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El refugio de Marc Cucurella (27 años) es un pueblo catalán de 10.000 habitantes donde su abuelo le llevaba cada mañana a La Masia: viñedos milenarios entre la sierra y el Mediterráneo

El lateral de la selección española acaba de fichar por el Real Madrid y regresa a España tras cuatro años en Londres. Detrás del jugador con melena reconocible está el niño de Alella al que un abuelo culé llevaba en coche a Barcelona cada mañana.

El pueblo que guarda el refugio y las raíces de Marc Cucurella.

El pueblo que guarda el refugio y las raíces de Marc Cucurella. / Istock

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El 15 de junio de 2026, pocas horas antes de que España saliera al césped del Mercedes-Benz Stadium de Atlanta para su debut en el Mundial, el Real Madrid hacía oficial el fichaje de Marc Cucurella. Seis temporadas, hasta 2032, unos 55 millones de euros al Chelsea. La noticia circuló a la velocidad habitual de estas cosas, con todos los detalles del traspaso y la cifra de la operación. Lo que salió menos en los titulares fue que, con ese fichaje, un chico de Alella volvía a casa.

Alella es el pueblo que guarda el refugio y las raíces de Cucurella.

Alella es el pueblo que guarda el refugio y las raíces de Cucurella. / Istock

Esa misma tarde, España empató 0-0 con Cabo Verde. Un resultado que a muchos sorprendió, aunque el seleccionador Luis de la Fuente lo explicó después sin alarma: "En un Mundial hay igualdad y una dificultad extrema". Cucurella, titular, fue uno de los referentes defensivos de La Roja desde el primer minuto. El mismo que semanas antes bromeó con que prefería rapársela antes que ponerse la camiseta blanca, y que acabó firmando por el Real Madrid antes de que terminara junio. El fútbol tiene esa capacidad de contradecirse con elegancia.

Pero si algo importa para entender a Marc Cucurella —el jugador, el hombre, la trayectoria completa— hay que ir antes de todo eso. Hay que ir a Alella.

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Adriana Fernández

Cururella, el niño de Alella

Hay una imagen que resume bastante bien los años de formación de Cucurella: un coche que sale cada mañana de un pueblo del Maresme y cubre los 18 kilómetros hasta Barcelona por la C-32. Dentro, un abuelo culé y su nieto con la bolsa de fútbol. El destino es siempre el mismo: La Masia. Esa rutina, que Cucurella ha evocado en más de una entrevista recordando que "mi familia siempre ha sido del Barça e iba al estadio con mi abuelo", es uno de los pocos retazos de infancia que ha dejado escapar públicamente alguien que, por lo demás, guarda con bastante celo su vida fuera del campo.

Viñedos en Alella.

Viñedos en Alella. / Istock / Hans Geel

Antes de La Masia estuvo el fútbol sala. Cucurella empezó tocando el balón en los polideportivos del pueblo, como hacen tantos críos del Maresme, antes de que los ojeadores del Espanyol se fijaran en él. Pasó seis o siete años en la cantera blanquiazul —él mismo ha hablado de que "dejó muchos amigos" allí y que "llorar la final de Glasgow fue real"— antes de dar el paso al Barcelona en 2012. El abuelo fue en buena medida el motor de esos desplazamientos diarios que una familia de clase media de Alella sostuvo durante años para que el chaval llegara a tiempo al entrenamiento. No era un detalle menor: Alella es un pueblo de renta alta en el que, como en cualquier sitio donde conviven capas sociales distintas, no todas las familias tenían el mismo punto de partida.

Lo que siguió ya es la carrera que todos conocen: ascenso con el Barça B, cesión al Eibar, el Getafe como trampolín europeo, el Brighton como primer salto a la Premier, y luego el Chelsea en 2022 por una cifra que en ese momento era récord mundial para un lateral izquierdo. Cuatro años en Londres. La Conference League conquistada ante el Betis. El Mundial de Clubes en 2025. La Eurocopa de 2024 levantada con España. Y ahora el Bernabéu, que nadie se esperaba, incluido él mismo.

Vistas al mar desde los viñedos de Alella.

