El puente más bonito del mundo está en España y es un hito de la ingeniería de la época
Tan alto como las catedrales de media Europa, su construcción supuso todo un hito para la ingeniería de la época.

Si pensamos en puentes icónicos de España, es más que probable que enseguida venga este a la cabeza: una construcción levantada en la primera mitad del siglo XVIII, una mole de piedra densa, abierta por un único arco, que lejos de aliviar el paisaje con una silueta estilizada y ligera, parece una prolongación vertiginosa de las paredes rocosas del cauce del Guadalevín, el río sobre el que se levanta. Una pista: está en una provincia del sur de España. Y una curiosidad: cuando se construyó rivalizaba en altura con la mayoría de las agujas de las catedrales de media Europa. Su fama es tan grande como su belleza, aunque los ingenieros no piensan lo mismo.
“Es, sin ninguna duda, un mal puente, pero es –también sin ninguna duda– el mal puente más bonito del mundo”. Así se refiere Carlos Polimón, ingeniero y autor del libro ‘De puentes por España’ (editado por Geoplaneta), al puente nuevo de Ronda, esa pared vertical de más de cien metros de altura que une la ciudad salvando las dos orillas del río. El paisaje de la ciudad malagueña no sería tan mágico ni tan espectacular si no existiera este puente. Pero lo cierto es que la construcción incumple los preceptos que se supone que tiene que tener un puente de estas características, según los expertos.

Por qué el puente nuevo de Ronda es un mal puente, pero bonito
El puente nuevo de Ronda (que en realidad es el segundo, levantado sobre las ruinas del primero) es una construcción “de un único arco que salvaba los 35 metros de luz que separan ambos lados del río, una estructura imponente, a buen seguro muy cerca de los arcos más grandes ejecutados hasta la fecha”, señala Polimón en su libro.
Seis años después de su apertura, se derrumbó. A pesar de la tragedia (murieron 50 personas), Ronda quería unir los dos lados del río, por lo que levantaron un segundo puente nuevo, esta vez con un arco de menores dimensiones (solo 15 metros), bajando sus apoyos cien metros hasta el cauce del río y macizando el barranco, dando como resultado el puente que vemos hoy. “Imaginemos una Giralda adosada a cada lado del río soportando el arco central. Impresionante”.

El reto estaba de sobra conseguido, porque tres siglos después, ahí sigue. Sin embargo, no sin críticas. Y es que, la manera en la que se solucionó el problema fue “una locura contraria a lo que se hacía en el resto del mundo y a la historia de los puentes: liberar los cauces, diseñar estructuras que fueran transparentes al río, que no fueran un obstáculo a su movimiento”.
Lo curioso es que, a pesar de no ser un buen puente técnicamente, es precioso y todo un símbolo de la ciudad malagueña. Contemplar su silueta al atardecer, justo en ese momento en el que la luz incide sobre el puente cambiando las tonalidades de ocre a dorado intenso, es magia pura. “Y ahí está su verdad: dan igual la técnica y la ingeniería, es un puente para vivir y sentir. Para sentir el vértigo del salto y la armonía de su fusión con el paisaje, con su entorno”, concluye Polimón.
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