El pueblo mediterráneo en el que puedes disfrutar de las playas vírgenes más espectaculares, visitar búnkeres de guerra y ver en vivo atunes gigantes

Este pueblo le debe su mote a la espectacularidad de sus calas; muchas de ellas vírgenes y con aguas turquesas.

El pueblo donde podrás disfrutar de las mejores calas del Mediterráneo.
El pueblo donde podrás disfrutar de las mejores calas del Mediterráneo. / Istock / Eloi_Omella

En un litoral catalán donde muchas localidades han sucumbido al turismo masivo, L’Ametlla de Mar resiste como un ejemplo de autenticidad. Este pequeño pueblo de poco más de 7.000 habitantes, en la provincia de Tarragona, se presenta al viajero sin disfraces ni adornos; casas de escándalo que miran al mar, barcos que aún huelen a salitre, playas que se convierten en refugio y calles repletas de hospitalidad. Nada de postales artificiales ni filtros de Instagram, aquí todo es de verdad, aquí se vive la verdadera esencia mediterránea. 

Adriana Fernández

Un nombre que sabe a almendra… pero huele a mar

El topónimo de L’Ametlla de Mar proviene del término catalán “ametlla”, es decir, almendra, debido a la presencia de almendros en la zona. Aunque, he de decir que su esencia se caracteriza principalmente por ser profundamente marinera. De hecho, los lugareños la llaman cariñosamente “La Cala”, como si no hiciera falta decir más; la cala por excelencia. Y no les falta razón.

Espectacular vista en la Cala Vidre, en L'ametlla de mar.

Espectacular vista en la Cala Vidre, en L'ametlla de mar.

/ Istock / LUNAMARINA

Este pueblo pescador, fundado oficialmente en el siglo XVIII, creció gracias al arte de la almadraba, una técnica tradicional para pescar atunes que hoy ha quedado en desuso, pero que marcó la identidad de la villa durante décadas. A día de hoy, el atún rojo sigue siendo protagonista, tanto en los platos como en las experiencias turísticas. Y, sinceramente, ¿quién no se muere por un buen plato de atún rojo? 

Calas secretas y playas de postal

Quien haya visitado L’Ametlla sabe que el mar aquí no es un decorado, sino que es el corazón del pueblo. Y no es para menos. Con más de 30 calas y playas, muchas de ellas vírgenes y de difícil acceso, la zona presume de una de las franjas costeras mejor conservadas de toda Cataluña. Olvídate de los chiringuitos abarrotados, pues en calas como Cala Forn, Cala Vidre o Cala Sant Jordi (entre muchas otras), la esencia mediterránea está muy alejada de la que estamos acostumbrados a vivir en lugares más masificados. 

Playa del Islote en L'Ametlla de Mar, Costa Dorada.

Playa del Islote en L'Ametlla de Mar, Costa Dorada.

/ Istock / Eloi_Omella

Para los amantes del senderismo, el GR-92, también conocido como el sendero del Mediterráneo, bordea buena parte del litoral y permite descubrir rincones que parecen sacados de una película. Eso sí, lleva calzado cómodo y agua, porque las vistas te invitan a perder la noción del tiempo.

Gastronomía con sabor a puerto

Si algo sabe hacer L’Ametlla es comer bien y sin pretensiones. La cocina local está anclada al mar y a la tradición. Los arroces (especialmente el caldoso con bogavante o el “rossejat”) son una delicia que no necesita adornos. Tampoco faltan los suquets de pescado, los mejillones al vapor o las tapas de gamba roja recién pescada.

¿Una curiosidad? Aquí puedes degustar atún rojo de alta gama en su versión más gourmet gracias a la empresa Balfegó, que ofrece incluso experiencias turísticas como rutas en barco para ver cómo se alimentan los atunes en alta mar… y luego saborearlos en tierra firme. Pocos lugares ofrecen algo así.

Cuando el pueblo se vuelca

El alma de L’Ametlla se desata en las fiestas. Las más sonadas son las de la Candelera, en febrero, donde se combinan actos religiosos con batucadas, fuegos artificiales, correfocs y verbenas que animan todo el pueblo durante varios días. En verano, las fiestas del Carmen rinden homenaje a la patrona del mar, con procesiones marítimas que llenan el puerto de color y emoción.

Vista aérea de la Costa Dorada, l'Ametlla de Mar, Tarragona, España.

Vista aérea de la Costa Dorada, l'Ametlla de Mar, Tarragona, España.

/ Istock / Eloi_Omella

Patrimonio más allá del mar

Aunque la costa sea la protagonista, L’Ametlla también guarda sorpresas en el interior. El castillo de Sant Jordi d’Alfama, una fortificación templaria del siglo XIII, se alza sobre una colina con vistas espectaculares. A sus pies, la cala del mismo nombre ofrece uno de los paisajes más fotogénicos de la zona.

Fotografía de noche del Castell de Sant Jordi d'Alfama.

Fotografía de noche del Castell de Sant Jordi d'Alfama.

/ Wikicommons

Y para los curiosos de la historia reciente, hay una ruta que recorre los búnkeres de la Guerra Civil, construidos para vigilar la costa ante posibles ataques marítimos. Pocos saben que esta zona fue estratégicamente importante durante el conflicto. Y es que L’Ametlla de Mar no es un lugar para tachar de una lista. Es un sitio para volver, para descubrir con calma, para dejar que te cale (nunca mejor dicho). Aquí el lujo no está en lo que brilla, sino en lo que permanece; el olor a mar, la honestidad de un buen arroz y la sensación de que todavía se puede disfrutar de un turismo sostenible y conectar con el Mediterráneo.

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