El pueblo del norte de España que parece recién salido de un libro de Tolkien: está en una colina cubierta de respiraderos que recuerda a un poblado hobbit
En la Ribera del Duero burgalesa, a 150 kilómetros de Madrid, hay un pueblo de menos de 200 habitantes que tiene casi tantas bodegas subterráneas como vecinos, todas excavadas bajo un cerro que parece sacado de la Comarca de los Hobbits.

Pese a su particular historia, este pueblo es conocido como la comarca de El Hobbit de España. / © 2025 Ribera del Duero RUTA DEL VINO
La primera vez que lo ves desde la distancia, el cerro detiene. No porque sea especialmente alto ni llamativo en la llanura de cereal y viñedo que lo rodea, sino por lo que tiene encima y, sobre todo, por lo que tiene dentro. Desde el camino de acceso, antes incluso de que aparezca el caserío de Moradillo de Roa, en Burgos, el ojo detecta algo raro en la colina: filas horizontales de pequeñas puertas de piedra labrada que recorren sus cuatro caras en calles descendentes, chimeneas de ventilación asomando entre la hierba como periscópios, y coronando todo, la silueta tardogótica de la Iglesia de San Pedro. El conjunto tiene algo de ilustración, sí, la comparación con la Comarca de los Hobbits la hace todo el que llega, pero lo que hay detrás de esas puertas de piedra es mucho más.

Adriana Fernández
Eso es El Cotarro: 157 bodegas subterráneas y 7 lagares cueva excavados en el cerro desde el siglo XV, 18.000 metros cuadrados de arquitectura popular del vino que estuvo a punto de desaparecer para siempre bajo el abandono. Durante décadas, el éxodo rural de los años 50 y 60 fue vaciando el pueblo y dejando sin uso un conjunto que nadie había construido de golpe, sino generación tras generación, familia tras familia, aprovechando la orografía de un otero que mantiene temperatura constante todo el año: entre 10 y 12 gradoslos que necesita el vino para criarse bien.

Moradillo de Roa, Burgos / Istock / t
Las puertas del cerro
Entrar en El Cotarro requiere calzado plano y algo de abrigo, aviso práctico que tiene su lógica: los pasajes son estrechos, el suelo es irregular y en cuanto cruzas el umbral de piedra la temperatura cae en picado. Cada una de las 157 bodegas tiene su "contador" —esa caseta de entrada de piedra labrada que da al conjunto su aspecto peculiar desde fuera—, y las entradas están dispuestas en calles horizontales que descienden por las cuatro caras del cerro con una regularidad sorprendente, resultado de una normativa vecinal no escrita que fue homogeneizando materiales y dimensiones a lo largo de los siglos. Los respiraderos que asoman entre la hierba completan la imagen: son los tubos de ventilación por los que el dióxido de carbono escapaba durante la fermentación. Arquitectura de pura función que hoy parece decorativa.

Moradillo de Roa, Burgos / Istock
El barrio ocupa todas las caras del cerro de la Iglesia de San Pedro y alberga el conjunto en cuatro niveles de profundidad, con los lagares cueva en los estratos más antiguos. El lagar más antiguo conservado data de 1525; los más visitados en la ruta guiada son el del Tío Santos (1744), donde todavía se puede ver el proceso de pisado tradicional, y la bodega subterránea El Bodegón, de 1861, donde el vino completaba su guarda. La visita recorre ese itinerario completo: del lagar al calado, del pisado a la crianza. El recorrido dura aproximadamente dos horas y termina con degustación.
El proyecto ganó en 2016 el Premio a la Mejor Iniciativa Enoturística Nacional de Acevin. En 2019 abrió al público. En 2020 recibió el Premio Patrimonio Europeo a la Conservación de Europa Nostra, el reconocimiento más importante del continente en materia de patrimonio, y desde entonces se han rehabilitado unas 50 bodegas. El lema que los vecinos pusieron al proyecto —"Reconstruir para vivir"— no era retórica. Era literalmente el plan.

Bodegas Subterráneas ‘El Cotarro’ de Moradillo de Roa / © 2025 Ribera del Duero RUTA DEL VINO
El vino del pueblo y el pueblo vivo
Uno de los problemas que el proyecto tenía por delante era: ¿con qué se paga todo esto? La respuesta fue fabricar su propio vino. En un lagar tradicional de 1736 llamado El Tercio, elaboraron el vino El Cotarro con uva albillo mayor, variedad autóctona de la Ribera del Duero que estaba a punto de ser arrancada porque bajo la Denominación de Origen no era posible elaborar vino blanco con etiqueta del Consejo Regulador. Los viticultores del pueblo, convencidos de que era un recurso demasiado valioso para perderlo, donaron su cosecha. Los voluntarios vendimaron. Y las primeras 250 botellas de formato magnum que salieron a la venta para los vecinos se agotaron en menos de dos horas.
Pero Moradillo no es solo el cerro. El casco urbano tiene dos murales del artista Nano que interrumpen el paseo con buenas razones para detenerse, y el patrimonio religioso va más allá de la Iglesia de San Pedro, que corona El Cotarro: la Ermita de la Virgen del Egido, del siglo XIII, es una de las construcciones más antiguas del municipio y se conserva en buen estado. Además, se han localizado los restos de un antiguo pueblo medieval justo encima del Cotarro de bodegas, lo que abre una nueva capa de historia en el mismo cerro.

Muro de piedra e iglesia de Moradillo de Roa con cruz tallada, Burgos / Istock
Cómo llegar, qué comer, cuándo ir
Desde Madrid, la ruta es de unos 150 kilómetros, algo menos de dos horas de coche. Desde Burgos, en torno a 90 kilómetros y una hora. La referencia más útil para quien quiera combinar la visita con más opciones es Aranda de Duero, a 15 kilómetros, que es, a su vez, la mejor base para comer, con una oferta de asadores de lechazo abundante y de nivel.

Plaza Mayor de Aranda de Duero, provincia de Burgos / Istock / Miguel Angel Redondo Galvan
Las visitas guiadas al Cotarro se realizan de jueves a domingo: jueves y viernes a las 12:00 horas, sábados a las 12:00 y a las 16:00, y domingos a las 12:00, con una duración de aproximadamente dos horas y entrada de 15 euros, con degustación de vino El Cotarro, cerveza de vendimia y queso artesano de oveja churra incluidos.
La mejor época para ir es la vendimia, entre septiembre y octubre, cuando las bodegas están en plena actividad y el cerro huele a mosto. Pero cualquier fin de semana de primavera o de otoño funciona igual de bien. Lo que no conviene es llegar sin reserva, ni esperar que el pueblo tenga restaurante abierto: El Cotarro, con todo lo que ha logrado en diez años, sigue siendo un pueblo de menos de 200 vecinos. Eso también forma parte de su encanto.
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