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El refugio de Máximo Huerta (55 años) es un pueblo del interior de Valencia con un castillo árabe: "El kilómetro cero de la felicidad"

El escritor valenciano que cambió Madrid por un pueblo de la Hoya de Buñol, abrió una librería y encontró allí lo que andaba buscando.

El refugio de Máximo Huerta es también la cuna de la tomatina.

El refugio de Máximo Huerta es también la cuna de la tomatina. / Istock

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Hay escritores que escriben sobre la vida que tienen. Máximo Huerta escribe sobre la vida que eligió, y esa diferencia lo explica casi todo. En 2023, con los años suficientes para saber que Madrid podía esperarle y Buñol no, cogió a su madre Clara, a su perra Doña Leo y se instaló en un pueblo del interior de Valencia al que ya conocía de toda la vida —a cuarenta minutos justos por la A-3, en la comarca de la Hoya de Buñol, a unos 420 metros de altitud y a unos 9.800 habitantes de distancia del ruido que había dejado atrás. No fue una huida. Fue una llegada.

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Máximo Huerta Hernández nació el 26 de enero de 1971 en Utiel, otra localidad valenciana del interior, y construyó una carrera extensa en la televisión —fue durante años uno de los rostros más reconocibles de Telecinco— antes de asentarse como novelista. Su bibliografía incluye títulos como Amar en tiempos revueltos o París despertaba tarde, y en 2024 publicó dos libros que reflejan con nitidez el giro que ha tomado su vida: Mamá está dormida, una novela sobre un hijo que cuida a su madre mientras la memoria de ella se va deshaciendo, y Mi pequeña librería, que es, casi sin disimulo, el acta de fundación sentimental de lo que hoy tiene en Buñol. Porque en 2023, en la calle del Cid número 21, en un antiguo horno del pueblo, abrió La Librería de Doña Leo. Y la llamó, sin exagerar demasiado, "el kilómetro cero de la felicidad".

Buñol, Valencia

Buñol, Valencia / Istock / Marc Venema

Un castillo que ya estaba aquí antes que nosotros

Buñol se explica desde arriba. Desde la roca. El castillo no es un monumento al que se llega: es el punto desde el que el pueblo baja, se despliega, toma forma. Su nombre original en árabe —Al Bunyul— ya indica quién estuvo antes, y el castillo confirma esa herencia: fue levantado como hins, una fortaleza defensiva andalusí, entre los siglos XI y XII, para controlar el paso natural que comunica la llanura valenciana con Castilla. Un enclave estratégico antes de que existieran las carreteras, antes de que existiera España tal como la entendemos.

Campanario tras una cúpula azul en Buñol, Valencia

Campanario tras una cúpula azul en Buñol, Valencia / Istock / ZENEIDA HERRERA

Jaime I lo conquistó en 1238 sin resistencia y lo donó a Rodrigo de Lizana. Lo que vino después fue, sobre todo, piedra gótica cristiana: el recinto que hoy se puede visitar —y que se visita gratis, todos los días— es fundamentalmente una fortaleza del siglo XIV reformada bajo los Condes de Urgell, declarada Bien de Interés Cultural. El origen es árabe, el edificio es gótico, y la vida que hay dentro es del siglo XXI. Porque el castillo de Buñol tiene algo que no tienen casi ninguno de los cientos de castillos españoles abiertos al turismo: vecinos. A finales del siglo XIX, las clases populares del pueblo empezaron a instalarse en el recinto sur, y ese proceso de "ocupación" espontánea dejó una huella permanente. Hoy, dentro de las murallas, hay casas habitadas cuyos propietarios forman la Asociación de Amigos del Barrio Antiguo. Entras al castillo y puedes cruzarte con alguien que sale a comprar el pan.

El recinto se divide en dos zonas unidas por un puente: al norte, la plaza de armas militar con su carácter más austero; al sur, la Torre Mayor, el Palacio Gótico y dos museos que justifican la visita por sí solos. El Museo Arqueológico reúne piezas desde el Paleolítico hasta la Edad Media; el Museo Etnográfico ocupa la antigua Iglesia del Salvador y preserva los oficios y el modo de vida de la comarca. Antes de publicar cualquier visita, conviene confirmar con el Ayuntamiento de Buñol el estado actual de ambos espacios: la DANA de octubre de 2024 causó daños en el área del museo, y la situación puede haber cambiado desde entonces.

El barrio del castillo, que rodea el recinto y desciende hacia el pueblo en calles estrechísimas de trazado musulmán, con plazuelas encaladas y escalones de piedra desgastada, tiene la rara cualidad de los lugares que no necesitan carteles para explicarse. Sorolla lo vio antes que el turismo: el pintor valenciano estuvo en Buñol y pintó algunas de las calles del barrio, atraído por esa luz blanca que rebota en las fachadas y cae sesgada sobre los adoquines. Viene de muy atrás, esa belleza.

Torre en el castillo de Buñol, Comunidad Valenciana

Torre en el castillo de Buñol, Comunidad Valenciana / Istock

La librería, la guerra del tomate y el mojete

Máximo Huerta podría haber abierto la librería en Valencia capital. O no haberla abierto. Eligió Buñol, y eligió un horno reconvertido en la calle del Cid —a un paso de la plaza del pueblo—, y la llamó Doña Leo en homenaje a su perra. En su web, la define como "un universo de libros y personajes de ficción donde las puertas se abren para dar refugio a los que sueñan con palabras, palabras, palabras". No es marketing. Es exactamente lo que es.