Vistas al mar desde los viñedos de Alella. / Istock / Hans Geel

Con Claudia Rodríguez, su pareja, y sus tres hijos —Mateo, Río y Bella— vuelve a España. El primogénito, Mateo, tiene diagnosticado autismo desde los tres años, algo de lo que Cucurella ha hablado con una franqueza infrecuente en el fútbol de élite: "Cada avance con Mateo sabe mucho mejor". La familia ha construido su núcleo en torno a esas rutinas que el niño necesita, y el regreso a casa tiene también ese componente. A Alella se vuelve cada verano. La casa familiar sigue ahí, a 20 minutos de Barcelona, mirando hacia el Mediterráneo.

Viñedos romanos a dos kilómetros del mar

Llegar a Alella desde Barcelona es una de esas sorpresas menores que tiene el Maresme: sales de la ciudad, sigues la costa hacia el norte, y a los 18 kilómetros aparece un pueblo que no parece haber tenido mucha prisa en convertirse en otra cosa. Unas 10.000 personas, casas señoriales con jardín, masías desperdigadas entre viñas, y la Sierra Litoral —el Parc Natural de la Serralada de Marina— haciendo de telón detrás. El mar queda a dos kilómetros. La autopista a diez minutos. Y sin embargo Alella tiene esa quietud de los sitios que han aprendido a no apresurarse.

El pueblo tiene su razón de ser histórica en el vino. La Denominación de Origen Alella es la más pequeña de Cataluña y una de las más antiguas de toda la Península. Los romanos ya producían vino aquí: los poetas Marcial y Plinio citaban el lauretanum, el vino de Laietania, que salía desde estas costas hacia otras ciudades del Imperio. En el término de Teià, a pocos minutos del centro de Alella, el yacimiento arqueológico de Vallmora conserva los restos de una bodega romana con actividad documentada entre los siglos I antes de Cristo y el V de nuestra era —seiscientos años seguidos de producción vinícola en el mismo lugar—, hoy visitable a través del Centro Enoturístico y Arqueológico que ofrece visitas guiadas y reconstrucciones de las prensas originales. Es una manera muy concreta de entender que la tradición del vino aquí no es marketing: tiene raíces físicas.

Casa en la colina, en Alella.

Casa en la colina, en Alella. / Istock / mafrmcfa

La variedad que define la DO Alella es la Pansa Blanca, conocida también como Xarel·lo. Sobre suelos de sauló —granito en descomposición, arenoso y bien drenado— y con las laderas orientadas al mar, esta uva produce blancos secos de una frescura y mineralidad reconocibles, además de los cavas con los que la denominación lleva décadas ganando reputación fuera del territorio. En la DO Alella hay nueve bodegas en activo, y entre las más accesibles para el viajero destacan Alta Alella, bodega familiar y ecológica enclavada en el corazón del Parc Natural; Bouquet d'Alella, con una larga trayectoria de enoturismo en el municipio; y Alella Vinícola —también conocida como Bodega Modernista—, diseñada en 1906 por el arquitecto Jeroni Martorell y que es uno de los iconos del patrimonio industrial catalán de esa época. Las tres aceptan visitas, con o sin reserva previa según temporada (se recomienda confirmar). El municipio organiza también la Ruta del Vino DO Alella, que incluye seis bodegas visitables con diferentes formatos de degustación.

Una de las casas de Alella.

Una de las casas de Alella. / Istock / Mafr

El casco histórico gira en torno a la iglesia de Sant Feliu, cuyo campanario románico —los primeros cuerpos datan del siglo XI— convive con añadidos góticos, barrocos y una fachada del siglo XVII. En su archivo parroquial duerme un boceto firmado por Antoni Gaudí en 1883: el proyecto de una capilla que nunca se construyó porque el arquitecto tuvo que concentrarse en la Sagrada Família. Gaudí veraneó en Alella durante una década y dejó en el pueblo piezas de mobiliario para la familia Vicens —los mismos que le encargaron la Casa Vicens de Barcelona—, hoy parcialmente recuperadas. Que Alella guarde un Gaudí no ejecutado en el archivo de su parroquia dice algo del tipo de pueblo que es: uno al que las grandes historias le han rozado sin convertirlo en destino de masa.

