El pueblo medieval repleto de lagos que ha llegado a registrar 2 grados de mínima en agosto: el refugio español definitivo contra la ola de calor
A casi 900 metros de altitud y junto al mayor lago de origen glaciar de la Península, esta villa amurallada de Zamora permite bañarse al sol por el día y dormir bajo una manta gruesa en pleno agosto.

Este precioso pueblo de Zamora es perfecto para pasar un verano sin calor. / Istock
Son las cuatro de la madrugada y el termómetro del dormitorio no baja de 27. La sábana sobra, el ventilador remueve un aire espeso que no refresca nada y el parte meteorológico anuncia otra noche tropical, la sexta seguida. Cualquiera que haya pasado un agosto reciente en Madrid, Sevilla o Valencia conoce ese duermevela pegajoso que convierte el verano en una prueba de resistencia. Pues existe un rincón de España donde hace frío en agosto y donde, esa misma madrugada del 15 de agosto, más de un veraneante se ha levantado a buscar una manta gruesa en el armario. Y no es una forma de hablar: la estación meteorológica de la zona ha llegado a registrar 2 grados de mínima nocturna en pleno agosto, la temperatura más baja del país en ese mes. De madrugada, conviene subrayarlo, porque durante el día luce el sol, se come en terraza y la gente se baña.

Vista de Puebla de Sanabria, en Zamora. / Istock
Hablamos de Puebla de Sanabria, en el extremo noroccidental de la provincia de Zamora, a un paso de Galicia y de la frontera portuguesa. Una villa de unos 1.300 vecinos según el INE —bastantes más en verano, cuando las casas familiares recuperan la vida— declarada Conjunto Histórico-Artístico y encaramada sobre un cerro que vigila el río Tera. A pocos kilómetros espera el Parque Natural del Lago de Sanabria, con el mayor lago de origen glaciar de toda la Península Ibérica. La combinación es difícil de mejorar para quien huye del bochorno: piedra medieval, agua limpia de montaña y unas noches que obligan a echar mano de la chaqueta cuando media España sigue a 30 grados a medianoche.

Adriana Fernández
Un castillo del siglo XV y calles que huelen a piedra mojada
El Castillo de los Condes de Benavente corona la villa desde el siglo XV y se ve desde lejos, plantado en lo más alto del cerro con su Torre del Macho en el centro del patio de armas. Lo levantó la casa de los Pimentel para controlar este paso fronterizo hacia Portugal y Galicia, y hoy es el mejor mirador de Puebla de Sanabria: desde sus murallas se abarca el valle del Tera, los tejados del pueblo y, a lo lejos, las sierras que guardan el lago. Dentro funcionan la oficina de turismo y un centro cultural, así que la visita es de las que se hacen sin prisa.

Vista aérea de Puebla de Sanabria / Istock / 5
Cuesta abajo empieza lo bueno. Puebla de Sanabria es un pueblo de subidas y bajadas empedradas, de esos en los que las chanclas se quedan en la maleta y las zapatillas cómodas se agradecen a los diez minutos. Las casas blasonadas lucen balcones de madera cargados de geranios y petunias, y arriba, siempre, la pizarra negra de los tejados, que aquí no es un capricho estético sino pura arquitectura tradicional de montaña: material de la tierra, preparado para nieves y heladas que en invierno no perdonan.
En la Plaza Mayor de Puebla de Sanabria se juntan las tres piezas mayores del conjunto: el Ayuntamiento con su doble arquería y sus torreones, la ermita de San Cayetano y la iglesia de Nuestra Señora del Azogue, que arranca en el románico del siglo XII y fue creciendo con soluciones góticas y añadidos posteriores. Merece la pena entretenerse en su portada, con esas figuras talladas que han aguantado ocho siglos de inviernos sanabreses. Al caer la tarde, cuando el granito suelta el poco calor que ha cogido durante el día, el paseo por la Rúa y las callejas que descuelgan hacia la muralla es un placer que en agosto tiene algo de milagro.

Plaza mayor y ayuntamiento de Puebla de Sanabria / Istock / David Andres Gutierrez
El lago glaciar donde te bañas a 28 grados y cenas con forro polar
A unos quince minutos en coche del casco histórico, el Lago de Sanabria pone la otra mitad del plan. Que nadie se confunda con lo que va a encontrar: esto no es un pantano ni un embalse, sino un lago natural excavado por un glaciar hace unos 100.000 años, el mayor de origen glaciar de la Península Ibérica, con más de 300 hectáreas de lámina de agua y profundidades que superan los 50 metros.

