Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El refugio de Joaquín Sabina (77 años) es una joya multicultural de la provincia de Cádiz: "El único sitio donde no me siento un extranjero"

Tras despedirse de los escenarios con su gira "Hola y adiós", el cantautor de Úbeda ha encontrado en Rota, un pueblo marinero de la Costa de la Luz, el lugar donde por fin quiere envejecer.

El pueblo en el que Joaquín Sabina quiere pasar el resto de su vida está en Cádiz.

El pueblo en el que Joaquín Sabina quiere pasar el resto de su vida está en Cádiz. / Gtres / Wikicommons | El Pantera

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Hay artistas que uno siente que siempre han estado ahí. No como algo que uno decide escuchar, sino como algo que aparece. En la radio del coche de tu padre, en la barra de un bar a las tres de la mañana, en la letra de una canción que alguien tararea sin darse cuenta. Joaquín Sabina es eso: parte del paisaje sonoro de varias generaciones de españoles. Nacido en Úbeda en 1949, se retiró oficialmente de los escenarios en 2025, tras una extensa gira de despedida que recorrió América Latina y Europa.

Jardines en la base naval de Rota.

Jardines en la base naval de Rota. / Wikicommons | Mikeiamunion21

A lo largo de más de cinco décadas, editó 17 discos de estudio y 7 en directo, forjando una trayectoria que va mucho más allá de los números. Sus letras —irónicas, barrocas, carnales— han acompañado rupturas amorosas, noches de fiesta y conversaciones de madrugada con la misma facilidad. Colaboró con Joan Manuel Serrat, con Fito Páez, con Leiva. Fue pregonero del Carnaval de Cádiz en 2019, uno de los momentos que sus seguidores recuerdan con especial cariño.

Paraje de Punta Candor (Rota)

Paraje de Punta Candor (Rota) / Istock

El reconocimiento le llegó de todas partes. Ha sido objeto de homenajes, documentales, tesis universitarias. Su figura trasciende lo musical porque Sabina es también un poeta de calle, alguien que convirtió la vida bohemia en materia literaria de primera categoría. Pero cuando los focos se apagan y la gira termina, el hombre que escribió Pongamos que hablo de Madrid o 19 días y 500 noches vuelve siempre al mismo sitio: un pueblo de unos 30.000 habitantes en la costa gaditana. Un sitio donde nadie le pide autógrafos. Un sitio donde, según dice él mismo, por fin respira.

5 pueblos que debes recorrer para decir que conoces Cádiz

Adriana Fernández

Lo que Sabina dice de Rota, y lo que Rota dice de él

Su vida actual se divide entre Madrid y visitas frecuentes a Rota, un lugar que él considera su verdadero refugio. "Rota es el único sitio del mundo donde no me siento un extranjero. En Madrid soy el Loco de la colina, en Buenos Aires un mito, pero en Rota soy el que va a comprar el pan y el que se toma una copa en El Alambique sin que nadie le pida un autógrafo", ha contado en diversas entrevistas y reportajes a lo largo de los años con esa mezcla de humor y honestidad que le caracteriza.

Puesta de sol en Los Corrales de Rota.

Puesta de sol en Los Corrales de Rota. / Istock

No es un amor reciente. Sabina lleva décadas vinculado a la villa gaditana, y lo que empezó como un veraneo acabó convirtiéndose en algo mucho más profundo. Todo comenzó a través de su estrecha amistad con el poeta Luis García Monteroy la escritora Almudena Grandes, quienes fueron los primeros en descubrir las bondades de Rota como refugio creativo. A mediados de los 90, este grupo de intelectuales buscaba un lugar donde huir del ruido de Madrid para escribir. Sabina se sumó, y encontró en esa villa frente al Atlántico algo que nunca había podido comprar con ninguna gira ni ningún disco de oro.

Para él, Rota es "la risa de mis amigos". "Es ese balcón donde nos sentamos a arreglar el mundo y terminamos estropeando nuestra salud, pero salvando el alma. Sin Rota, mis canciones de los últimos veinte años serían mucho más tristes", reconoció en una entrevista. Y hay algo más: hasta el viento le parece un aliado. "El viento de levante obliga a la gente a quedarse en casa bebiendo y hablando, que es lo que mejor sabemos hacer los de mi especie. La luz de Rota tiene una transparencia que te obliga a ser honesto contigo mismo", dijo. El ruido de Madrid es, para Sabina, "una agresión", mientras que en Rota el ruido "es el de las olas o el de una charla en una taberna. Es el único lugar donde consigo que el reloj se pare un rato".

Paraje de Punta Candor (Rota)

Paraje de Punta Candor (Rota) / Wikicommons | El Pantera

En 2017, el Ayuntamiento de Rota le nombró Hijo Adoptivo de la Villa. En el discurso de aceptación, Sabina fue al grano, como siempre: "Acepto este honor no por méritos, sino por amor. He vivido en muchos sitios, pero he elegido Rota para envejecer. Es mi puerto de llegada… es el único sitio donde no me siento extranjero". Pocas frases resumen mejor lo que este pueblo significa para él.

