El recorrido por Granada que aún no has hecho: siguiendo los aromas de la Alhambra, el Generalife y el Albaicín
A jazmín y a boj, a arrayán y a narciso: la lista de olores que identifican a la capital del antiguo reino nazarí es tan amplio y diverso como los deslumbrantes rincones que aguardan en sus calles. De los jardines del Generalife al mirador de San Miguel, y de la paz del Realejo a las jaleosas cuevas del Sacromonte, nos vamos de paseo por la ciudad andaluza para celebrar, además, que Alhambra y Albaicín cumplen años como Patrimonio de la Unesco.

Tal vez lo que conquiste de ella sea esa luz cálida, eterna, que nos advierte de que estamos en el sur y de que, oye, el Mediterráneo tampoco se halla tan lejos. O quizás sea la huella del pasado morisco, reflejo de los siete siglos de dominio musulmán que se leen en cada rincón, en cada esquina de la ciudad. Puede que, en realidad, sea la mirada atenta de la todopoderosa Sierra Nevada, que contempla, imponente, la belleza sin igual de esta capital de provincia desde la distancia. Es más: incluso es posible que sean los ecos de todos esos poemas escritos por grandes como Federico García Lorca a lo largo de la historia. Versos en los que, cómo no, Granada está siempre presente. Si se está atento, si se hace el esfuerzo, se comprobará que aún resuenan entre las paredes del hermoso Albaicín.

La cuestión es que no hay absolutamente nadie que, a su paso por este pedacito de Andalucía, no deje escapar en algún momento un suspiro de emoción, unas palabras de halago. Sobre todo, al ser partícipe de cómo el deslumbrante Albaicín lleva siglos manteniendo un idilio único con su adorada Alhambra. Una historia de deseo de esas que solo los grandes amantes saben alimentar. Una relación a distancia, sí, pero basada en el respeto y en la admiración, porque ambos son lo que son, en parte, gracias al otro.
Este 2024, además, los dos tesoros patrimoniales de la ciudad han estado de celebración: mientras la Alhambra cumple 40 años desde que fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el Albaicín hace lo propio por sus 30. Una efeméride que aplaudimos de una manera muy especial: dejándonos guiar por sus aromas.

Entre cuestas, plazuelas y miradores
Caminar por las callejuelas del Albaicín es recuperar ese quejío desgarrado, colmado de sentimiento, que nadie como Enrique Morente supo transmitir al cantar desde sus entrañas. También es respirar el dulce aroma a jazmín que brota desde frondosos parterres y jardines semiocultos: es esta, no hay duda, una de las plantas que más abundan en toda la ciudad. De hecho, de su mano realizamos nuestra primera incursión en el palpitante corazón granadino. Un paseo para el que no olvidamos, tampoco, calzarnos unos zapatos cómodos y echar algo de agua a la mochila: no hay cuesta ni estrecha vía que, con sus empedrados, se resista ante el viajero ávido de conocer, deseoso de contemplar. Es lo que tiene el Albaicín, que, para adentrarse en él, hay que estar dispuesto a perderse sin rumbo, a andar y a desandar cada uno esos rincones que se desparraman desde la parte más alta del cerro de San Miguel hasta la Plaza Nueva.

Es esta la mejor manera de descubrir el legado que dejó tras de sí la dinastía nazarí, que abarcó desde 1238 a 1492. Una etapa que trajo consigo no solo el laberíntico entramado urbano que es su seña de identidad, sino también hasta 30 mezquitas que desaparecieron cuando su último rey, Boabdil, entregó Granada a los Reyes Católicos. Más de 40.000 personas llegaron a habitar este tesoro patrimonial cargado de estampas que hoy recorremos. Pasajes, aljibes, arcos, plazuelas y fuentes se suceden uno tras otro entre paredes blancas, macetas con flores y negocios locales, transportándonos con la imaginación hasta lugares exóticos y lejanos. Aquí se respira al-Ándalus en cada esquina.
Lo comprobamos al pasear la bulliciosa calle Elvira, donde son otros olores los que captan nuestra atención: la menta y la hierbabuena están presentes en sus teterías, decoradas con farolillos y telas de vivos colores. También atrapan los aromas de las especias que colman las tiendas tradicionales y puestos callejeros: ahí están la cúrcuma, la canela y el clavo, la pimienta y el comino, defendiendo con ahínco que muchos de los sabores de hoy son también los de antaño.

