Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La "Roma española" es una ciudad con 136 Bienes de Interés Cultural: tiene la mayor concentración de monasterios y conventos históricos de la Península

Trece comunidades de clausura siguen despachando dulces por el torno cada mañana en el mismo lugar donde lo llevan haciendo desde hace siglos.

Es, además, una de las ciudades más bonitas de España.

Es, además, una de las ciudades más bonitas de España. / Istock

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Hay ciudades que conservan su pasado detrás de una vitrina y otras en las que ese pasado todavía forma parte de la vida cotidiana. Sevilla pertenece claramente a las segundas. Aquí el patrimonio también se encuentra detrás de un torno de madera, cuando las monjas de San Leandro preparan unas yemas cuya receta llevan siglos transmitiendo.

Es una ciudad con preciosos y bonitos monumentos.

Es una ciudad con preciosos y bonitos monumentos. / Istock

No se trata de una costumbre recuperada para atraer visitantes. Forma parte de la rutina de las comunidades religiosas que aún viven en algunos de los conventos históricos de la ciudad, varios de ellos ocupados desde la Edad Media. Buena parte de esa riqueza queda reflejada en las cifras. El casco histórico de Sevilla reúne 136 Bienes de Interés Cultural, según el informe sobre Patrimonio Mundial elaborado por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. A esa concentración monumental se suma algo menos habitual: muchos de sus conventos no son únicamente edificios conservados, sino espacios donde todavía existe vida religiosa.

Sevilla para principiantes: 5 rincones desconocidos que debes visitar

Redacción Viajar

De ahí procede una comparación que aparece con cierta frecuencia cuando se habla del urbanismo religioso sevillano: la de una pequeña Roma española. No tanto por una semejanza literal entre ambas ciudades como por la cantidad de iglesias, monasterios y conventos que fueron ocupando el centro urbano a lo largo de los siglos.

De la Reconquista al auge conventual del Siglo de Oro

La historia dio un giro decisivo en 1248, cuando Fernando III tomó Sevilla y la incorporó a la Corona de Castilla. Durante los siglos siguientes comenzaron a instalarse en la ciudad distintas órdenes religiosas femeninas, algunas en terrenos cedidos por la Corona o la nobleza y otras en espacios anteriormente ocupados por construcciones islámicas.

Catedral de Sevilla y torre de la Giralda

Catedral de Sevilla y torre de la Giralda / Istock

El convento de San Leandro permite seguir bien ese proceso. Las primeras referencias documentales a la comunidad se remontan a mediados del siglo XIII, aunque las religiosas no se instalaron en su emplazamiento actual, junto a la parroquia de San Ildefonso, hasta 1369. Fue entonces cuando Pedro I les concedió las casas en las que el convento continúa hoy, más de seis siglos después.

La presencia religiosa siguió creciendo durante los siglos XVI y XVII, coincidiendo con la etapa de mayor prosperidad económica de Sevilla gracias al comercio americano. En aquellos años llegaron a existir más de treinta conventos y monasterios. Muchas de estas instituciones contaron con el apoyo de familias enriquecidas que financiaban fundaciones religiosas como expresión de devoción, pero también de posición social.

Catedral de Sevilla

Catedral de Sevilla / Istock

Uno de los ejemplos más destacados es el monasterio de Santa Paula, fundado en 1473 por doña Ana de Santillán. Su iglesia se construyó en las décadas siguientes y contó con la participación de artistas como Pedro Millán y Nicoloso Pisano. Con semejante concentración de fundaciones religiosas en un espacio relativamente reducido, se entiende mejor la comparación con Roma. Durante siglos, conventos, iglesias y monasterios no fueron elementos aislados del paisaje sevillano: contribuyeron a organizar barrios enteros y a dar forma a la ciudad.

Patrimonio protegido y conventos todavía habitados

Esa larga historia tiene hoy una traducción jurídica muy concreta. A los 136 Bienes de Interés Cultural situados en el casco histórico se suma el conjunto formado por la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo General de Indias, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987.

