del Valle, Tornavacas, Piornal o Navaconcejo. Sus restaurantes se llenan de propuestas innovadoras combinadas con recetas tradicionales, elaboradas siempre con el delicioso fruto.
La diferencia de un mismo fenómeno celebrado de dos formas distintas se percibe especialmente en la gastronomía. Mientras que en el Jerte la protagonista honorífica es la cereza, en Japón lo son los pétalos y las hojas de ciertas variedades de cerezo, utilizándose para elaborar infusiones y dulces.
La primavera a través de los sentidos
Todo viaje para disfrutar de la floración de los cerezos en el Valle del Jerte da comienzo por una carretera que serpentea entre los pueblos que salpican las laderas de la región, desde Cabezuela del Valle al Puerto de Tornavacas, si se recorre desde Cáceres, o en dirección contraria en caso de que el itinerario de inicio en la provincia de Ávila. Además, la ocasión es propicia para unirse a los diferentes eventos que recoge el programa “Primavera y Cerezo en Flor en el Valle del Jerte”, una celebración declarada, desde 2010, como Fiesta de Interés Turístico Nacional.
El viaje a través del valle lleva una banda sonora particular, la del río Jerte y sus numerosas gargantas descendiendo de las montañas y perfilando algunas de las mejores piscinas naturales del país. De hecho, uno de los chapuzones dulces estivales favoritos lo ofrece la Garganta de los Infiernos, compuesta por varias pozas de aguas cristalinas esculpidas en las rocas. Precisamente el inicio del verano es el momento idóneo para entregarse al sentido del gusto, deleitándose con cerezas maduras y de sabores intensos.

En Japón, la flor la que se convierte en el centro de todo. La floración se persigue principalmente en parques donde los pétalos caen lentamente hasta tapizar los senderos de blanco. Su valor es puramente ornamental, ya que cerezas que brotan de ellos suelen caracterizarse por su amargura y acidez, e incluso algunas tienen compuestos cianogénicos que los hacen no aptos para el consumo.
Más allá de la carga cultural de cada uno de estos lugares y de sus distintas formas de entender la naturaleza, ambos comparten la idea de recordarnos que la belleza de la naturaleza no es duradera y que instantes como estos hay que disfrutarlos siempre.
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