Subir la cuesta de San Gregorio nos regala en cada giro, donde menos lo esperamos, un mirador desde el que contemplar el skyline de la ciudad. También nos muestra los altos muros tras los que se ocultan los famosos cármenes, casonas con huertos que guardan en sus adentros pequeños paraísos con vistas. Viviendas que hoy son todo un lujo y que en el pasado fueron consideradas zonas de retiro por los musulmanes, sus creadores. Algunas, como la Casa del Chapiz, el Carmen de la Victoria o el de los Mártires, son visitables y todo un must. Llegar hasta el mirador de San Miguel es una gesta que merece la pena lograr, pues la Alhambra se desnuda ante quienes lo logran como la verdadera musa que es. Sin embargo, es el de San Nicolás el que acapara todas las atenciones, sirviendo de patio de butacas para las miles de personas que, cada tarde, se acercan a disfrutar del que muchos consideran —el expresidente estadounidense Bill Clinton así lo definió— el atardecer más bello del mundo.

El flamenco brota entonces de las guitarras y las voces de los músicos callejeros animan el cotarro de la misma forma que sucede en las tradicionales zambras del Sacromonte. Mientras, al otro lado del Darro, la majestuosidad del complejo palatino deslumbra a todos. En la mañana, cuando no son los últimos rayos de sol, sino los primeros, los que asoman en el horizonte, la experiencia de disfrutar del monumento en casi completa soledad desde el popular mirador se complementa con una agradable sorpresa: el canto del almuecín que, desde la vecina Mezquita Mayor de Granada, inaugurada en 2003, avisa de que es hora del primer rezo. Ahí es cuando la magia, verdaderamente, hace su aparición.

El lugar donde los jardineros pintan
“Hace 700 años, los nazaríes convirtieron el arrayán, que significa “el aromático” —al-rayan—, en su planta sagrada. Cruzaron los ejemplares más grandes y de flor más potente y consiguieron una variedad más poderosa: la que conocemos hoy como el arrayán morisco”. Quien nos habla es Amelia Garrido, asistente técnica de Paisajismo de Jardines, Bosques y Huertas del Patronato de la Alhambra y el Generalife, que acto seguido nos señala un conjunto de estos setos perfectamente alineados decorando una zona del monumento. Con hojas abarquilladas, y características por el aroma a aceites esenciales que desprenden estas al frotarlas, nos sorprende conocer que esta misma planta ya crecía en este preciso lugar allá por los siglos XVI y XVII.

Y es que, si existe un espacio en Granada en el que los aromas, importan, es precisamente este: la Alhambra, que recibe al año a más de 2,5 millones de visitantes, supone el enclave con el que sueña todo aquel que pone los pies en la ciudad. Un objetivo no tan sencillo de lograr, si no se hace con tiempo: las entradas para este complejo formado por la Alcazaba, los Palacios Nazaríes, los jardines del Partal y los del Generalife suelen agotarse con meses de antelación.

Inspiramos con fuerza el agradable aroma que desprende el boj —otra de las plantas más repetidas en el lugar, nos avisan—, y nos dejamos llevar al tiempo que avanzamos lentamente por los caminos que se despliegan en torno al Partal. No podemos dejar de fijarnos en los altos cipreses rodeados de rosas de pitiminí; en los parterres floreados de los que brotan rosales por decenas. “Estos son jardines del siglo XX. De hecho, está remodelado a la moda de entonces, cuando Leopoldo Torres Balbás convirtió una de las zonas más antiguas de la Alhambra en un jardín”, apunta José Carlos Ávila. Él, agrónomo de profesión, dirige el departamento de Jardines y Bosques del monumento y junto a Amelia, conforma un tándem de honorables anfitriones con los que aprender mil y una curiosidades sobre el lugar.
Por ejemplo que, aún hoy, en pleno siglo XXI, cuesta explicar la capacidad de los ingenieros de aquella época para trazar y levantar todo un canal con el que lograron llevar agua desde la Sierra de Huétor, aproximadamente a 10 kilómetros de distancia, hasta el palacio, con un desnivel mínimo. O que las huertas que contemplamos frente al Paseo de las Torres, donde crecen con fuerza calabazas y guisantes, coles, almendras, algodón, azafrán o granadas, llevan funcionando y siendo fértiles desde época medieval —e incluso, nos chivan, desde los romanos—. El 80 % de lo que es plantado en los jardines de la Alhambra, que cuenta con alrededor de 800 especies diferentes, lo producen en el propio monumento, de manera que sus jardineros “pintan cuadros con ellas”, afirma Amelia con una sonrisa. “Igual que el arbusto nazarí por excelencia es el arrayán”, añade José Carlos, “el árbol es el almez”, nos dice. Y acto seguido nos invita a mirar a nuestro alrededor para toparnos, de bruces, con varios ejemplares.
Es, sin embargo, al alcanzar el Generalife, cuando el síndrome de Stendhal hace su aparición. Casi intacto desde la época medieval, su belleza es de tal calibre que abruma. Un paisaje que, nos desvelan, cambia dos veces al año, cuando adaptan las especies plantadas a la época correspondiente. Porque, por si no quedaba claro, no existe solo una Alhambra, sino que hay tantas como la imaginación permita crear.

