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El refugio de Hugo Silva (49 años) es un pueblo con un palacio barroco a 20 minutos de Madrid: "Me gusta su atmósfera de pueblo, pero estás sorprendentemente cerca de la ciudad"

El actor madrileño de San Blas encontró lo que buscaba a veinte minutos del centro: campo, silencio, un palacio con más historia que muchos pueblos de provincias, y la sensación de haber salido de la ciudad sin haberse ido.

Una maravilla cercana de Madrid que es el contrapunto perfecto a la agitada capital.

Una maravilla cercana de Madrid que es el contrapunto perfecto a la agitada capital. / Gtres / Wikicommons

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Veinticinco años en la profesión y ninguna necesidad de presumir de ello. Eso, más que cualquier papel concreto, define a Hugo Silva. Llegó a las pantallas a finales de los noventa con Al salir de clase, se quedó con Los hombres de Paco, se reveló como actor de fondo en El cuerpo, se hizo de culto en El Ministerio del Tiempo y no ha parado desde entonces: La cocinera de Castamar, Un amor con Isabel Coixet, Buscando a Coque. Y en enero de este año, el estreno de la segunda temporada de Marbella en Movistar Plus+ -titulada Expediente judicial-, donde su abogado picaresco y sin escrúpulos enfrenta ahora a una fiscal antidroga tan implacable como él. Mucho trabajo acumulado para alguien que se define mediterráneo y que lo que más le gusta es dar paseos y tomarse unas cañas con los amigos.

Cielos de Boadilla del Monte.

Cielos de Boadilla del Monte. / Istock

Silva nació en San Blas, uno de esos barrios de Madrid donde la identidad de sus vecinos tiene más que ver con el bloque y la calle que con el distrito. Familia de raíces mezcladas -"mitad sevillana, gaditana, portuguesa... era una familia errante, hasta que llegaron a Madrid"-, estudios de arte dramático en la RESAD y en la Escuela Ángel Gutiérrez, canto, guitarra, y una etapa en el grupo de heavy metal Inordem que hoy suena más a anécdota fundacional que a extravagancia. Con los años y los hijos -tiene mellizos, Darío y Diego-, el centro de Madrid fue dejando de ser suficiente. Lo que encontró en Boadilla del Monte fue exactamente lo que buscaba: "Un sitio espectacular. Me gusta lo tranquilo que es, la atmósfera de pueblo, pero está sorprendentemente cerca de Madrid ciudad. En cuanto atraviesas el monte, ya ves el skyline madrileño, las torres... Boadilla del Monte está muy bien situado. También es un lugar en el que mi familia está a gusto, que es lo que íbamos buscando." Lo dijo sin adornos, en el tono que tiene para decir las cosas, y resume perfectamente la paradoja que ha convertido a este municipio del oeste metropolitano en destino de quienes ya no pueden con la ciudad pero tampoco quieren perdérsela.

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El infante desterrado y su palacio

Antes de que llegara Hugo Silva, antes de que llegara nadie que viniera a buscar lo mismo que él, Boadilla del Monte ya tenía una historia que muchas ciudades medianas envidiarían. En 1763, el Infante Don Luis Antonio de Borbón y Farnesio -hermano menor de Carlos III, hombre cultivado, amante de las artes y personaje incómodo para la Corona- encargó al arquitecto Ventura Rodríguez la construcción de un palacio en lo que entonces era poco más que monte y encinas a las afueras de Madrid. El resultado fue uno de los edificios más notables del tardo-barroco español: una residencia de planta elíptica, jardines geométricos con diez mil bojes recortados y tilos traídos de Holanda, capilla con cúpula, y una fuente -la llamada de los Tres Caños, también obra de Ventura Rodríguez- frente a la fachada principal.

Palacio del Infante Don Luis en Boadilla del Monte

Palacio del Infante Don Luis en Boadilla del Monte / Istock

El infante vivió allí entre 1765 y 1776, y en ese tiempo el palacio se convirtió en un cenáculo improbable: Francisco de Goya llegó para retratar a la familia; Luigi Boccherini compuso para sus salones; el propio Ventura Rodríguez era visita frecuente. La historia que siguió fue más oscura. Carlos III, harto de los amoríos de su hermano, lo desterró a Arenas de San Pedro -donde Boccherini continuó a su servicio- y el palacio comenzó su largo declive. Pasó a los Duques de Sueca, fue hospital y cuartel durante la Guerra Civil, recibió bombardeos y perdió buena parte de su colección de arte en el saqueo. Entre 1940 y 1973 acogió un internado de niñas del Auxilio Social -"las niñas del palacio", como las llamaban en el pueblo-, una historia en sí misma que todavía flota en la memoria local. Fue declarado Monumento Nacional en 1974, comprado por el Ayuntamiento en 1998 y desde entonces se restaura con parsimonia y escasos fondos.