Baños de la Reina, Alcázar de Sevilla

Baños de la Reina, Alcázar de Sevilla / Istock

Cada uno de estos edificios, además, había recibido anteriormente su propia protección: la Catedral fue declarada monumento en 1928, el Alcázar en 1931 y el Archivo de Indias en 1983. La protección del patrimonio sevillano, por tanto, también se ha ido construyendo poco a poco, a medida que se reconocía el valor de sus principales monumentos.

Pero hay otro aspecto que resulta especialmente singular. Trece conventos y monasterios femeninos de clausura continúan habitados, según recoge la guía editada por la Hermandad de Nuestra Señora de la Antigua con el respaldo de la Archidiócesis. En ellos viven comunidades de agustinas, jerónimas, clarisas, dominicas, cistercienses, carmelitas descalzas y otras órdenes.

Patio de las Doncellas en el Palacio Real, Real Alcázar

Patio de las Doncellas en el Palacio Real, Real Alcázar / Istock / OLHA SOLODENKO

San Leandro es quizá el caso más conocido. Sus religiosas elaboran las tradicionales Yemas de San Leandro, una receta documentada desde el siglo XVI, y las venden a través del torno del convento, en la plaza de San Ildefonso. Muy cerca, en la calle Santa Paula, las jerónimas elaboran mermeladas y confituras, algunas con frutas procedentes de su propia huerta. Su monasterio conserva además un importante patrimonio artístico y una iglesia construida entre 1483 y 1489.

Ahí reside buena parte de la particularidad de estos lugares. No son monumentos vacíos que hayan sobrevivido únicamente gracias a la conservación institucional. En ellos se sigue rezando, cocinando, trabajando y manteniendo una forma de vida que atraviesa varios siglos.

La Giralda de Sevilla.

La Giralda de Sevilla. / Istock / Joseph Gareri

Más allá de los conventos

Salir de este recorrido conventual no implica abandonar el casco histórico. En Sevilla, muchos de estos lugares se encuentran a pocos minutos a pie unos de otros. El barrio de Santa Cruz conserva el trazado estrecho y laberíntico de una parte de la antigua judería medieval, entre pequeñas plazas, patios y callejones. No muy lejos de San Leandro se encuentra también la Casa de Pilatos, uno de los palacios más interesantes de la ciudad, donde conviven elementos mudéjares y renacentistas.

Plaza del Barrio de Santa Cruz, Sevilla

Plaza del Barrio de Santa Cruz, Sevilla / Istock / Carlos Koblischek

Hacia el norte, barrios como San Julián permiten descubrir una Sevilla algo más alejada de los grandes recorridos monumentales. Sus calles mantienen todavía una escala más vecinal, con pequeñas plazas, iglesias y talleres que recuerdan la tradición artesanal de la ciudad.

La gastronomía completa ese recorrido. Las yemas y los dulces conventuales son solo una parte de una tradición culinaria mucho más amplia. El tapeo sigue siendo una de las formas más características de vivir Sevilla, con platos como las espinacas con garbanzos, la pringá o el pescaíto frito compartiendo espacio con una repostería en la que abundan cortadillos, polvorones y otras elaboraciones vinculadas, de una forma u otra, a siglos de cocina conventual.

Primer plano de la torre de la Giralda de Sevilla

Primer plano de la torre de la Giralda de Sevilla / Istock

Esa relación entre los conventos y la ciudad se hace especialmente visible cada diciembre. El Salón Gótico del Real Alcázar acoge entonces la tradicional Exposición y Venta de Dulces de Conventos de Clausura organizada por la Archidiócesis. En diciembre de 2025, su cuadragésima primera edición reunió a diecinueve monasterios, siete de ellos de la propia capital, entre los que se encontraban San Leandro y Santa Paula. En total, la diócesis mantiene treinta y ocho comunidades contemplativas.

Durante esos días, productos que durante el resto del año suelen venderse discretamente a través de los tornos de los conventos pasan a ocupar uno de los espacios más monumentales de Sevilla. Quizá sea también una de las mejores imágenes de lo que hace singular a esta ciudad: aquí una parte de la historia no solo se conserva. Todavía se vive.