Lago de Sanabria, Parque Natural del Lago de Sanabria / Istock
Está a unos 1.000 metros de altitud, protegido como parque natural desde 1978, y tiene algo poco habitual en la alta montaña: playas. Playas de arena en el Lago de Sanabria, como la de Custa Llago o la de Viquiella, con sus chiringuitos de temporada y sus familias con sombrilla. En una tarde cualquiera de agosto el ambiente ronda los 25-28 grados, el agua está fría pero se deja querer y uno puede pasarse el día entre baño, paseo por las rutas que rodean la orilla y siesta a la sombra de los robles.
El giro llega con la puesta de sol. Aquí no hay noches tropicales que valgan: en cuanto el sol cae detrás de la Sierra Segundera, el termómetro empieza a desplomarse a un ritmo que descoloca al recién llegado. De los 28 de la tarde se pasa con facilidad a 13 o 14 grados de madrugada, y en los episodios más extremos la estación de Sanabria ha bajado hasta esos 2 grados de temperatura mínima en agosto que dan título a este artículo, registrados en un mes de agosto reciente.

Verano en Puebla de Sanabria / Istock
La explicación no tiene misterio: altitud, valles que embolsan el aire frío de la sierra y un cielo limpio que deja escapar todo el calor del día. En la práctica, esto significa que la maleta para viajar a Sanabria en verano lleva bañador y crema solar, pero también forro polar, pantalón largo y calcetines gordos para dormir. Los hoteles rurales de la zona tienen mantas en los armarios en pleno julio, y se usan. Dormir fresco en verano en España, con la ventana entreabierta y el aire de la montaña entrando en la habitación, es un lujo que ya no se encuentra en casi ningún destino peninsular.
Habones, AVE y un castillo por cuatro euros
Llegar a Puebla de Sanabria es más fácil de lo que sugiere el mapa. Por carretera, la autovía A-52, conocida como la autovía de las Rías Bajas, deja en la puerta: salida 79 viniendo desde Galicia y salida 85 en sentido Madrid, a unas tres horas largas de la capital.

Calle de estilo medieval de Puebla de Sanabria al atardecer / Istock
Y desde 2021 hay atajo ferroviario: la estación de Sanabria Alta Velocidad, en Otero de Sanabria, a unos siete kilómetros del pueblo, con trenes de la línea Madrid-Galicia que plantan al viajero desde Chamartín en menos de dos horas. Conviene reservar taxi o coche para el último tramo, porque la estación queda en plena España rural, sin más servicios alrededor.
Una vez allí, la visita obligada es el castillo: en verano abre todos los días, de 11 a 14 y de 17 a 21 horas, y la entrada conjunta —castillo, Museo de Gigantes y Cabezudos y Escuela Micológica de Ungilde— cuesta 4 euros, con reducida a 3. La iglesia del Azogue abre a diario en temporada alta salvo los lunes, y el paseo por la muralla no cuesta nada.
Y luego está la mesa, que en Sanabria se toma en serio. El plato de cabecera son los habones de Sanabria, una alubia enorme y mantecosa que se cultiva en la comarca y se guisa despacio, durante horas, con oreja, chorizo y un sofrito final de pimentón. Suena a plato de diciembre, y lo es, pero aquí las noches frescas de agosto le sientan como un guante: pocos lugares de España permiten cenar cuchara en verano con esta naturalidad.

Portada de la iglesia románica de Santa María del Azogue en Puebla de Sanabria / Istock / David Andres Gutierrez
Para probarlos, dos direcciones concretas en el propio casco histórico: La Cartería, en la calle Rúa, una posada real del siglo XVIII cuyos comedores ocupan bodegas medievales excavadas en la pizarra y donde los habones comparten carta con la trucha del Tera y la ternera sanabresa; y La Posada de las Misas, junto al castillo, con cocina tradicional de la comarca, buen producto y una terraza con vistas que en las tardes de agosto se disfruta con chaqueta sobre los hombros. En cualquiera de las dos se come muy bien sin sustos en la cuenta.
Al final, lo que se queda grabado de este rincón de Zamora no es un monumento concreto ni una cifra de termómetro. Es la sensación física de salir a pasear después de cenar, con el pueblo en silencio y las farolas doradas sobre el empedrado, y notar cómo el aire frío de la sierra de Sanabria baja por la Rúa y se mete por el cuello de la chaqueta. Ese primer escalofrío de la noche, entre muros que llevan quinientos años viendo pasar veranos, mientras uno piensa en la manta que le espera en la habitación y en los millones de personas que, unas horas más al sur, siguen dando vueltas sobre la sábana esperando un soplo de aire que no llega.
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