Carril bici en Boadilla del Monte.

Carril bici en Boadilla del Monte. / Wikicommons | Zarateman

Silva conoce el palacio desde dentro, y no solo como vecino. Rodó allí un episodio de El Ministerio del Tiempo, la serie en la que interpretó durante cuatro temporadas al agente Pacino. Lo dijo con la brevedad con que suele calificar lo que le impresiona: "Es brutal... Huele a chimenea y es muy bonito." Milos Forman también lo eligió como escenario para Los fantasmas de Goya (2006). No es casualidad: el edificio tiene esa cualidad de los lugares que han absorbido demasiadas cosas y las retienen en las paredes. Hoy los jardines están restaurados y son visitables; el interior se puede recorrer en visitas guiadas organizadas desde la Concejalía de Turismo. Conviene confirmar horarios antes de ir.

El pueblo que eligió la misma paradoja

Lo que Boadilla vende como atractivo turístico -el palacio, la iglesia mudéjar de San Cristóbal del siglo XV, el Convento de la Encarnación fundado en 1674- es real, pero no es todo. El municipio tiene unos 52.000 habitantes, uno de los crecimientos más rápidos del área metropolitana madrileña, y su expansión dice algo sobre una tendencia que no es nueva pero que se ha acelerado: la del madrileño que quiere vivir como en un pueblo sin renunciar a trabajar, salir o moverse como en una ciudad. Silva encarna ese arquetipo, pero no es una rareza entre sus vecinos. Es la norma.

Calle de Boadilla del Monte.

Calle de Boadilla del Monte. / Zarateman | Wikicommons

El casco histórico merece un paseo sin prisa. La Iglesia de San Cristóbal -mudéjar tardío, espadaña austera, interior de tres naves- está en el centro del pueblo viejo, a pocos metros del convento carmelita cuya fachada de piedra sobrevive razonablemente bien al paso del tiempo. Entre ambos se abre una trama de calles estrechas que todavía recuerdan al pueblo que fue antes de que llegara la primera urbanización. Más allá, el monte: encinas, pinos, arroyos. El Puente de Piedra sobre el Arroyo de Vallelargo, apenas señalizado, es uno de esos rincones que no aparecen en ninguna guía y que los vecinos no suelen mencionar a los forasteros. Silva sale por aquí a correr y en bicicleta. "Corro mucho por el campo, me cojo el TRX y me voy a un sitio tranquilo, cojo la bici", decía en la misma entrevista en la que describió el municipio. No hace falta traducirlo.

Cómo llegar, qué ver, dónde comer en Boadilla

Boadilla queda a unos 14-20 kilómetros del centro de Madrid según el punto de partida, por la M-511 desde la M-40 -veinte minutos en coche con tráfico normal-. En transporte público, el metro ligero ML3 conecta Boadilla Centro con Colonia Jardín y Puerta del Sur.

Parque en Boadilla del Monte, Madrid.

Parque en Boadilla del Monte, Madrid. / Zarateman | Wikicommons

El palacio y sus jardines son la razón principal para venir: la visita guiada es la única forma de acceder al interior del edificio, pero los jardines con sus bojes y la fuente de Ventura Rodríguez son accesibles de forma más libre. El resto del recorrido histórico -iglesia de San Cristóbal, convento de la Encarnación, el Puente de Piedra sobre el arroyo- no lleva más de una mañana tranquila.

En la mesa, la cocina del monte madrileño marca el registro: cochinillo asado, cordero, caza menor en temporada, setas. La Barbacana ocupa una posición envidiable junto al palacio, con terraza con vistas a los jardines y una carta que mezcla platos tradicionales con elaboraciones más actuales; es la opción más valorada entre los vecinos para una comida con algo de contexto. La Hostería del Convento tiene lo que pocos restaurantes pueden presumir: está instalada en el antiguo convento de 1670 y sirve cocina creativa en un entorno que justifica por sí solo la visita. La Lonja de Boadilla apuesta por el producto de mercado y el trato directo; es, además, el restaurante donde el propio Silva fue entrevistado para soloboadilla.es, lo que en Boadilla ya vale como recomendación de vecino. Para el aperitivo, la Avenida Infante Don Luis concentra los bares de tapeo del municipio, donde la tarde del sábado se vive exactamente como Silva dice que le gusta: sin prisa, con cañas, cerca de casa.