De ser el pueblo de la pólvora a convertirse en el pueblo más feliz de España: famoso por sus molinos históricos, es Bien de Interés Cultural y tiene uno de los patrimonios más singulares de Aragón
Un tranquilo pueblo medieval que jugó un papel fundamental durante la Guerra de la Independencia.

El pueblo más feliz de España está escondido en Huesca y es famoso por sus molinos de pólvora / Istock / Roger De Marfà
Lo que hoy es un pueblo medieval y encantador, aparentemente tranquilo y en el que apenas viven 160 personas, en el pasado fue el epicentro de la fabricación de pólvora en España. Y lo más curioso es que, siendo un lugar que (de un modo económico) vivía de la guerra, hoy se le conoce por ser uno de los pueblos más felices del mundo. A eso lo llamo yo justicia poética.

Calatayud desde la distancia. / Istock
Se trata de Villafeliche y no hay que ser políglota para comprender el significado de este nombre tan bonito, cuyo nombre se puede traducir por ‘villa feliz’. Es ese simbolismo el que hoy coloca en un pedestal a este pueblo perdido en un lugar remoto de la comarca de Calatayud, provincia de Zaragoza.

Adriana Fernández
Antes de ser conocido como el pueblo más feliz del mundo, Villafeliche era popular en el pasado por ser el pueblo de la pólvora. Y no era para menos, teniendo en cuenta que sumaba cerca de 200 molinos hidráulicos durante el siglo XVIII, siendo una zona clave para el abastecimiento del ejército durante la Guerra de la Independencia de los franceses.
Así fue hasta bien entrado en el siglo XIX, momento en el que esta industria comenzó a caer en declive hasta hacer prácticamente desaparecer todos los molinos de la región. De hecho, de aquellas construcciones apenas se ha recuperado y mantenido uno, convertido en centro de interpretación y casi el único testimonio de aquella industria histórica. Aunque su legado continúa, porque están declarados BIC en la categoría de Conjunto de Interés Cultural.
Qué ver en Villafeliche, el pueblo más feliz de España
Lo que sí se ha conservado casi intacto es su pasado medieval. Aunque sus orígenes se remontan a la época romana, como la mayoría de poblaciones de España, fue durante la Edad Media cuando se dio el mayor desarrollo de su población, coincidiendo con la presencia musulmana en la península.

Un encantador pueblo coronado por las ruinas de su castillo medieval. / Wikimedia Commons
El trazado de sus calles es angosto, y el centro histórico está literalmente atravesado por una calle larga que separa el pueblo: por un lado las huertas, y por el otro el castillo. Es la calle del Calvario (epicentro de las procesiones de su Semana Santa, como no podía ser de otro modo con ese nombre.
Bien de Interés Cultural
Lo que queda del castillo, declarado Bien de Interés Cultural, son solo las ruinas, pero se sabe que fue construido sobre la base de una fortaleza anterior islámica, fechada en el siglo XIII o XIV. Lo importante hoy es que llegar hasta él supone encontrarse frente a frente con las mejores vistas panorámicas del valle del Jiloca, donde se encuentra escondido el pueblo. Y solo eso ya justifica la subida.

La presencia mulsumana dejó una huella imborrable en la comarca, como confirma la torre de la iglesia de San Andrés, en Calatayud. / Istock / Josep Curto
En el cerro también se han mantnido los restos de la vieja mezquita. Y es que este fue uno de los últimos reductos de la zona en expulsar por completo a los musulmanes. De hecho a comienzos del siglo XVII la población todavía estaba distribuida en dos barrios: por un lado, el de los cristianos viejos, y por el otro, el de los nuevos o moriscos, cuyo barrio era conocido popularmente como la morería.
Algunas de las tradiciones que todavía hoy conserva Villafeliche proceden de esa época y de esa mezcla de poblaciones. Y la alfarería es una de las más conocidas, cuya tradición se remonta al periodo islámico. Tal era la fama que en el pueblo se pueden ver algunas esculturas dedicadas a este oficio. Y entre el patrimonio, el edificio más llamativo puede ser la iglesia de San Miguel, de estilo barroco (levantada en el siglo XVII) con ladrillo y una esbelta torre mudéjar. Imprescindible.
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