La ruta que atraviesa el interior de Galicia y desemboca en una de las costas más salvajes de la península: rodeada de acantilados y faros, tiene el Atlántico como telón de fondo
La AG-55 conecta A Coruña con Carballo y actúa como antesala de la Costa da Morte, un tramo del litoral gallego donde los protagonistas son los los acantilados, los faros y los temporales atlánticos.

La AG-55 no es una carretera espectacular en sí misma. No tiene curvas de vértigo ni miradores épicos. Pero tiene algo mejor, y es que conduce, casi sin que te des cuenta, hacia uno de los paisajes más impresionantes del norte peninsular.

Sales de A Coruña y, en pocos minutos, la ciudad queda atrás. La autovía avanza entre prados, pequeñas aldeas y ese verde húmedo tan reconocible del interior gallego. Es un trayecto cómodo y sencillo, que te prepara para lo que viene después, porque mientras conduces no ves el mar, pero sabes que está ahí, al oeste, esperando.
La autovía conecta la ciudad herculina con Carballo, capital de la comarca de Bergantiños. Es en ese punto donde comienza realmente la transición: la AG-55, también conocida como autovía (o autopista) de la Costa de la Muerte, no recorre la Costa da Morte, pero sí funciona como su gran puerta de entrada. A partir de Carballo, el trayecto continúa por carreteras autonómicas que se abren paso hacia el litoral, cada vez más cerca del Atlántico. El tramo entre A Coruña y Carballo es de pago, y se vuelve libre de peaje hasta Berdoyas.
La puerta de entrada a la Costa da Morte
Si una vez llegas a Carballo tomas dirección norte, acabas en Malpica de Bergantiños, con su puerto mirando al océano. Muy cerca, a unos 15 minutos en coche, el Faro de Punta Nariga parece más una escultura que un faro, plantado sobre la roca y expuesto al viento.
Hacia el sur, la carretera serpentea hasta Camariñas, donde el Faro Vilán se asoma a un tramo de costa de belleza espectacular. Y más adelante aparecen Muxía y Fisterra, con su faro (el más occidental y emblemático de Europa) marcando ese “final del mundo” que durante siglos fue frontera real e imaginaria.

Lo que distingue a esta costa no es solo su belleza, sino su carácter salvaje. Aquí el paisaje lo marcan los acantilados que se elevan abruptos, las playas que se abren entre formaciones rocosas y el mar bravo y fuerte que cambia de humor con rapidez. De ahí el apelativo de Costa da Morte, el cual revela siglos de naufragios provocados por temporales y corrientes traicioneras que dejaron a cientos de barcos encallados en su fondo de piedras.
Incluso en días despejados, el viento parece formar parte del decorado permanente de esta carretera. Y cuando el cielo se cubre, el espectáculo sobre el mar es aún más sobrecogedor con las olas golpeando la roca y llenando todo de espuma. La postal la completan los faros, que le dan al paisaje el toque final.
Una ruta que transforma el paisaje
La experiencia completa no se limita al recorrido por el asfalto. Empieza en la ciudad, se adentra en el interior coruñés y termina frente a un océano abierto. Esa progresión que va de lo urbano a lo salvaje es precisamente lo que convierte a la AG-55 en algo más que una infraestructura.
Desde el momento en que se abandona la autovía y se toma rumbo al litoral, el paisaje cambia de ritmo, el aire se vuelve más salino y el horizonte se ensancha para convertir al océano Atlántico en el protagonista absoluto del viaje.
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