La conexión también está en la música. Allí compuso La canción más hermosa del mundo, una de sus melodías más escuchadas y versionadas. Los versos "Yo era un mapamundi sin norte ni sur, / un barco de vela encallado en la duna…" nacieron directamente de sus largas tardes mirando las dunas y las playas de Rota. Y no es lo único que se cocinó en esas calles. Han pasado décadas de largas sobremesas, cenas en el patio de su casa o en restaurantes locales como El Tragaluz o Badulaque, donde las servilletas de papel terminaban llenas de versos que luego se convertían en canciones. Sabina acabó comprando una casa en la urbanización Virgen del Mar, una zona tranquila y sin pretensiones, famosa entre sus conocidos por su impresionante biblioteca. Dicen que en Rota lee más que en Madrid.

Punta Candor, en Rota.

Punta Candor, en Rota. / Istock

Por qué merece la pena ir a Rota aunque no seas fan de Sabina

Aquí está la paradoja de Rota: es un sitio que eligen para huir los que ya tienen de todo, pero que cualquier viajero curioso tiene mucho que ganar visitando. Situada en la Bahía de Cádiz, esta villa marinera ha sabido conjugar su herencia andaluza con una sorprendente influencia estadounidense debida a su famosa Base Naval. Esa dualidad le da una personalidad que no encontrarás en ningún otro pueblo de la Costa de la Luz.

Paisajes de los alrededores de Rota.

Paisajes de los alrededores de Rota. / Istock

Fue el primer lugar de España donde se bebió Coca-Cola, se comieron hamburguesas de verdad o se escuchó rock and roll y jazz en las radios. La historia viene de 1953, cuando durante la dictadura de Franco se firmaron los pactos que permitieron la construcción de la Base Naval de Rota, lo que cambió la fisonomía y el alma del pueblo para siempre. De la noche a la mañana, un pueblo de pescadores y agricultores empezó a convivir con miles de militares estadounidenses. Rota se llenó de letreros en inglés, coches de importación enormes, música rock, hamburgueserías y tiendas con productos que no existían en el resto de España. El resultado es una convivencia cultural que hoy se nota en cada esquina: tabernas de frituras junto a locales de comida americana, una población bilingüe y abierta al mundo, y una tolerancia hacia lo foráneo que, quizás, es exactamente lo que Sabina siempre buscó.

El casco histórico merece una mañana entera. El Castillo de Luna es una fortaleza del siglo XIII con un patio mudéjar precioso que hoy es la sede del Ayuntamiento. Los callejones blancos se llenan en primavera de macetas y flores; hay una tradición de patios cuidados con mimo que recuerda a Córdoba. Los Corrales de Rota son un monumento natural histórico: un sistema de pesca artesanal que se remonta a la época romana, con parcelas de piedra en la playa que retienen el agua y los peces cuando baja la marea. Vale la pena acercarse a verlos al amanecer, cuando apenas hay nadie.

Las playas son kilométricas y bien cuidadas: la Playa de la Costilla es la urbana por excelencia, galardonada constantemente por su calidad, mientras que Punta Candor es una playa mucho más salvaje, rodeada de dunas y pinares protegidos, ideal para quienes buscan conectar con la naturaleza. No es casualidad que Sabina haya confesado que disfruta de los paseos matutinos por esa orilla.

En cuanto a la gastronomía, la pregunta tiene respuesta fácil: la urta a la roteña. Es el plato estrella del pueblo: un pescado de roca cocinado con una salsa a base de verduras de la huerta local —tomate, pimiento, cebolla— y vino de la zona. Para acompañar, la Tintilla de Rota, un vino dulce y oscuro elaborado con una variedad de uva autóctona que estuvo a punto de desaparecer y que hoy los enólogos tienen muy en cuenta. Algunos de los mejores sitios para probarlo son El Tragaluz y El Badulaque, ambos con terraza y con solera, los mismos en los que Sabina y sus amigos han llenado servilletas de versos a lo largo de los años. Para algo más informal, cualquier bar del centro histórico que tenga urta en la carta sirve perfectamente.

En verano, la Feria de la Urta y el festival flamenco Arranque Roteño ponen banda sonora a las noches en las que el pueblo se echa a la calle. Y es ahí cuando se entiende que alguien acostumbrado a los grandes escenarios elija precisamente esto para descansar. Rota se ha convertido en un referente de turismo sostenible en Cádiz, potenciando sus rutas por los pinares, sus carriles bici y una oferta gastronómica que va desde la taberna de toda la vida hasta restaurantes que fusionan la cocina local con influencias internacionales, herencia directa de la Base Naval.

Hay sitios que uno visita. Y hay sitios que a uno le cambian algo por dentro. Rota, según Sabina, es de los segundos. Eso, viniendo de quien viene, ya es motivo suficiente para ir a comprobarlo.