La ciudad donde Bolaño se perdió para encontrarse es una joya de la Costa Brava
Este rincón de la costa catalana presenció los últimos años del poeta

Roberto Bolaño llegó a Blanes huyendo de Barcelona. También, claro, de la enfermedad, de los editores, de su país, de sí mismo. Llegó con su mujer y su hijo pequeño, en 1985, cuando aún no era nadie fuera del mundo de los poetas. El apartamento tenía vistas al mar y un balcón desde el que se podía ver, si uno se inclinaba lo suficiente, un trozo de la costa brava. Vivieron ahí más de quince años.
No hay placas que lo indiquen. Nadie ha convertido su piso en museo. Blanes, a diferencia de París o Lisboa, no ha mercantilizado el rastro del escritor que pasó por allí. Tampoco Bolaño habría querido eso. A Blanes llegó a perderse y en Blanes, paradójicamente, se encontró: entre la angustia de los días lentos, los paseos al supermercado, los cafés con sus pocos amigos —la poeta A.G. Porta, los escritores del "taller maldito" de Gerona—, fue escribiendo la obra que le daría una posteridad que no buscaba. Los detectives salvajes, Amuleto, 2666. Todo eso salió de un cuerpo enfermo encerrado en un piso pequeño, en un pueblo costero donde no pasaba nada.

En una entrevista con Mónica Maristain, poco antes de morir, Bolaño dijo: “Blanes es un lugar muy bonito. No se puede uno morir aquí, da demasiada pena.” Murió igual, en 2003, esperando un trasplante de hígado. Tenía 50 años. Fue enterrado en un nicho del cementerio del pueblo. Solo años después sus restos serían trasladados a Cataluña Norte, a un cementerio anónimo en Rocabarraques, en la región de Occitania.
Su presencia aún se percibe
Uno camina por Blanes sin esperarlo y de pronto lo siente: en el acantilado desde donde empieza el Camí de Ronda, en la playa donde su hijo, Lautaro, jugaba mientras él tomaba notas. En la librería Sant Jordi, donde firmó ejemplares antes de ser famoso. En los bares donde se sentaba solo, a veces con un cuaderno, a veces sin nada, como si bastara con mirar. Para escribir basta con mirar. En su último año le vieron caminar más despacio. Los vecinos puede que aún recuerden su figura pálida, delgada, con un cigarro siempre en la mano.
Blanes fue su escondite. Su trinchera. Su oficina. Su último país. Escribía de madrugada, dormía de día, no iba a la playa. El mar estaba ahí, pero no era un escenario ni una postal: era una línea, un borde. Como en su prosa: el mar como promesa y amenaza. Como un punto de fuga. Como lo que no se toca.
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