A pocos minutos a pie del centro aparecen masías del siglo XIV, algunas reconvertidas en bodegas o en alojamientos rurales, y el Cal Marquès d'Alella, una construcción señorial de planta poligonal catalogada como número uno del patrimonio histórico-artístico local. El conjunto da la sensación de un pueblo que ha sabido preservar su fisonomía sin convertirla en decorado.

Qué hacer: entre la vendimia y la calçotada

Cualquier escapada a Alella desde Barcelona puede organizarse en medio día, aunque la zona da para más. La ruta natural es salir por la C-32, llegar en veinte minutos y tener el programa abierto. Los amantes del vino tienen en la Ruta del Vino DO Alella el hilo conductor más evidente: visitar Alta Alella —previa reserva, con degustaciones desde unos 15-20 euros que incluyen cata de vinos y cavas—, recorrer los viñedos con vistas al mar y terminar en Alella Vinícola para ver el edificio modernista. Para quien quiera profundizar en los orígenes romanos, el desvío al Centro de Vallmora en Teià es imprescindible.

El mejor momento del año para visitar es septiembre, cuando el pueblo celebra la Festa de la Verema, su fiesta más arraigada. Los días centrales suelen ser el primer o segundo fin de semana del mes, con una Muestra del Vino DO Alella en la plaza del Ayuntamiento, catas guiadas, visitas a masías, correfoc y conciertos. En 2025 se celebró la edición 51ª, lo que da idea de la continuidad del evento. Agosto tiene la Festa Major de Sant Feliu, en torno al 1 de agosto, más familiar y local. El segundo domingo de junio se celebra el Aplec de l'Arròs, un concurso gastronómico de arroces que atrae a vecinos de la comarca.

Los viñedos de Alella con el mar de fondo son una de las panorámicas más impresionantes del pueblo.

Los viñedos de Alella con el mar de fondo son una de las panorámicas más impresionantes del pueblo. / Istock / Hans Geel

La gastronomía de la zona bebe directamente del litoral y de la huerta del Maresme. El suquet de peix es el plato de referencia en cualquier restaurante de la costa cercana: un guiso de pescado de roca con patata y una base de picada catalana. El Masnou y Premià de Mar, a pocos minutos en coche, tienen chiringuitos y restaurantes de pescado que funcionan bien todo el año. La fresa con denominación de origen propia del Maresme, de temporada entre febrero y junio, es uno de esos productos que hay que comer en el territorio para entender por qué tiene DO. En época de calçots, entre diciembre y marzo, las masías de la comarca ofrecen calçotadas con salsa romesco que merecen planificarse con antelación.

Para redondear la escapada, el radio cercano da mucho juego: El Masnou tiene playa urbana a dos kilómetros de Alella; Caldetes —Caldes d'Estrac— es uno de los balnearios más elegantes del Maresme, con arquitectura modernista y buen ambiente. Hacia el interior, Argentona conserva su mercado de cántaros y un centro histórico sin exceso de turismo. Vilassar de Dalt, encaramado sobre la sierra, tiene una vista sobre el litoral que justifica la subida por sí sola. Y para quien quiera completar el día con algo más ambicioso, Montserrat está a menos de una hora por autopista.

Torre Piarist de Alella

Torre Piarist de Alella / Istock

Llegar a Alella en transporte público requiere tomar el tren de cercanías hasta El Masnou —línea R1 desde Barcelona, unos 25 minutos— y desde allí un taxi o un paseo de unos cuatro kilómetros hasta el centro del pueblo. En coche es más cómodo: la C-32 deja Alella a veinte minutos de Diagonal. Aparcamiento gratuito en el perímetro del casco histórico.

Uno de los atractivos de Alella es que no ha necesitado inventarse ningún relato. El vino, la sierra, el mar, la historia con dos mil años de raíces documentadas. Y ahora, de rebote, un fichaje de 55 millones de euros que coloca en el mapa a un pueblo del Maresme que siempre había preferido el perfil bajo. El abuelo de Cucurella llevaba a su nieto a La Masia en coche cada mañana. La historia no pedía más.