Desde su apertura, La Librería de Doña Leo ha recibido a Irene Vallejo, Dolores Redondo, Luz Gabás, Alice Kellen, Javier Sierra y Javier Castillo, entre otros. Escritores que han ido a Buñol —un pueblo de diez mil habitantes en el interior de Valencia— por una librería. Huerta lo tiene claro cuando habla de ello: "Estoy muy agradecido de que venga gente de todo el país a este kilómetro cero de la felicidad". Y en otra ocasión: "Que Buñol sea conocido por todo lo que tiene de cultura, sus dos bandas de música, por su fiesta más internacional, La Tomatina, y ahora, que una librería se convierta también en un punto atractivo más del pueblo, me parece que es un éxito". Difícil llevarle la contraria.

Buñol, Valencia

Buñol, Valencia / Istock / Iakov Filimonov

La Tomatina es, en efecto, la razón por la que mucha gente sabe que Buñol existe. Cada último miércoles de agosto, la calle principal del pueblo se convierte en el escenario de uno de los festivales más insólitos del calendario europeo: se lanzan alrededor de 120 toneladas de tomates maduros entre decenas de miles de participantes llegados de todo el mundo. La fiesta está declarada de Interés Turístico Internacional, y quien la haya vivido desde dentro sabe que la descripción escrita no hace justicia ni al olor ni al calor ni al estado de los zapatos al terminar.

Fiesta de la tomatina.

Fiesta de la tomatina. / Istock

Lo que muy poca gente sabe —y es el tipo de detalle que distingue al viajero del turista— es que el plato más tradicional de Buñol no lleva tomate. El mojete, plato de labranza histórico elaborado con harina, carne o bacalao, es el guiso que los buñolenses comen la noche de la Tomatina. La paradoja perfecta. El entorno natural completa la propuesta. A pocos kilómetros del pueblo, la Cueva del Turche es un paraje de barranco, cascada y pozas naturales que en verano se convierte en el refugio fresco que cualquier escapada al interior necesita. Los manantiales históricos del pueblo han alimentado esta zona desde siempre, y la Hoya de Buñol guarda ese perfil de paisaje interior valenciano que no ha necesitado inventarse para resultar atractivo.

Arco y muralla en el castillo de Buñol, España

Arco y muralla en el castillo de Buñol, España / Istock

Cómo llegar y qué llevarse puesto

Buñol está a unos cuarenta minutos de Valencia por la A-3 —la misma autovía que, si se sigue hacia el interior, lleva a Madrid en unas tres horas, atravesando la Meseta por uno de los corredores más transitados de España. Desde la capital, son aproximadamente 300 kilómetros por la misma vía, sin complicaciones de ruta. El pueblo también tiene estación de tren en la línea Utiel-Valencia, aunque el coche permite moverse mejor por la comarca y llegar a parajes como la Cueva del Turche.

Cueva del Turche, Buñol

Cueva del Turche, Buñol / Istock / FRAN LORITE

Lo primero que ver es el castillo: entrada gratuita, abierto todos los días, con visitas guiadas disponibles para quien prefiera contexto explicado. El barrio que lo rodea se recorre a pie, sin mapa, y esa es la única forma correcta de hacerlo: calles árabes, plazuelas blancas, algún gato tomando el sol en un escalón. El Molino Galán, antiguo molino industrial reconvertido en biblioteca municipal y sala de exposiciones, es otra parada que vale la pena. Y La Librería de Doña Leo, en la calle del Cid número 21, es obligatoria: aunque no se compre nada —algo improbable—, el local tiene esa energía de los sitios que están vivos de verdad.

Calles de Buñol

Calles de Buñol / Istock

En la mesa, el mojete es la referencia ineludible, pero la gastronomía de la Hoya de Buñol tiene más capas: los embutidos locales —longaniza, sangregordo, sobrasada marina, blanquet— y los arroces de la comarca son argumento suficiente para quedarse a comer. El arroz con bledas, el arroz con costilla de cerdo o la olla podrida forman parte de esa tradición de cocina de subsistencia convertida en cocina de identidad, que es lo que son las mejores gastronomías regionales españolas.

Viaducto de Bunol en Autovía A-3 road Valencia

Viaducto de Bunol en Autovía A-3 road Valencia / Istock / TONO BALAGUER

Para sentarse a mesa, dos referencias verificadas en el pueblo: la Venta del Pilar, en la avenida Pérez Galdós número 5, cocina casera local con tres comedores y arraigo en el pueblo; y el Trébede Restaurantecalle Doctor Gómez Ferrer número 10, con cocina de autor basada en producto local y vistas panorámicas. Máximo Huerta vive aquí. Escribe aquí. Cuida a su madre aquí. Sale a pasear con Doña Leo por las mismas calles que pintó Sorolla. Hay algo en ese dato —un escritor que elige un pueblo de diez mil personas sobre cualquier otra opción disponible— que resulta más elocuente que cualquier guía de viaje. El kilómetro cero de la felicidad, dijo él. La A-3, dirección interior de Valencia, es la carretera que lleva hasta allí.