Un olor para soñar
Tomar de nuevo distancia es siempre una buena opción: poniendo espacio de por medio, la fascinación puede llegar a alcanzar cotas insospechadas. Es lo que ocurre cuando, copa de vino en mano, disfrutamos de nuevo de la silueta de la Alhambra, solo que desde el otro lado del Darro. Más concretamente, desde la azotea del Hotel Palacio Gran Vía, un exclusivo alojamiento 5 estrellas G.L. al amparo del sello Royal Hideaway de Barceló que se alza, en plena Gran Vía de Granada y a dos pasos de la mismísima catedral —lugar, dicho sea de paso, donde se hallan enterrados los Reyes Católicos—, ocupando el edificio de lo que a comienzos del siglo XX fue la Banca Rodríguez Acosta. Una historia que, como todas, le añade atractivo al asunto: con un delicado diseño modernista, traspasar su señorial puerta de entrada es toparse con un universo paralelo. Hacer un viaje en el tiempo colmado de guiños a su vida anterior: en el salón principal aún se conservan las ventanillas de madera en las que trabajaban los cajeros del banco.

En algunos rincones reposan inmensas cajas fuertes en cuyo interior se hallaron cheques y talonarios antiguos. La cafetería del hotel ocupa el que fue uno de los principales despachos, mientras que las majestuosas escaleras que hoy conducen a sus habitaciones —38 en total—, y que un día lo hicieron a la residencia de la familia Rodríguez Acosta, mantienen su hermosa vidriera de 1907 y el vetusto artesonado original. ¿El detalle que marca la diferencia? Al hacer check in, ofrecen a sus huéspedes oler tres esencias diferentes que representan a Granada —agua de jazmín, de neroli o de narciso—, para que elijan cuál de ellas prefieren para su habitación durante la estancia.
Si lo que de verdad motiva es el jugar y crear con los olores, eso sí, es menester dirigirnos al Patio de los Perfumes, una espectacular casa-palacio del siglo XVI, en plena Carrera del Darro, que un día perteneció a Hernán Pérez del Pulgar y que aloja el proyecto de Christian Pamies y Valérie Sabini, originarios de Grasse, la capital mundial de este producto. Un lugar dedicado por entero al mundo de las esencias naturales donde ofrecen una inmersión olfativa a este universo, ya sea a través de su museo, de las creaciones disponibles en su boutique o de sus talleres de perfumería.

Otros aromas muy diferentes, sin embargo, vendrán a tentarnos desde todos los rincones de la ciudad en cuanto el reloj marque la hora oportuna. Son los olores que emanan de las cocinas de los bares y restaurantes granadinos, que, fieles a su tradición, animan a locales y a foráneos a disfrutar del noble arte del tapeo.
Los barrios más emblemáticos de Granada, desde el Albaicín a Plaza Nueva, desde Gran Vía a las calles del Realejo —el barrio judío de la ciudad—, cuentan con innumerables negocios en los que se mantiene el detalle de proveer al cliente algo de picar con solo pedir la bebida. Entre los clásicos, Los Diamantes y Los Manueles, Bodegas Castañeda o La Botillería: no habrá mejor contexto para despedir la ciudad que con un pescaíto frito por delante, unas roscas o un cazón. No antes, claro, sin brindar por la hermosa y eterna Granada, esta tierra de infinita belleza a la que siempre, siempre, le sobran las razones por las que volver.
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